Dominación totalitaria, organizaciones ciudadanas y Derechos Humanos. Una aproximación al caso venezolano

Dominación totalitaria, organizaciones ciudadanas y Derechos Humanos. Una aproximación al caso venezolano

I.- Voluntad totalitaria del chavismo

Las consecuencias de más de dos décadas bajo el régimen chavista han sido devastadoras para Venezuela. Lo que durante muchos años fue objeto de advertencias a menudo tomadas por fantásticas, hoy en día ni siquiera se discute: la voz de los hechos se impone ahora con rotundidad. No obstante, la naturaleza particular de la lógica de poder que se esconde detrás del chavismo no ha sido fácil de identificar en ningún momento, dada su apariencia cambiante y el carácter pretendidamente popular de su proyecto. Detrás de los uniformes verdes y las franelas rojas, de las concentraciones masivas y de las interminables cadenas, de la retórica antielitista y del furor antiimperialista, de la apoteosis del “poder popular” y  del estado comunal, no han cesado de proliferar las caracterizaciones de los expertos, resultando a veces aparentemente contradictorias. 

Dependiendo de los rasgos que centren la atención de los especialistas, al chavismo se lo ha considerado como un régimen militarista o pretoriano, como una dinámica y gobierno populista, como una iniciativa dirigida a implantar una democracia más participativa, o como un régimen híbrido que experimenta un importante déficit democrático en virtud de su carácter iliberal. A partir del año 2017, además, se ha constituido un consenso importante con respecto al talante netamente autoritario del régimen chavista. Otros estudiosos han insistido en su carácter revolucionario y socialista, una descripción que coincide con la percepción que el propio movimiento y gobierno chavista tiene de sí mismo. Más recientemente se ha resaltado también la deriva esencialmente cleptocrática y gangsteril que día a día se va haciendo más evidente.

Personalmente, en varios textos he intentado resaltar el valor de todas las definiciones anteriores, en tanto cada una de ellas ha logrado captar algún aspecto característico y definitivamente presente en el régimen chavista. Pero también he insistido en la importancia de dar con una caracterización que, por un lado, sea capaz de armonizar todas las demás, integrándolas en vez de oponiéndolas entre sí,  y que por otra parte sea capaz de identificar lo constante en medio del aparente cambio. Si toda definición intenta responder a la pregunta ¿qué es?, y si el ser o naturaleza de algo se corresponde con aquello que tiende a la permanencia en medio de los cambios progresivos y de las apariencias pasajeras, lo esencial a la hora de intentar determinar qué es el chavismo tendrá que ver, primordialmente, con aquellos rasgos que han estado siempre presentes.

En este sentido, me cuento entre quienes desde hace más de una década han venido insistiendo sistemáticamente en el carácter determinante de los rasgos totalitarios del chavismo. Desde mi punto de vista, lo totalitario no es secundario, accidental o superficial, sino absolutamente esencial en el movimiento/partido/régimen/Estado chavista. Y si bien no pretendo con ello afirmar que en Venezuela se ha constituido un régimen totalitario en todo el sentido y alcance del término (entendiendo por régimen un sistema de reglas formales e informales claramente establecidas que se corresponden totalmente con una idea que podemos caracterizar), sí me parece patente y determinante la presencia de una lógica totalitaria que anima las ideas, discursos, acciones y objetivos de los principales líderes del chavismo. La existencia de dicha lógica indica que sus protagonistas actúan de modo más bien constante de acuerdo con ella, más allá de que el resultado de sus acciones no siempre sea plenamente capaz de generar los resultados a los que aspiran. 

