Todos somos Alejandro – Ayrton Monsalve
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Escrito con el anhelo de que, en unos años, cuando el Estado venezolano vuelva a enviar a miles de jóvenes al exterior, sea para estudiar “confiando en que sus mentes libres regresaran a transformar el país”.
El 10 de diciembre de 2025, también Día Internacional de los Derechos Humanos, La TV Calle presentó oficialmente La ruta de Alejandro hacia los Estados Unidos, una historia documental interactiva que reconstruye, en la voz directa de su protagonista, el trayecto migratorio de un joven venezolano que se vio obligado a abandonar el país en 2023. La producción es resultado de cinco meses de trabajo independiente, autogestionado y profundamente comprometido con el deber de memoria.
Tuve el honor de escribir esta historia y de ser el canal que recogiera —con responsabilidad narrativa y afectiva— el testimonio de Alejandro, un joven que representa a toda una generación que fue expulsada por un Estado que, lejos de garantizar derechos, se dedicó sistemáticamente a vulnerarlos. La travesía que relata Alejandro incluye pasos fronterizos por trochas colombianas, el cruce del Tapón del Darién, los riesgos de extorsión en Centroamérica y el viaje sobre los vagones del tren conocido como La Bestia en México. Su historia no es excepcional. Es, por el contrario, una muestra de lo que han vivido miles de jóvenes venezolanos en los últimos años.
Ese mismo día, a cientos de kilómetros de distancia, en Oslo, Noruega, la comunidad internacional presenciaba otro acto profundamente simbólico: la entrega del Premio Nobel de la Paz 2025 a la dirigente opositora María Corina Machado, quien no logró llegar a tiempo a la ceremonia por las condiciones adversas y los riesgos de seguridad asociados a la compleja y clandestina ruta que debió tomar para salir de Venezuela. Sin embargo, en un episodio que rápidamente se inscribió en la memoria política contemporánea, logró arribar a Oslo en la madrugada del 11 de diciembre, desafiando todos los obstáculos, y su presencia —aunque tardía— se convirtió en un símbolo aún más potente de la lucha democrática venezolana y de la épica resistencia civil frente a una dictadura. Su hija, fungiendo como su representante en la ceremonia, ofreció un discurso que funcionó, sin proponérselo, como eco complementario al testimonio de Alejandro.
La economía colapsó más de un ochenta por ciento, la pobreza superó el ochenta y seis por ciento, y nueve millones de venezolanos se vieron obligados a huir. No son solo cifras; son heridas abiertas1
En simultáneo, Alejandro habla desde el relato audiovisual, y su historia resuena con las mismas heridas. Cuando la hija de Machado describe el método calculado del régimen para “dividirnos por nuestras ideas, por raza, por origen, por forma de vida” y denuncia cómo se ha pretendido que los venezolanos se callen y desconfíen entre sí, el testimonio documentado de Alejandro, respalda sus palabras desde el lenguaje del cuerpo, del barro, de la intemperie.
Alejandro no es una metáfora. Es un testigo. Su historia es parte de esa cartografía del exilio que reclama ser documentada con ética, con cuidado y con memoria. En ese sentido, La ruta de Alejandro no solo visibiliza un caso, sino que propone una nueva forma de narrar el éxodo forzado venezolano: desde sus protagonistas, desde el terreno, desde las huellas que dejan los pies que caminan por sobrevivir.
¿Quiénes somos Alejandro?
La pregunta no es retórica. La escribo como quien también la siente. Porque si algo he entendido mientras reconstruía el testimonio de Alejandro es que la migración forzada venezolana no es una excepción, es una condición compartida, con múltiples rutas, causas y destinos. En efecto, los venezolanos no migran únicamente por razones económicas, aunque estas sean determinantes. También lo hacen por la negación sistemática de sus derechos civiles y políticos, por persecución, por censura, por represión directa o por el silenciamiento progresivo de sus proyectos de vida.
Las causas, pueden agruparse en dos grandes bloques. Por un lado, la imposibilidad de ejercer derechos económicos y sociales: acceso a la salud, educación, empleo digno, vivienda, servicios públicos. Y por otro, la vulneración de derechos civiles y políticos: libertad de expresión, asociación, participación, organización, protección ante detención arbitraria.
Alejandro forma parte de quienes encarnan la intersección de ambas dimensiones. Su decisión de migrar fue producto de años de hostigamiento político, de silencio impuesto, de sentirse cada vez más en riesgo por sus ideas, por su entorno, y también por la imposibilidad de construir un proyecto de vida digno. No pudo estudiar, ni ejercer una profesión, ni acceder a un empleo que le permitiera sostenerse. Pero sabía que todo eso no era una fatalidad ni una mala suerte: era el resultado de un régimen político que cercenó sus derechos. Él no escapó solo del hambre. Escapó de una dictadura.
