Cambiar para permanecer – María Fernanda Villalobos
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Recuerdo perfectamente el temor con el que le pregunté a mi tutora de tesis si no me estaba metiendo en terreno peligroso con mi investigación. Ella me dijo que sí, pero que lo único que había que manejar eran las palabras que usaríamos para disminuir el riesgo tanto como fuera posible.
Fue entonces cuando caí en cuenta de una cosa que nos dijo un profesor en el primer semestre: estudiar Ciencia Política en Venezuela es hacerlo en el caldo de cultivo. En el lejano 2019 aquella frase parecía tener significado. Pero en 2025 entendí el significante. Ese caldo de cultivo podía convertirse en tu mejor insumo o en tu peor pesadilla. Y esa era la cuerda floja en la que decidí caminar en mi último año de carrera.
Cuando pienso en lo que me motivó a seguir esa ruta —que es una ruta que tuve que justificar(me) muchas veces— lo primero que me viene a la mente es que necesitaba graduarme pronto, y para graduarme pronto necesitaba hacer una tesis (en una carrera en la que este no era un requisito oficial). Pero cuando lo pienso más detenidamente, eso no responde la pregunta de verdad: por qué elegí complicarme la vida estudiando ese tema.
Quizás porque muchas veces sentí que estábamos superocupados analizando lo que hacíamos mal como oposición y estábamos descuidando los intentos por comprender qué sostenía realmente al chavismo. Quizás porque quería entender cómo sobrevive un proyecto político cuando todo parece empujarlo hacia el desgaste. O quizás porque, aunque todavía no lo sabía, intuía que los proyectos políticos también hablan a través de sus símbolos.
Elegí estudiar al chavismo en uno de los años con mayor persecución política. Elegí revisar las transformaciones del lenguaje revolucionario en el mismo año en que tuve que salir de mi casa porque no parecía seguro permanecer allí. Y mientras personas muy queridas me decían lo fuerte que era por hacerlo, la verdad es que lo menos que sentía era valentía. Simplemente había que remar. Había que nadar. Había que seguir.
Mi tesis —la primera de su tipo en la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la UCV— estudió las transformaciones del lenguaje revolucionario de Nicolás Maduro entre 2013 y 2023[1]. Cómo su discurso se radicalizaba a medida que se profundizaba la crisis. Cómo cambiaban sus símbolos. Cómo cambiaba su imagen. Cómo se alejaba del fantasma de Chávez cuando necesitaba construir identidad propia y cómo volvía a él cuando la situación se complicaba. Pero sobre todo, estudiaba algo más importante: que el lenguaje no acompañaba la política. El lenguaje era política.
Los proyectos políticos hablan incluso cuando creen que solo están comunicando. Hablan a través de colores. Hablan a través de símbolos. Hablan a través de quién aparece y quién desaparece. Hablan incluso a través de lo que intentan dejar de parecer.
Por eso, una de las primeras cosas que revisé durante la investigación —aunque no era parte del trabajo— fue la transformación de Somos Venezuela.
En 2017 Nicolás Maduro anunció el lanzamiento del movimiento[2]. En enero de 2018 se anunciaba su legalización[3] y en febrero Delcy Rodríguez renunciaba a la militancia del PSUV[4] para asumir la Secretaría General de una organización distinta, aunque alineada políticamente con el proyecto oficialista. En aquel momento podía parecer una reorganización más dentro del ecosistema chavista. Una diversificación o ampliación.
Pero visto en retrospectiva, quizás también era otra cosa.
Mientras el PSUV seguía siendo rojo rojito, Somos Venezuela comenzaba a hablar otro idioma visual. Más colores. Una imagen más pulida. Una estética menos asociada al chavismo original. No abandonaban completamente el relato fundacional. Lo reempaquetaban.