Adicionalmente, es preciso tener presente que al estar tan vinculado el totalitarismo con la evolución de las ideologías y de las potencialidades técnicas, las lógicas totalitarias del siglo XXI necesariamente presentan novedades y diferencias con respecto a las que imperaron a mediados del siglo XX. No puede ser de otro modo cuando tanto las ideologías como los medios técnicos para el control político han experimentado importantes cambios desde entonces. Ahora bien, si por una parte es cierto que ideología y técnica hacen posible la dominación totalitaria, también lo es el hecho de que ambas revisten un carácter instrumental. Lo que no varía, lo que ostenta un carácter esencial y permanente en el totalitarismo, tiene que ver más bien con una lógica de poder según la cual una verdad absoluta que se asume como encarnada en el pueblo —entendido éste como un sujeto único y compacto— ha de abrirse paso mediante un revolución permanente que incorpora a todo individuo y elimina toda disidencia, en un intento por homogeneizar y disciplinar totalmente a las personas (Gleichschaltung).

Dicha incorporación y homogeneización de los individuos pasa por la absoluta pérdida o anulación de su autonomía moral, y por la imposición de los procesos y movimientos sobre las razones y los fines. La anulación de la razón, el castigo al pluralismo y la apoteosis del movimiento colectivo y disciplinado, justificados por la ideología y facilitados por el control exhaustivo que permite la técnica, terminan por dotar al totalitarismo de ese carácter irracional y autodestructivo en el que irremisiblemente termina derivando, no sin antes encumbrar al poder a las personalidades más crueles y mediocres. El totalitarismo es la victoria trágica, efímera y suicida de “la administración de las cosas” por sobre el imperio de la razón y de la “acción comunicativa”, si por tal comprendemos —en términos habermasianos— la esfera de la intersubjetividad que emerge de la participación de individuos libres. Esta victoria totalitaria sólo es posible tras romper la práctica totalidad de los vínculos naturales y sociales sobre los que se ha edificado paulatinamente una sociedad. No por casualidad su resultado ineludible es —como tanto insistió Arendt— el de sumir a las personas en la más profunda soledad, sustituyendo toda acción espontánea por los rutinarios y absurdos protocolos que procura el régimen totalitario mediante su partido único o hegemónico. 

Tal como señala Juan Linz, esto es completamente distinto a lo que sucede con las autocracias convencionales —no totalitarias—, cuyas lógicas de poder se limitan a garantizar la obediencia general de la población y donde no hay particular afán de llevar a la población a compartir una única idea acerca de las cosas. De ahí su escaso interés en la ideología y la movilización perpetua, así como su menor énfasis en la construcción de un partido único o claramente hegemónico. En el caso venezolano, como señalaremos a continuación, las tendencias totalitarias siguen presentes.

II.- Disolución social y “vida en la mentira”

Si bien los resultados obtenidos por el modelo de dominación que el chavismo ha pretendido implantar se diferencian notablemente de los producidos por regímenes como los de la Alemania nazi, la Unión Soviética, la Cuba castrista, la Camboya de los jemeres rojos o la Corea del Norte de la dinastía Kim (en cada caso por razones diversas), no dudaría en afirmar que su lógica de poder, su modo de entender la política y sus objetivos primordiales no distan demasiado de los que animaron a los líderes de aquellos procesos políticos. Un colapso político, económico, social y demográfico como el que vive actualmente nuestro país no se alcanza bajo circunstancias medianamente normales, y ni siquiera bajo la mayor parte de los regímenes antidemocráticos, sino que implica el sometimiento a una brutal lógica totalitaria del poder durante un prolongado período. Desde mi punto de vista, la lógica de poder que se ha aplicado en el caso venezolano durante más de dos décadas es intrínsecamente totalitaria, sin que ello vaya necesariamente en desmedro de otras caracterizaciones elaboradas hasta ahora.

