El horizonte electoral latinoamericano – Juan Miguel Matheus
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No quisiera escribir estas páginas como un reporte técnico ni como un estudio académico convencional. Tampoco pretendo ofrecer un inventario exhaustivo de encuestas, alianzas o probabilidades electorales. Este texto es otra cosa. Un ensayo político sobre el clima espiritual de América Latina en vísperas de un nuevo ciclo electoral. Por esa razón no recurriré aquí a largas citas ni a un aparato bibliográfico destinado a demostrar erudición. Prefiero moverme entre tendencias visibles, intuiciones políticas y coordenadas generales de comprensión histórica. A veces los continentes revelan mejor su verdad en la atmósfera de una época que en el detalle minucioso de una estadística.
América Latina se aproxima a una nueva secuencia de elecciones presidenciales y parlamentarias en 2026 y 2027. Colombia entrará pronto en una disputa decisiva después del experimento político de Gustavo Petro. Brasil volverá a girar alrededor de su polarización interminable. Perú continúa atrapado en una fragmentación que parece haberse convertido en sistema político. Bolivia enfrenta tensiones que vuelven a abrir antiguas fracturas nacionales. Honduras y Guatemala siguen intentando sostener instituciones débiles bajo presión criminal permanente. Y Venezuela continúa siendo la herida política abierta más profunda del continente.
Sin embargo, el verdadero problema latinoamericano ya no consiste simplemente en quién gana las elecciones. El problema es otro: qué tipo de régimen político emerge después de ellas. Durante décadas creímos que votar bastaba para sostener en pie las democracias. Hoy sabemos que no es así.
La cuestión posee además una dimensión cultural más profunda. América Latina no atraviesa solamente una crisis de gobiernos, partidos o liderazgos. Atraviesa también un desgaste de ciertas convicciones democráticas fundamentales. Intentaré desarrollar algunas ideas que ayuden a comprender ese proceso.
Las elecciones siguen existiendo. Incluso se multiplican. Pero la relación entre sufragio y libertad política continúa debilitándose en buena parte de la región. América Latina entra en un ciclo electoral marcado por el cansancio institucional, la inseguridad social, el desprestigio de los partidos y la creciente fascinación por formas concentradas de poder. Allí reside el problema de fondo.
El agotamiento del ciclo progresista
Durante buena parte de las primeras décadas del siglo XXI, América Latina estuvo dominada por gobiernos de izquierda o centroizquierda que lograron construir enorme popularidad política. Hugo Chávez, los Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales o Fernando Lugo expresaron, cada uno a su manera, un mismo clima regional. Sus diferencias fueron reales. Pero todos participaron, en distintos grados, de un mismo desplazamiento latinoamericano hacia formas crecientemente plebiscitarias de legitimidad.
Aquel ciclo combinó expansión del Estado, liderazgo personalista, desconfianza hacia los límites liberales del poder y oferta de reparación social mediante concentración política. Además, tuvo a su favor una ventaja decisiva: abundancia económica. El auge de las materias primas permitió financiar políticas sociales ambiciosas y reducir pobreza en distintos países. Millones de latinoamericanos mejoraron sus condiciones materiales de vida. La izquierda logró entonces construir una narrativa poderosa: la democracia no debía limitarse a garantizar libertades formales sino corregir desigualdades históricas.
En algunos casos el progresismo derivó directamente hacia el autoritarismo. Venezuela representa el ejemplo más evidente. Nicaragua terminó convertida en una dictadura familiar. Bolivia experimentó tensiones crecientes entre hegemonía política y un supuesto pluralismo democrático. En otros países, incluso sin ruptura institucional abierta, aparecieron fenómenos semejantes: debilitamiento de controles republicanos, hipertrofia presidencial, colonización partidista del Estado y creciente polarización política.
Pero el agotamiento del ciclo progresista no obedece solamente a errores de gobierno. Existe también un cambio de sensibilidad social en América Latina. La región dejó de discutir prioritariamente cómo distribuir prosperidad y comenzó a preguntarse cómo sobrevivir al miedo.
La inseguridad, la inflación, la corrupción y el deterioro de los servicios públicos modificaron las prioridades políticas de millones de personas. Muchos ciudadanos ya no buscan solamente igualdad. Buscan estabilidad, autoridad y orden.