Y mientras lo escuchaba y lo escribía, atravesaba también mi propio proceso migratorio forzado. A diferencia de Alejandro, yo no tomé la ruta de la selva, pero el despojo es el mismo. Mi destino fue el sur del continente, pero la distancia con mi país se mide igual en nostalgia, en impotencia y en duelo. Porque migrar es una fractura interior, y nadie regresa siendo el mismo.
Alejandro es un símbolo —pero también un síntoma— de lo que está en juego: el cuerpo joven venezolano, con deseos, con proyectos, puesto a prueba por la intemperie, la violencia y la criminalización. Representa a quienes han tenido que dormir al borde de la nada, esperando poder ser, algún día, ciudadanos de pleno derecho.
Y si decimos Todos somos Alejandro, no es por repetir una consigna vacía. Es porque Alejandro encarna una experiencia colectiva profundamente arraigada en la memoria emocional de la diáspora venezolana. Su historia no es ajena: habita en miles de jóvenes truncados, desplazados, vulnerados. En cada hogar venezolano hay un Alejandro. Un hermano que se fue sin retorno, una prima que escribió desde un albergue en Texas, un padre que desapareció en la selva sin dejar rastro. También lo representan aquellos que cruzaron a pie los Andes camino a Chile, o quienes atravesaron durante diez días la extensión amazónica de Brasil hasta llegar a Argentina. Como tantos otros, Alejandro es uno de los que dijeron: “Ya me voy a entregar. Ya estoy dentro de Estados Unidos”, y del otro lado, sus familiares quedaron suspendidos en el silencio, atrapados en la incertidumbre. Sin saber si volverían a recibir noticias. Si ese mensaje que anunciaba el paso a “tierra segura” sería el último o el primero de un nuevo capítulo.
En esas horas, días o semanas de espera, se manifiesta el trauma compartido de un país migrante, de una ciudadanía fracturada, obligada a despedirse sin certezas. Por eso decimos que todos somos Alejandro: porque su travesía es síntoma de una ruptura estructural más profunda. La del vínculo entre la ciudadanía y el Estado, entre los derechos y su garantía, entre el país que soñamos y el país que nos expulsó.
Ese vínculo emocional —a la vez íntimo y colectivo— es tan poderoso como la propia historia de Alejandro. Porque lo que se ha roto en Venezuela no es solo el contrato social, es el tejido humano que nos mantenía juntos. Es la posibilidad de proyectar una vida dentro de nuestras fronteras sin que la violencia, el autoritarismo o el colapso institucional nos obliguen a escapar.
Como también se escuchó en el discurso oficial del Nobel de la Paz de 2025: “Nos asfixiaron, nos encarcelaron, nos mataron, nos empujaron al exilio”. Y, sin embargo, seguimos. Porque aunque nos hayan querido borrar, aún contamos nuestras historias. Aún existimos. Aún escribimos. Y eso es justamente La ruta de Alejandro: una forma de no renunciar. Una forma de decir que seguimos contando. Que seguimos vivos.
Ante cooperación para la protección, sobran redes de extorsión
La travesía de Alejandro no solo es desgarradora por el testimonio personal que encierra, sino por el espejo que pone frente a nosotros: la ausencia de garantías mínimas para los migrantes venezolanos en tránsito. El paso por trochas, la caminata por el Darién, la travesía por Centroamérica y México, no son simples accidentes geográficos: son territorios de vulnerabilidad estruc-tural donde la vida humana se negocia a diario entre redes criminales, grupos armados irregulares, cuerpos policiales corruptos y mafias locales.
Alejandro lo vivió desde el comienzo. Ya en el Urabá antioqueño —punto de partida de la selva del Darién— fue testigo de cómo se instrumentaliza la necesidad de los migrantes. Vendedores ambulantes, “guías” improvisados, transportistas, y una cadena de servicios que bordean la legalidad y que, en su conjunto, construyen un sistema de lucro sobre la desesperación.
Lo que debería ser un corredor humanitario está en manos de economías paralelas. Lo que debería ofrecer ayuda y contención, termina empujando al migrante a nuevas formas de violencia, con precios inflados por un cepillo de dientes o una botella de agua, con amenazas veladas si no se accede a “pagar el paso seguro”. Para diciembre de 2025(2), se documenta el funcionamiento de estas redes de tráfico con lógicas de “paquete turístico”, donde se ofrece todo incluido para salir del país por vías irregulares. Pero ya Alejandro lo vivía en 2023.
El autobús que los recogió a la 1:00 de la madrugada los llevó a lo largo de una travesía que duró entre 12 y 14 horas, hasta llegar a Necoclí, en el Urabá antioqueño. Apenas bajaron, la conversación entre migrantes giraba en torno a una pregunta clave: “¿Ya tienes guía?”. Todos sabían que no era opcional.