De ahí que, a pesar de las diferencias, muchos de los aspectos que en la Venezuela de hoy configuran la vida cotidiana de las personas se asemejan notablemente a las realidades de diversos regímenes totalitarios, como los que durante la segunda mitad del siglo XX imperaron en la Europa central y del Este o en la Cuba castrista. Me refiero, sobre todo, al tipo de cosas que los testimonios personales y los grandes escritores retratan de forma mucho más vívida y significativa de lo que suele hacerlo el —a menudo árido— lenguaje habitual de la ciencia política contemporánea. Mucho cabría decir acerca del modo en que autores como el ruso Pasternak, el húngaro Marai o el checo Kundera han reflejado las vicisitudes de la vida bajo el avance del poder soviético; mucho podríamos extraer de las reflexiones de personas como Svetlana Aleksiévich, Masha Gessen o Anne Applebaum, y sobre todo del testimonio directo de cualquiera que haya vivido bajo tales regímenes. Aquí sólo haré referencia al testimonio singular que un protagonista de primer orden como Vaclav Havel nos legó en su obra “El poder de los sin poder”, valiéndome de sus reflexiones para comentar retos y situaciones que, a día de hoy, parecen cernirse de modo muy similar sobre los venezolanos.

En las primeras páginas de su célebre texto, Havel explica la importancia de distinguir el sistema “postotalitario” en el cual vive (según él, a falta de mejores definiciones) de una dictadura clásica o convencional. En la realidad postotalitaria, la ideología juega un papel fundamental porque establece el sistema oficial de significados que, a su vez, sostienen la ubicuidad del terror que garantiza la obediencia. Con el tiempo, esa ideología ya ni siquiera debe ser creída para funcionar, sino que se mantiene a través de los rituales que ha logrado imponer a lo largo del tiempo. Para la fase postotalitaria, el régimen ya no descansa en el apoyo popular, sino en la vigencia de ese sistema de control que, manejado por unos pocos pero sostenido por muchos, se expresa a través de significados reforzados una y otra vez por las repetitivas fórmulas de los discursos oficiales y los símbolos del régimen. Incluso cuando ya son muy pocos los que creen en el credo oficial, su repetición continua es eficaz porque persigue la comunicación de otros puntos de vista, recordándonos así la constante presencia de los mecanismos de control.

A la vida cotidiana dentro de ese sistema, cuando el individuo no encuentra ya ninguna posibilidad de manifestarse libremente sin temor a represalias, Havel la llama “vida en la mentira”. Y el problema de someterse una y otra vez a la mentira, de hacer de ella un hábito, es que termina por aplastar la verdad en el fondo de las conciencias. El temor a la represalia va haciendo que las personas se priven de decir lo que realmente piensan y de compartir en libertad con las personas que sí se atreven a hablar sin tapujos, mientras se ven rodeados de una prensa sometida y de una vigilancia constante en el mundo del trabajo. La disolución repentina o progresiva de todas las organizaciones autónomas, a manos de la represión oficial, hace que los motivos genuinos para la cooperación social se vean cada vez más frustrados, con el resultado final de que el ser humano vive en una soledad cada vez más completa, desprovisto de la necesaria espontaneidad en sus relaciones sociales. La vida entera deviene así en un burdo simulacro.

Cualquier lector avisado se percatará, no obstante, de que los tiempos han cambiado desde entonces. Recordemos que Havel describe la realidad checoslovaca de los años 80. Las ideologías han sufrido modificaciones importantes, por no hablar del extraordinario salto experimentado por las tecnologías, especialmente las de información y comunicación. En otras palabras, los medios técnicos de la dominación totalitaria han experimentado cambios significativos en medio de un contexto global que, en líneas generales, ha estado marcado durante las últimas tres décadas por la expansión de la democracia y las libertades. No obstante, lo anterior no ha conculcado por completo las amenazas totalitarias; más bien nos permite constatar que se han modificado sus apariencias y medios de control.

De ahí que si bien en la Venezuela de hoy podamos encontrar diferencias importantes con respecto a la realidad descrita por Havel, el trasfondo de la situación quizás no sea tan distinto. Hoy en día quizás no existe en nuestro país un partido único, pero sí es verdad que las organizaciones políticas que rivalizan con el hegemónico Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) han sido infiltradas y sometidas por el régimen hasta el punto de retirarles el control de sus tarjetas en los procesos electorales. Más que elecciones, lo que tenemos es un simulacro de elecciones. Del mismo modo, existen aún una serie de medios de comunicación más o menos independientes, pero la gran mayoría de ellos opera bajo el terror y, tarde o temprano, terminan siendo controlados por el régimen. O sea, tenemos también un simulacro de prensa libre. Y aunque en teoría comienzan a abrirse algunos controles económicos, los únicos actores que pueden moverse de forma relativamente libre dentro de él son los que se adscriben al régimen de turno. Nuevamente, nos topamos con un simulacro, en esta ocasión de libertad económica.