Y quizás esa sea una de las cosas más difíciles de leer cuando uno está demasiado cerca del momento histórico: no todos los cambios anuncian su importancia en voz alta. Algunos aparecen como decisiones administrativas, como movimientos tácticos, como pequeñas reorganizaciones internas. Pero con el tiempo uno empieza a sospechar que ciertas formas también funcionan como laboratorios.
Somos Venezuela no fue solamente una tarjeta, un color distinto o una operación coyuntural. Fue, al menos visto desde hoy, un ensayo de plasticidad política. Una prueba de que el chavismo podía intentar ensanchar sus bordes sin romper del todo con su centro. Podía seguir diciendo Chávez, pero decirlo de otra manera. Podía seguir reclamando herencia revolucionaria, pero presentarla con otra textura. Podía conservar el núcleo de poder mientras experimentaba con otra forma de mostrarse.
Tal vez eso era lo que me interesaba sin saberlo todavía: no el cambio como ruptura, sino el cambio como permanencia. La capacidad de una estructura de poder para modificar su superficie sin abandonar aquello que la sostiene.
Las señales estaban allí, los red flags existían, pero como suele pasar en ciencias sociales, uno muchas veces reconoce los patrones con más claridad cuando mira hacia atrás.
Mi tesis no fue sobre los Rodríguez. Pero sí me dejó una certeza metodológica que hoy vuelve a parecerme relevante: los cambios simbólicos rara vez son superficiales. Y eso nos trae al debate de estos últimos meses. Como le dijo Ricardo del Búfalo a Paola Bautista de Alemán en una entrevista para la Revista Democratización[5]: la gente no es pendeja.
Y esa frase, que puede sonar demasiado coloquial para este texto, encierra una verdad más seria de lo que parece. Las sociedades aprenden a leer el poder. Lo hacen con herramientas imperfectas, con intuiciones, con humor, con cansancio, con rabia, con memoria. Pero lo hacen.
En Venezuela, además, esa lectura se ha vuelto casi una forma de supervivencia. Durante años hemos aprendido a interpretar gestos mínimos: quién aparece en una foto, quién deja de aparecer, qué palabra se repite, qué consigna desaparece, qué color se abandona, qué tono se suaviza, qué enemigo deja de nombrarse. En contextos autoritarios, la política rara vez se entiende solamente por lo que se anuncia oficialmente. Muchas veces se entiende por lo que se filtra en los bordes.
Por eso el humor político no es solamente entretenimiento. Es también una forma de inteligencia colectiva. Un modo de procesar lo que todavía no tiene nombre. Un mecanismo para decir, antes de que aparezca el análisis formal, que algo se está moviendo.
Cada meme existe porque hay personas observando comportamientos. Leyendo conversaciones. Encontrando patrones. Hay científicos sociales estudiando procesos políticos. Hay equipos revisando tendencias digitales. Hay taxistas diciendo verdades que terminan convirtiéndose en conversación nacional. Hay una ciudadanía que ya no consume la política solamente a través de ruedas de prensa o titulares. Hoy la política ocurre en TikTok. En WhatsApp. En un live improvisado. En contenido generado por usuarios. Y cuando miles de personas empiezan a notar las mismas cosas al mismo tiempo, probablemente vale la pena mirar con atención, porque Delcy Rodríguez no cambia por casualidad.
Lo que a Nicolás Maduro le tomó una década construir —ese desplazamiento progresivo desde una narrativa revolucionaria clásica hacia una comunicación más pragmática, más flexible y menos dependiente de la liturgia original— a Delcy Rodríguez le ha tomado apenas meses.
Lo primero que pensé cuando empecé a ver estos cambios fue que quizás estaba viendo demasiado. Que después de pasar un año estudiando símbolos, lenguaje político y construcción discursiva, uno empieza a encontrar patrones donde no los hay. El equivalente politológico a buscar síntomas en Google y convencerse de que uno tiene una enfermedad terminal. Pero después seguían apareciendo cosas. Y seguían apareciendo rápido. Demasiado rápido.