La nostalgia latinoamericana por el hombre fuerte
Nayib Bukele probablemente sea hoy la figura política más popular del continente, incluso fuera de El Salvador. No porque haya exportado un modelo constitucional sofisticado. Lo que ha exportado es algo mucho más profundo: una intuición política.
Sus altos y preocupantes niveles de aceptación popular descansan en una promesa elemental: imponer orden allí donde el Estado parecía haber desaparecido, aniquilar el caos con mano dura.
América Latina transmite un cansancio institucional difícil de ocultar. Los parlamentos son percibidos como espacios improductivos. Los partidos dejaron de ser vistos como instrumentos de representación y comenzaron a parecer estructuras vacías dedicadas apenas a sobrevivir electoralmente. Los tribunales generan desconfianza. La burocracia aparece asociada a corrupción o incompetencia. En ese contexto, el liderazgo fuerte recupera atractivo cultural. Bukele no inventó esa tendencia. Simplemente la encarnó con eficacia.
Algo semejante ocurre, con otros matices, en distintas partes de la región. Javier Milei expresa el agotamiento argentino frente a décadas de deterioro económico y decadencia política. En otros países emergen figuras que construyen legitimidad mediante una crítica frontal a las mediaciones institucionales y a los mecanismos tradicionales de representación.
La política latinoamericana se vuelve progresivamente más emocional, más agresiva y más personalista. Y cuando eso ocurre, las instituciones empiezan a perder autoridad moral frente a la figura del líder.
América Latina conoce bien esa tentación. La historia regional está llena de hombres providenciales que prometieron salvar a sus sociedades del caos mediante concentración de poder. El problema es que casi siempre terminaron debilitando las instituciones que hacían posible la libertad política.
La crisis de los partidos
Durante buena parte del siglo XX, los partidos funcionaron como estructuras de integración social y formación cívica. Organizaban ideologías, producían liderazgos y articulaban intereses territoriales. Incluso con todos sus defectos, ayudaban a dar estabilidad a la vida pública. Ese mundo prácticamente desapareció.
En muchos países los partidos dejaron de ser comunidades políticas relativamente permanentes y se transformaron en plataformas electorales organizadas alrededor de individuos. Perú constituye el caso más extremo. Pero el fenómeno atraviesa gran parte del continente. La militancia perdió densidad. Las redes sociales sustituyeron progresivamente al trabajo político orgánico. Las campañas se volvieron instantáneas y emocionales.
En este sentido, la consecuencia institucional es devastadora. Los parlamentos se fragmentan. Los gobiernos pierden capacidad de construir mayorías estables. La gobernabilidad se deteriora. Y frente a esa parálisis aparece nuevamente la tentación del poder concentrado: decretos, estados de excepción, mecanismos extraordinarios o formas de exacerbación del poder.
El círculo es evidente. Cuanto más se debilitan las instituciones deliberativas, mayor es la demanda social de soluciones rápidas. Y cuanto más predominan las soluciones rápidas, más se erosionan las instituciones republicanas.
En América Latina, la crisis de los partidos está dejando a la democracia sin estructura intermedia entre ciudadanía y poder. Y cuando desaparecen las mediaciones, el caudillismo encuentra terreno fértil.
Seguridad y miedo
La cuestión de la seguridad transformó completamente el debate político latinoamericano. Durante años la región discutió principalmente sobre pobreza, desigualdad y crecimiento económico. Hoy el miedo ocupa el centro de la vida pública. El crecimiento del narcotráfico, de las economías criminales y de las organizaciones armadas modificó radicalmente la experiencia cotidiana de millones de personas.
Ecuador constituye un caso dramático. México enfrenta desde hace tiempo una penetración estructural del crimen organizado. Colombia vuelve a experimentar dinámicas complejas de fragmentación violenta. Centroamérica continúa marcada por estructuras criminales capaces de disputar territorialmente la autoridad del Estado.
La consecuencia política de este fenómeno es enorme. Cuando el miedo domina la vida social, la relación entre libertad y autoridad cambia inevitablemente. Muchos ciudadanos comienzan a aceptar restricciones institucionales que en otro momento considerarían inaceptables. El orden aparece como condición previa de cualquier otro derecho. Allí reside parte del atractivo contemporáneo de los estados de excepción y de las “interdicciones constitucionales”. Los pueblos se someten a una cínica transacción con los “hombres fuertes”: el trueque de libertades civiles por seguridad.