Y aunque este control ubicuo tiende a extenderse a través de los más variados mecanismos, tales como el “Sistema Patria”, los “CLAP”, el “estado comunal” y demás iniciativas del movimiento-partido-Estado, aún podríamos sostener el argumento de que las redes sociales han irrumpido para ofrecernos un espacio tan inaccesible para el régimen como apto para el ejercicio de la libertad personal. Pues bien, incluso esto es cierto sólo de forma parcial, ya que precisamente las redes sociales ofrecen también insospechadas posibilidades para el control de las libertades individuales. Si en China vemos el ejemplo más claro de cómo un Estado postotalitario está en capacidad de usar sus propias redes sociales para mantener un control exhaustivo de la población, empleando además sus algoritmos para adentrarse en los pensamientos más profundos de las personas, en un caso mucho menos sofisticado como el de Venezuela se comprueba la arbitraria detención de personas por el solo hecho de haber emitido públicamente una opinión insumisa e independiente. Y lo que es peor: mientras se elevan los grados de autocensura en diversos espacios virtuales, se observa también la difusión —guiada por órganos del régimen y de sus aliados en una medida mucho mayor de lo que en un principio podría sospecharse— de toda clase de noticias falsas y “matrices de opinión” que inadvertidamente nos van haciendo perder la relación entre palabra y realidad, vaciando el lenguaje de contenido y dividiéndonos en una multiplicidad de tribus incapaces de actuar de acuerdo con ciertos mínimos referentes compartidos.

Junto al efecto anteriormente descrito en el ámbito de las tecnologías de comunicación e información, las ideologías de nuestro tiempo también han experimentado cambios notables. Seguramente no son ya esos grandes sistemas lógicos o “metarrelatos” de interpretación general de la realidad política, sino que, en virtud de la evolución sufrida hasta ahora, parecen sacrificar densidad lógica por capacidad de persuasión mediante referentes simbólicos. Si la ideología es, tal como sostienen autores tan disímiles como Arendt y Sartori, una especie de “palanca para la acción”, su eficacia será tanto mayor en la medida en que sea apta para ser transformada en propaganda, y en tanto el cuestionamiento de los silogismos se haga cada vez más improbable. En este sentido, no hay nada en nuestro tiempo que contravenga el papel que ya cumplía la ideología en los totalitarismos del siglo XX; más bien al contrario: la ideología se ha hecho cada vez más sutil e imperceptible, y sigue estrechando lazos con la propaganda para hacerse cada vez más persuasiva.

Así pues, el totalitarismo del siglo XX es seguramente más insidioso que el del siglo XX, en tanto se vale de nuevas técnicas que le permiten camuflarse mejor con los ropajes habituales de las sociedades democráticas. Los medios son distintos, pero el efecto es notablemente similar y responde a una lógica de poder que, en esencia, continúa siendo la misma. Y en el caso venezolano, la dinámica ha llegado al punto de propiciar un desastre económico y un éxodo masivo, el mayor colapso experimentado por una nación moderna sin mediar un conflicto bélico o un desastre natural. En medio de semejante colapso, la soledad del individuo se profundiza sin cesar en medio de un contexto político que, a pesar de todas sus precariedades, sigue avanzando hacia una situación de dominación cada vez más brutal. En este sentido, la pandemia del Covid-19 ha sido una herramienta inestimable para el régimen chavista en su voluntad de aislar al ciudadano venezolano, reduciéndolo cada vez más al inefable mundo de las redes sociales mientras la emergencia médica se desarrolla sin atención alguna por parte del Estado. A fin de cuentas, lo que caracteriza al totalitarismo no es el genocidio sistemático, sino que más bien es, como decía Arendt, una situación en la que el ser humano se ha hecho completamente superfluo. Por desgracia, el venezolano de nuestro tiempo conoce bien lo que significa ser condenado a semejante superfluidad.