Nueva estética. Nuevos tonos. Nuevos énfasis. Nuevas palabras. Nuevas prioridades. Un discurso menos anclado a la revolución permanente y más orientado hacia la estabilidad, la gestión y la normalidad. Una imagen política menos construida desde la confrontación ideológica y más cercana a algo que antes hubiese sido difícil imaginar dentro del chavismo.
Lo que estamos viendo no es solamente un cambio comunicacional. Estamos viendo al poder cambiar de piel. Y cambiar de piel no significa cambiar de naturaleza.
En nuestro caso significa precisamente lo contrario: desprenderse de una forma que ya no sirve para conservar mejor aquello que se quiere proteger. Los animales mudan de piel para crecer, para sobrevivir, para adaptarse a un entorno que les exige otra superficie. El poder, a su manera, también lo hace.
Por eso la imagen es tan inquietante. No estamos viendo una conversión democrática, ni una rectificación moral, ni una renuncia al impulso autoritario. Estamos viendo una operación más ambigua: una transformación de la apariencia para administrar mejor una nueva etapa. Una piel menos estridente, menos roja, menos épica, menos revolucionaria en su superficie. Pero no necesariamente menos autoritaria en su fondo.
Lo verdaderamente peligroso de ciertas mutaciones políticas no está en que oculten completamente lo que son, sino en que logren hacerlo suficientemente familiar, suficientemente digerible, suficientemente “normal” como para que una parte de la sociedad empiece a convivir con ellas sin terminar de nombrarlas.
Mi investigación estudiaba cómo Nicolás Maduro había transformado progresivamente su lenguaje político a medida que cambiaban sus necesidades políticas. Cómo aparecían y desaparecían símbolos. Cómo cambiaban prioridades comunicacionales. Cómo el discurso revolucionario se endurecía o flexibilizaba dependiendo del momento político.
Pero había algo más. El lenguaje no era únicamente una forma de comunicar decisiones políticas. Era una herramienta para construir legitimidad. Para retomar control. Para orientar la conversación pública. Para que la sociedad recibiera —consciente o inconscientemente— aquello que el poder necesitaba que recibiera. Porque el lenguaje no solamente describe la realidad. También la moldea. La organiza. La jerarquiza. Le dice a las personas qué importa, qué no importa, qué amenaza existe, qué problema merece atención y qué problema debe desaparecer del radar.
A veces cambia las palabras, a veces los símbolos, a veces la estética. Y a veces cambia todo eso al mismo tiempo. Por eso —y lo digo a riesgo de verme como el meme de Charlie Day con su tablero e hilos rojos— siempre me ha costado creer en las casualidades cuando se trata del poder. Y menos todavía cuando se trata de sistemas políticos que han demostrado una enorme capacidad de adaptación —o como lo ha denominado Juan Miguel Matheus, resiliencia autocrática[6]— para sobrevivir.
Lo que estamos viendo hoy no parece solamente una transformación comunicacional. Parece un intento de producir una nueva lectura de la realidad. Porque cuando una autocracia necesita sostenerse en una nueva etapa política, también necesita construir nuevos marcos de legitimidad. Necesita nuevos lenguajes. Nuevos símbolos. Nuevos interlocutores. Y nuevas formas de explicarse a sí misma.
Quizás por eso hay algo en esta etapa que resulta familiar. No porque ya se hubiera visto antes exactamente igual. Sino porque hay una lógica detrás del mecanismo. Durante años el chavismo construyó legitimidad política desde la épica revolucionaria, desde Chávez, desde la confrontación y la construcción permanente de enemigos.
Pero los sistemas políticos no sobreviven décadas enteras sin aprender a adaptarse, y los autoritarismos tampoco. Los sistemas de poder cambian cuando cambian sus incentivos. Cuando necesitan nuevas legitimidades, aliados, públicos, formas de producir estabilidad. Y quizás ahí está la pregunta importante. No es solamente qué está cambiando, sino por qué necesita cambiar ahora.