Pero existe un problema histórico con la excepción: casi nunca permanece temporal. La excepción tiende a expandirse. Termina convirtiéndose en hábito de gobierno. Y en ese momento las constituciones comienzan lentamente a perder fuerza normativa y autoridad moral. Las sociedades cansadas suelen terminar entregando su libertad exactamente a quienes prometen protegerlas.
Venezuela como advertencia continental
Venezuela representa la expresión más extrema de esta deriva latinoamericana. El chavismo comprendió antes que muchos otros que el autoritarismo del siglo XXI podía coexistir con elecciones, parlamentos, constituciones y rituales plebiscitarios. Durante años el régimen mantuvo una apariencia democrática mientras destruía progresivamente la autonomía institucional, el pluralismo político y el Estado de derecho.
Por eso Venezuela no constituye solamente una tragedia nacional. Constituye también una advertencia continental. El caso venezolano demuestra que una democracia puede morir lentamente sin necesidad de un golpe militar clásico. Puede degradarse desde dentro. Puede conservar formalidades constitucionales mientras el poder real se concentra progresivamente en estructuras autoritarias.
Pero Venezuela también plantea otra discusión importante para el futuro latinoamericano: la diferencia entre elecciones destinadas a perpetuar hegemonías y elecciones verdaderamente liberadoras. No toda elección inaugura democracia. Existen procesos electorales diseñados para producir legitimidad internacional sin permitir alternancia real. Existen elecciones incapaces de alterar las estructuras efectivas del poder. Y existen elecciones capaces de abrir auténticos procesos de reconstrucción republicana. La gran pregunta latinoamericana consiste precisamente en determinar cuáles de esas elecciones predominarán en los próximos años.
Democracia constitucional o cesarismo plebiscitario
La gran disputa latinoamericana ya no enfrenta simplemente izquierdas y derechas. Esa lectura resulta insuficiente. La tensión más profunda opone dos concepciones distintas del poder político. De un lado permanece la tradición republicana según la cual la autoridad debe estar limitada por el derecho, distribuida institucionalmente y sometida a controles permanentes. Del otro emerge una lógica plebiscitaria que identifica legitimidad con eficacia inmediata, liderazgo carismático y capacidad excepcional de decisión. La primera concibe la democracia como gobierno limitado. La segunda como encarnación directa de la voluntad popular en un líder. Esa tensión atraviesa hoy toda América Latina.
Y el problema no es únicamente institucional. Es también cultural. Durante años la región debilitó su educación cívica. La democracia fue reducida a procedimiento electoral. Se erosionó la idea de límite al poder. La política comenzó a organizarse alrededor de emociones inmediatas, polarización permanente y comunicación instantánea.
En ese contexto, amplios sectores sociales dejaron de percibir contradicción entre democracia y concentración de poder mientras el liderazgo conserve popularidad.
Allí aparece el riesgo del cesarismo plebiscitario: un régimen donde el líder concentra legitimidad simbólica, capacidad excepcional de decisión y representación emocional de la nación mientras las instituciones republicanas pierden densidad y autonomía.
Elecciones decisivas, democracias frágiles
Las elecciones que América Latina celebrará durante los próximos años serán importantes. Pero su relevancia no radica únicamente en quién gane o pierda. Lo decisivo será determinar qué idea de legitimidad política prevalecerá después de ellas.
En algunos países dominará probablemente la lógica del orden y la seguridad. En otros persistirá el voto de castigo contra oficialismos desgastados. Continuará la fragmentación política. Seguirá creciendo la polarización. La influencia de factores externos aumentará todavía más.
Pero por debajo de todas esas dinámicas se desarrolla una discusión mucho más profunda: si América Latina seguirá creyendo en la democracia constitucional o si volverá a acercarse a una vieja tentación de su historia, la tentación de creer que el poder fuerte puede reemplazar a las instituciones. Tal vez allí resida la gran paradoja latinoamericana de nuestro tiempo: nunca la región había votado tanto y, sin embargo, pocas veces la democracia había parecido tan frágil, tan cansada y tan vulnerable frente a la promesa de autoridad sin límites.