III.- Rearticulación social y política para “vivir en la verdad”

Las múltiples formas de asociación ciudadana que configuran un tejido social libre y democrático son el indicador más claro de su salud y fortaleza. Tal como lo intuyera Tocqueville tras su visita a la joven democracia estadounidense, no existe sociedad libre y vigorosa si sus ciudadanos no se afanan en la espontánea conformación de múltiples asociaciones libres para los más variados fines. Esa autonomía para la libre asociación es uno de los principales objetivos que una lógica totalitaria se propone destruir. Y la destrucción se realiza tanto mediante la penalización constante de dichas asociaciones como a través de la cooptación y alineamiento de toda forma de participación popular dentro de los diversos órganos del movimiento-partido-Estado. 

Por tales razones, la única forma de resistir ante los embates totalitarios radica en preservar y fortalecer, tanto como sea posible en cada circunstancia, el vigor de los espacios y mecanismos de asociación espontánea de los ciudadanos. A tales espacios y mecanismos los podríamos clasificar de diversos modos, pero de momento nos interesa aquí dividirlos en dos grandes espacios: los que se proponen la conformación y toma del poder político —identificado en la Modernidad con las estructuras del Estado— y los que no albergan tales fines, al menos de modo directo y explícito. Los primeros se corresponden con los partidos políticos; los segundos engloban al resto de las organizaciones de la sociedad civil.

Cabe señalar que de lo anterior se deduce que los partidos políticos no son un ente extraño a la sociedad civil, sino que forman parte de ella; simplemente se distinguen por su fin explícito y exclusivamente político. En virtud de esa especialización particular, los partidos políticos son, con toda probabilidad, el único modo eficaz en que la sociedad civil puede organizarse legítima y democráticamente para participar en los asuntos políticos, de modo tal que los ciudadanos no sólo se limiten a solicitar o exigir a sus gobernantes que hagan o dejen de hacer tal o cual cosa, sino que también puedan hacerse cargo directamente del manejo de los organismos del Estado. Otras formas de participación política que emergen en la sociedad civil, tales como los movimientos sociales o las organizaciones no gubernamentales (ONG), pueden ejercer presión sobre las decisiones de gobierno o cumplir funciones complementarias al Estado, pero no están orientadas en particular al manejo de sus estructuras e instituciones. 

Lo anterior rige sobre todo en sociedades democráticas en las que ya impera un orden constitucional y un estado de derecho, expresamente orientados a garantizar el resguardo de la libertad y autonomía de las iniciativas ciudadanas. Pero ya hemos visto que si bajo el autoritarismo más o menos convencional se entorpece o impide el libre funcionamiento de los partidos políticos y demás organizaciones de la sociedad civil, en un sistema totalitario se aspira más bien a que toda manifestación de la voluntad ciudadana esté de algún modo alineada dentro del lenguaje, sistema de valores y propósitos políticos del régimen. Para ello los actores que comparten la lógica totalitaria se afanan en la creación de “nuevas instituciones” que, al alinearse por completo con los objetivos del movimiento/partido/Estado totalitario, carecen totalmente de autonomía.

En virtud de lo anterior, dichas organizaciones no son parte stricto sensu ni del Estado ni de la sociedad civil; su función dentro de la lógica totalitaria es —en consonancia con lo que Arendt llamaba “el ascenso de lo social” en el mundo contemporáneo, frente a la clásica división del mundo en las esferas de lo público y lo privado— lograr simultáneamente la privatización de lo público y la estatización de lo privado, vulnerando así los límites que garantizan tanto la libertad pública (positiva en los términos de Isaiah Berlin, de acción y participación en los asuntos comunes) como la libertad privada (negativa, orientada al resguardo de la dimensión más íntima de la realidad humana). La lógica totalitaria pretende vigilar, tanto como sea posible, la esfera íntima de vida de las personas, llevando al extremo las prácticas del llamado “bíopoder”, para simultáneamente poner al servicio de sus objetivos políticos todas las potencias del individuo, aislado tras ser despojado de sus vínculos afectivos más primarios y naturales (usualmente vinculados al ámbito de lo privado y de las asociaciones ciudadanas más elementales).

