Las otras ruinas del terremoto – Guillermo Ramos Flamerich
Descarga el artículo completo
Ahora es el luto. Ahora es la rabia. Ahora es la impotencia por las vidas que se perdieron, por la improvisación y el abuso de poder. Ahora también será la esperanza, aunque se abra paso entre la incertidumbre, el miedo y el gran pantano autoritario en el que está sumergido Venezuela.
Los terremotos del 24 de junio de 2026 no solo sacudieron terriblemente la tierra venezolana. Hicieron visible, una vez más, la fractura de un país sometido durante años a la destrucción de sus instituciones. La naturaleza golpeó con fuerza y encontró un Estado debilitado y con pies de barro. Como si todo hubiera sido una ficción que la tierra terminó por tragarse. El hundimiento y la destrucción en la Misión Vivienda de Playa Grande son una dolorosa metáfora de una época en la que la tarea fundamental de prevenir y proteger quedó supeditada a los intereses de un grupo que no quiere perder sus privilegios.
Cuando una emergencia demuestra que la gente, con sus propias manos, puede hacer más que los organismos militares y burocráticos que no supieron, no pudieron o no quisieron responder, la tragedia se convierte en desamparo. Ya no es solo el desastre natural, es también la rabia ante un poder más preocupado por controlar que por servir. Pero incluso en medio de ese fracaso sobresale otra verdad. La catástrofe nos habla al oído colectivo y nos recuerda de qué somos capaces cuando actuamos como una comunidad.
Quizás por eso una de las imágenes más potentes haya sido la del perro Tsunami como símbolo de una redención compartida. En medio del desastre, poco importaron ministros, generales o autoridades. Los héroes fueron vecinos, voluntarios, perros de rescate y socorristas internacionales que hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Fue el heroísmo discreto y cotidiano de una sociedad que ha resistido a crisis múltiples y extendidas. A falta de respuestas oficiales, volvió a recorrer el boca a boca y las redes sociales una frase que resume nuestro aprendizaje doloroso: «solo el pueblo salva al pueblo».
La política debería construirse desde una profunda empatía, especialmente en momentos de tragedia. Sin embargo, mientras en las primeras horas la solidaridad espontánea era lo único que ofrecía un respiro ante el desconcierto colectivo, las autoridades aparecieron tardíamente. Antes que acompañar el duelo, buscaron justificarse y disputar el relato de la tragedia. Esa distancia entre el tiempo de la emergencia y el tiempo de la política dice mucho sobre el país que hoy somos y las instituciones que urge reconstruir.
Los terremotos demostraron nuestra actual soberanía condicionada. Venezuela volvió a ser vista como un territorio disponible para ser ordenado por otros, mientras se repetía casi mecánicamente la imagen del país feliz, bailando eufórico en las calles. Pero no estamos felices, ni mucho menos bailando sobre nuestros muertos. La actual administración de los Estados Unidos nos ve como una hacienda que pudiera administrarse desde fuera, protectorado para las grandes decisiones y una tiranía doméstica para todo lo demás. El dominio colonial no solo consiste en la ocupación, sino en la sustitución de la voluntad propia por decisiones tomadas desde fuera y ejecutadas por capataces locales. Estas son otras ruinas, las de una soberanía que ya venía maltratada a pesar de los discursos patrioteros. Pero las cuentas del pueblo venezolano son otras. No son las del reparto del poder, sino las viviendas que se cayeron, el familiar perdido, el hospital que no funciona, la electricidad y el agua que faltan, los salarios en mengua y esa frase que tanto dice y que hace unos días vi publicada por la ilustradora Cristina Estanislao: «Como hormiguitas, cada quien con lo que puede, cerca y lejos, construiremos un país».
Por eso, después de tantas crisis en paralelo y por tanto tiempo, la democracia deja de ser una palabra abstracta. Democracia significa bienestar, acción oportuna, institucionalidad previsora, funcionarios que responden, justicia que investiga, ciudades creadas por y para la vida y no para la demagogia y por la emergencia oportunista.
Quizás vengan todavía nuevos momentos de autoritarismo controlado, de negociaciones opacas y de cambios administrados desde arriba. Pero el camino que merecemos es otro, reconstruir la democracia. Tal vez ese proceso de reconstrucción comenzó antes de que terminaran las réplicas. Empezó cuando desconocidos cavaron juntos entre los escombros, cuando aparecieron redes espontáneas de solidaridad. Allí se ejerció la ciudadanía. La tarea ahora es acelerar ese proceso. El luto es la memoria y la rabia es exigencia de renacimiento democrático. Venezuela no necesita solamente levantar escombros. Necesita reconstruir la confianza, las instituciones y su independencia en libertad. Necesitamos volver a levantar una república.