Los guías cobraban entre 300 y 350 dólares, y controlaban la ruta. Fue así como conocieron a Mateo, un hombre colombiano, alto, corpulento, de piel morena. Se presentó como guía y les ofreció un “paquete completo”: estadía por una noche en hotel, desayuno al día siguiente y la lancha hacia el punto de partida para cruzar el Darién el 31 de agosto. La estructura era clara: toda una logística armada para hacer dinero con la movilidad de los migrantes. Compartieron habitación con 15 personas. Un solo baño para todos.
Y aún peor: muchos pensaban que lo más duro sería el Darién. Pero no. Para Alejandro —y para muchos de los testimonios recogidos tras la publicación de esta historia interactiva— la mayor desprotección vino después. La selva es cruel, sí, pero predecible en su brutalidad. En cambio, el tránsito por Centroamérica implica otro tipo de crueldad: burocracias arbitrarias, extorsiones sistemáticas, y ausencia de coordinación entre Estados. Ningún país parece asumir la responsabilidad regional del fenómeno migratorio. Y en ese vacío, los migrantes se enfrentan a retenes corruptos, secuestros exprés, cobros ilegales por permisos de tránsito, y hasta centros de detención sin supervisión internacional.
La migración se ha convertido, en muchos tramos, en un negocio. Y el cuerpo del migrante, en mercancía. No es una metáfora. La ruta de Alejandro no es solo el testimonio de una persona. Es una denuncia interactiva. Es una crónica de lo que ocurre cuando la migración forzada se vuelve mercado, y los corredores humanitarios no existen.
La ruta de Alejandro: Una responsabilidad compartida con la verdad
En gran parte de América Latina, tanto gobiernos que se definen como de derecha como aquellos que se proclaman progresistas han terminado usando la migración venezolana como comodín electoral. No para tender puentes de justicia, sino para sacar rédito político. Para culparla de las fallas del Estado, de la inseguridad, de la crisis laboral. Han hecho de nuestra presencia un problema. Un símbolo de caos. Un chivo expiatorio.
El término “migración irregular” ha servido para eso: invalidar la humanidad. Convertir en delito la necesidad de buscar protección. Ocultar las verdaderas razones que expulsan a millones de venezolanos de su tierra: persecución, pobreza, represión, hambre, desamparo. La irregularidad no está en el cuerpo de quien cruza una frontera, sino en el sistema que lo expulsa y en los Estados que prefieren no mirar.
Este cierre no es solo una conclusión. Es un acto de memoria. Alejandro dio su testimonio no para despertar lástima, sino para recordarnos que la verdad no puede quedar arrinconada. Él lo entendió y lo asumió: aunque hoy sufre discriminación, aunque aún no ha conseguido estabilidad en destino, sabe que su historia es valiosa porque refleja la de millones. Y porque cuando un joven habla desde el dolor sin disfraces, lo hace también por quienes aún no tienen voz.
Claro que los gobiernos de acogida tienen responsabilidades. Por acción o por omisión. Por levantar muros invisibles, por promover leyes que criminalizan al migrante, por negar refugio o por dejarlo abandonado. Pero si queremos verdad, no podemos quedarnos solo allí. Tenemos que ir a la raíz, como lo hizo Alejandro. Y esa raíz tiene nombre: la destrucción del Estado de derecho en Venezuela.
Hoy existen más de 9 millones de personas venezolanas fuera del país. No porque un día decidieron probar suerte en el extranjero. Sino porque el país les negó la posibilidad de vivir. Porque un régimen autoritario disolvió la justicia, persiguió al disidente, arrasó con las instituciones, desmanteló los servicios públicos, y desfiguró la relación entre el Estado y la ciudadanía. De ser garante, el Estado se volvió opresor. El éxodo venezolano tiene una causa estructural: la represión sistemática y prolongada del poder sobre el pueblo.
Alejandro caminó para salvar su vida. Y ahora quiere construir futuro. Pero también quiere construir memoria. Porque sin memoria no hay verdad, y sin verdad no hay reparación, ni justicia, ni garantías de no repetición.
Este relato busca ser parte de esa construcción colectiva. Un llamado a ver más allá de la cifra, a ponerle rostro a la tragedia. Y a exigir que el mundo deje de relativizar la causa del éxodo venezolano. Porque mientras se siga normalizando la dictadura en Venezuela, mientras se le dé la espalda a quienes la sufren o se diluya el origen de este drama humano, no habrá solución duradera ni para quienes migraron ni para quienes aún resisten adentro.
La ruta de Alejandro es la ruta de la verdad. Y todos, en algún punto, somos Alejandro3
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1 Discurso oficial del Premio Nobel de la Paz, 10 de diciembre de 2025, https://www.nobelprize.org/prizes/peace/2025/machado/1751474-lecture-spanish/
2 Noticias Caracol, https://www.instagram.com/reel/DSSIhGmjcXk/?igsh=NWk5c3ZqYnc0MzFw
3 Lea la historia completa de La ruta de Alejandro a los Estados Unidos, disponible en español e inglés: https://la-ruta-de-alejandro.latvcalle.com/