El vínculo que Arendt encontraba entre el moderno “auge de lo social” y la lógica del totalitarismo conllevó en la Europa central y del este a situaciones nítidamente descritas por Havel. Según el intelectual y posteriormente presidente de la República Checa, en sistemas como el postotalitario se terminaba llegando a una situación en la que nadie era totalmente culpable ni totalmente inocente, puesto que todos contribuían de alguna manera al mantenimiento de la “vida en la mentira”. En ese contexto, los partidos políticos “de oposición”, en tanto aceptaban desarrollar sus tareas dentro de los rituales que imponía el régimen totalitario, incluso a sabiendas de que dichas reglas jamás les permitirían acceder al poder, terminaron perdiendo toda su capacidad de representación de la sociedad y de encarnar una opción política distinta al régimen al que pretendidamente se oponían. Igualmente, el modo en que el terror obligaba a disimular o aligerar el contenido de todo discurso contrario al régimen —y a sus rituales de control— generaba programas políticos que, en vez de combatir frontalmente la mentira, conducían a la convivencia con ella. Las retóricas que se proponían “mejorar el socialismo” y cosas parecidas no hacían más que contribuir al sostenimiento del sistema.

Este tipo de situaciones generaron un progresivo alejamiento de la gente con respecto a la política, una actitud que a Havel le parecía una consecuencia natural. En sus propias palabras, “hay aquí también una brizna de sano sentido común: es decir, la gente advierte que, en realidad, es ‘todo distinto’ y que, en realidad, hay que hacerlo todo de manera distinta”. Havel veía en ese rechazo progresivo a la política la expresión de una necesidad humana fundamental, que era la de la “vida en la verdad”. Para poder recuperar la libertad fundamental, el ser humano debía primordialmente recuperar la relación entre discurso y realidad, entre expresión pública y sentir personal, entre acción y autonomía moral. En otras palabras, diríamos que esa desconfianza de la política expresaba la necesidad de recuperar el logos como fundamento de la política, para dotarla así nuevamente de sentido y salud.

Así, la opción por la que Havel se inclinó como inicio y fundamento de esa recuperación general de la política, era empezar por el ser humano mismo y por sus necesidades más elementales. La opción de “vivir en la verdad” partía de la necesidad profunda de autenticidad como base para la acción libre, acción que a su vez requería apoyarse en un lenguaje que se apartara total y radicalmente de la —diríamos en clave orwelliana— “neolengua” y de los rituales del poder totalitario. Sólo las personas que contaran con el coraje de evadirse por completo de esa atmósfera de mendacidad generalizada, aún a sabiendas de que ello les apartaría por completo de cualquier posibilidad de reacomodo en dicha sociedad totalitaria, estarían en capacidad de recuperar el sentido profundo de sus vidas personales y, eventualmente, fundar una acción política distinta, realmente orientada a un cambio significativo.

De este modo, Havel y sus compañeros de la Carta 77, determinados a construir una “polis paralela” en la cual fuera posible “vivir en la verdad”, encontraron en los derechos humanos —así como en la ventana que para ello se abriría mediante el llamado “Proceso de Helsinki”— la oportunidad para el desarrollo de una acción pública de gran impacto político. Toda política realmente significativa requería partir del ser humano y de sus requerimientos más básicos, y no de los cálculos propios de la racionalidad política de los partidos que pugnaban por preservar algún espacio de supuesto poder sin cuestionar radicalmente las bases del sistema totalitario. La prueba de todo lo anterior es que, al presentarse la oportunidad del cambio político que propició el progresivo desmoronamiento de la Unión Soviética, fueron quienes impulsaron el Foro Cívico —reconvertido en partido político durante la transición política— quienes contaron con la credibilidad necesaria para obtener el favor popular en las primeras elecciones libres tras el final del comunismo.