Cuando el lenguaje cambia aceleradamente, cuando cambian los símbolos, cuando cambian las formas y cuando cambian las prioridades comunicacionales, muchas veces no estamos viendo solamente un cambio narrativo. Estamos viendo una adaptación política.
Y allí aparece la capa más difícil de mirar sin incomodidad: las autocracias no se adaptan en abstracto. Se adaptan a incentivos concretos.
A veces esos incentivos vienen de una sociedad agotada que ya no responde igual a los viejos códigos de movilización. A veces vienen de una economía que necesita prometer orden aunque no pueda ofrecer justicia. A veces vienen de actores internacionales dispuestos a privilegiar la estabilidad. Y a veces vienen de todo eso al mismo tiempo.
Por eso no basta con decir que el relato cambió. Hay que preguntarse qué condiciones hicieron rentable ese cambio. Qué públicos nuevos intenta seducir. Qué costos intenta reducir. Qué conversación busca desplazar. Qué parte de la realidad necesita volver aceptable.
La pregunta ya no es si el chavismo —o el Rodrigato— está cambiando. La pregunta es qué necesita sobrevivir detrás de esta nueva piel, porque el poder rara vez cambia únicamente para transformarse. Muchas veces cambia para permanecer
[1] María F Villalobos, “Lenguaje y crisis política: La transformación del discurso revolucionario durante el gobierno del presidente Nicolás Maduro, período 2013-2023” (tesis de pregrado, Universidad Central de Venezuela, 2025), https://www.academia.edu/164889218/LENGUAJE_Y_CRISIS_POL%C3%8DTICA_LA_TRANSFORMACI% C3%93N_DEL_DISCURSO_
REVOLUCIONARIO_DURANTE_EL_GOBIERNO_DEL_PRESIDENTE_NICOL%C3%81S_MADURO
[2] Ministerio del Poder Popular de Economía y Finanzas, “Pdte. Maduro lideró el lanzamiento del Movimiento Somos Venezuela,” 12 de junio de 2017, https://www.mppef.gob.ve/pdte-maduro-lidero-el-lanzamiento-
del-movimiento-somos-venezuela/
[3] María Victoria Fermín Kancev, “Maduro decide legalizar el ‘Movimiento Somos Venezuela’ como partido político,” Efecto Cocuyo, 27 de enero de 2018, https://efectococuyo.com/politica/maduro-decide-legalizar-
el-movimiento-somos-venezuela-como-partido-politico/
[4] Agencia Anadolu, “Líder de la constituyente venezolana renunció al partido oficialista,” 7 de febrero de 2018, https://www.aa.com.tr/es/mundo/
l%C3%ADder-de-la-constituyente-venezolana-renunci%C3%B3-
al-partido-oficialista/1057299.
[5] Paola Bautista de Alemán, “Ricardo del Búfalo: «La cultura debe interpelar a la sociedad»”, Democratización (Red FORMA), 18 de marzo de 2022, 73, https://red-forma.com/wp-content/uploads/2025/08/Democratizacion-
18-marzo-22.pdf
[6] Juan Miguel Matheus, entrevista por María F. Villalobos, 14 de junio de 2025, transcripción en: María F. Villalobos, “Lenguaje y crisis política:
La transformación del discurso revolucionario durante el gobierno del
presidente Nicolás Maduro, período 2013-2023” (tesis de pregrado,
Universidad Central de Venezuela, 2023), Anexo D,
https://www.academia.edu/164889218/LENGUAJE_Y_CRISIS_POL%C3%8DTICA_LA_TRANSFORMACI%C3%93N_DEL_DISCURSO_REVOLUCIONARIO_DURANTE_EL_GOBIERNO_DEL_PRESIDENTE_
NICOL%C3%81S_MADURO