En el caso de la Venezuela de hoy, es probable que la voluntad totalitaria de instaurar un sistema de control social tan exhaustivo y mecánico como los que privaron en el bloque soviético —voluntad que se evidencia en la repetición de muchas de sus prácticas— no haya obtenido resultados similares. No obstante, y tal como apunté en párrafos anteriores, hemos de advertir que la evolución de la técnica, así como los cambios registrados en la naturaleza de las ideologías, necesariamente apuntan hacia nuevas formas de operación por parte de las lógicas totalitarias. Si la dominación totalitaria se afianza allí donde los ciudadanos pierden la capacidad de ejercer su autonomía moral, en tanto inadvertidamente —como consecuencia del terror, de la ausencia de opciones realmente críticas y de oportunidades para ejercer públicamente la facultad del juicio— tienden a reproducir los discursos y rituales del poder totalitario, entonces la eficacia de dicha dominación estará directamente relacionada con la incapacidad del ciudadano para percibir sus mecanismos y herramientas.

En este sentido, preocupa el modo en que en Venezuela se vienen naturalizando, de modo más o menos involuntario, cierto tipo de discursos y prácticas que, observadas desde una mirada más independiente o externa —o menos nublada por el terror y las solidaridades automáticas—, a todas luces contribuyen a encubrir la realidad. El avance de la neolengua chavista, expresada no sólo en un léxico particular y en la difusión de una serie de lugares comunes sino también en toda una diversidad de prácticas discursivas cada vez más compartidas por el conjunto de la sociedad venezolana, se complementa con diversos mecanismos intimidatorios para causar un efecto devastador sobre la necesidad básica de “vivir en la verdad”. El efecto nocivo de estas prácticas se ve ahora extraordinariamente potenciado, de un modo inédito y a una escala completamente impredecible, por el efecto de las redes sociales, convertidas precisamente en la máxima expresión del “auge de lo social” que posibilita el vaciamiento mutuo de las esferas de lo público y de lo privado sobre el que se afianza la dominación totalitaria. 

En consonancia con la situación que describía Havel para su país, vemos que hoy en día en Venezuela una buena parte de nuestros partidos políticos se ha visto infiltrada, plegada o neutralizada por el movimiento-partido-Estado, mientras diversas organizaciones de la sociedad civil contribuyen involuntariamente a reforzar algunos de los tópicos y prácticas que naturalizan los actuales sistemas de control y dominación. En medio de todo ellos se profundizan los efectos disolventes de la situación actual, por los que se viene alimentando la idea de que entre partidos políticos y demás organizaciones de la sociedad civil es imposible o inconveniente una cooperación que avance fuera de los términos establecidos por el régimen chavista. Nada puede redundar más que lo anterior en el aislamiento y la fragmentación social sobre los que impera la lógica totalitaria del poder.

En la Venezuela de hoy, donde la política formal se ha visto progresivamente vaciada de sentido, y donde la existencia humana no sólo transcurre en la mentira, sino que se ve cada vez más sometida, como resultado de ella, a una extrema vulnerabilidad, la acción política requiere reencontrar nuevamente su fundamento en la verdad, repensándose desde la realidad existencial del ciudadano venezolano. No cabe duda de que la defensa a ultranza de los derechos humanos forma parte esencial de esta lucha, en tanto constituyen —para nuestro tiempo— la expresión más clara y universal de la defensa de la integridad de todo individuo. Está claro que todo intento de re-significación de la lucha política pasa por una activa defensa de los DD.HH. Pero esta lucha se extiende además a la defensa y preservación de todos los espacios de encuentro, deliberación y organización autónoma de la sociedad. Dentro de los partidos políticos se impone, además, una reflexión profunda en torno a la naturaleza de su labor, que no puede limitarse a la acción formal dentro de los estrechos y esterilizantes parámetros que imponen los rituales del régimen. 

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