El exilio: El Duelo Constante – Samuel Díaz Pulgar
Descarga el artículo completo
Después de poco más de un año fuera, apenas ahora me siento tranquilo diciéndolo en voz alta: estoy exiliado. Y aun así, sigo aprendiendo a procesarlo. No es un hito que se supera de un día para otro, sino un proceso constante que respira conmigo, que avanza y retrocede según las semanas, los recuerdos y las cosas nuevas que me toca enfrentar.
No lo decía antes porque, honestamente, no sabía cómo ordenarlo por dentro. Además, en mi caso, salí con muchas ventajas: amigos que me recibieron, ciudades que me abrieron puertas, trabajos que me permitieron crecer y mantener una vida estable. He tenido oportunidades importantes y soy consciente de ese privilegio.
Pero nada de eso cambia una verdad sencilla: el exilio es duro, aun cuando estés acompañado, aun cuando te esté yendo bien. Porque no fue una decisión tomada por gusto, sino desde la necesidad.
El 8 de enero sentí que todo cambió. Cuando me volvieron a acusar de terrorista —algo que ya había ocurrido en 2017, pero que esta vez se sintió distinto, definitivo— entendí que no podía seguir en Venezuela. Ese día marcó un antes y un después, aunque no lo dijera públicamente.
Y ahí es cuando llega una de las primeras realidades del exilio: el golpe inicial.
Una de las cosas más fuertes al principio, lo más “arrecho”, incluso, es que te arrancan de los tuyos y te arrancan de tu vida de un día para otro. No hay tiempo para despedirte, para ese último abrazo, ese último beso, esa última comida en familia. Todo ocurre tan rápido que no alcanza a darte tiempo para procesarlo.
Ese quiebre súbito se mezcla con algo igual de duro: la incertidumbre.
La incertidumbre sobre dónde vas a vivir, cuánto podrás quedarte en un país, si mañana tendrás que mudarte a otro, cuánto te va a durar un trabajo o si podrás hacer arraigo sin sentir que traicionas a tu país.
A todo esto se suma una realidad de la que casi nadie te habla: vivir en una maleta.
Las mudanzas constantes, vivir entre hoteles, cuartos prestados o Airbnbs, la imposibilidad de alquilar porque no tienes mecanismos legales… todo eso te quita el sentido más básico de estabilidad. Cuando todo lo que tienes cabe en una maleta,cuando nada es realmente tuyo o permanente, cuando lo que conocías quedó atrás, el desgaste emocional es enorme. Todo se siente temporal. Todo se siente prestado. Todo exige más energía de lo que parece.
Y, sin embargo, mientras empiezas a construir rutinas, amistades o pequeñas anclas, aparece otra sensación difícil de explicar: la idea de que cada paso hacia adelante es también un paso que se aleja de Venezuela. Sabes racionalmente que no es así, que necesitas estabilidad y vida propia, pero la mente insiste en esa culpa silenciosa.
Esto se mezcla con otra verdad que no cambia, por más agradecido que estés: nunca es casa.
No importa lo bien que te traten, lo mucho que te adaptes, lo cómodo que estés: nada se parece a tu casa. Y no hay día que pase sin que uno piense, aunque sea un segundo, en volver.
Mientras tanto, la vida de los demás continúa. Los primeros meses mucha gente está pendiente, pero luego cada quien sigue con lo suyo. Y tú también tienes que hacerlo. En ese proceso, sin darte cuenta, te pones barreras: para no preocupar a tus padres, para no repetir siempre la misma historia, para protegerte mientras intentas entender qué estás viviendo.
Recuerdo que en mis primeros tres meses lloraba muchas noches. No por lo que vivía fuera, sino por lo que significaba haberme ido. Era aceptar que ya no podía volver a mi casa cuando quisiera; que ya no podía robarle los tupperwares a mi mamá con la excusa de ser hijo único; que ya no podía ir al estadio con mi papá, ni comer empanadas, ni bajar a la playa, ni rumbear con mis amigos.
Y entre esos core memories que te arrebata el exilio, hay dos que me pesan especialmente.
El primero: no estar con mi papá cuando hizo el primer lanzamiento en el juego entre Tiburones y Águilas. Ese era un momento que yo soñaba guardar para siempre, y me lo perdí.
Y el segundo: no poder acompañar a mi mamá cuando murió su mejor amiga, por que sabía que yo hubiese sido un apoyo para ella en ese momento.
Ese día entendí algo que cuesta aceptar: el exilio no solo lo carga quien se va; también lo sufren quienes se quedan. Mi ausencia no era solo mía; también era de ella, de mi familia, de la vida que dejamos atrás.
Son recuerdos que duelen en un sitio que uno no sabía que tenía.
A medida que pasan los días, otra parte del exilio empieza a revelarse: el enfrentamiento contigo mismo. Con tus decisiones, tus dudas, tus demonios.
Empiezas a pensar en todos los caminos que pudiste haber tomado, en todas las versiones de tu vida que pudieron existir. Entras en los multiversos de lo que habría pasado si hubieras hecho o dicho algo distinto.
Eso desgasta. Eso pesa. Eso agota.
Es enfrentarte a la culpa, al arrepentimiento, a las preguntas que no tienen respuesta. Es cargar con la duda de si pudiste haber evitado algo, de si tu vida tendría hoy otra forma. Son momentos en los que el peso emocional parece más grande que uno mismo.
Y a esto se suma algo fundamental del exilio: te toca reinventarte.
No desde el cliché motivacional, sino desde un despojo real.
Porque aunque uno diga que el cargo, el rol, el título o el espacio político no te definen, sí forman parte de tu identidad. En el exilio te toca renunciar a esa versión previa de ti mismo. Te toca soltar la imagen que los demás tenían de ti, e incluso la que tú habías construido.
Es un laberinto preguntarte: ¿quién soy ahora? ¿qué quiero? ¿cómo reencauzo mi propósito en medio de tanta adversidad?
Reinventarte afuera es difícil; reinventarte por dentro lo es aún más.
Y todo esto ocurre mientras descubres otra verdad incómoda: no empiezas de cero, empiezas en negativo.
No tienes tu red de contactos, no tienes a quién escribirle, no tienes quien te recomiende. No tienes el capital social que en tu país era natural. Crecer profesionalmente afuera es subir una pendiente empinada con las manos vacías.
Y cuando crees que ya lo has visto todo, aparece algo más silencioso: la culpa del sobreviviente.
Ese sentimiento inexplicable de sentirte mal por ser feliz, por disfrutar un rato, por tener un día bueno.
Te preguntas: “¿por qué yo sí?” mientras otros queridos se quedan allá.
Y también aparece el juicio:
— los que están adentro dicen que desde afuera es más fácil hablar,
— y algunos afuera dicen que ya no deberías opinar porque ya no vives allá.
Todo eso suma peso al duelo y a la carga diaria.
En medio de todo esto, también está la voz de mi mamá: “¿Será que te criamos demasiado bien?”
Lo decía desde el amor, desde el orgullo, desde la preocupación. Pero igual te sacude. Porque te recuerda que tus decisiones no solo te afectan a ti, sino también a quienes se quedan, a quienes sufren su propio duelo al verte partir.
A ese peso se suma un miedo compartido por todos los exiliados: que algo les pase a tus padres y tú no puedas estar. No te paraliza, pero está ahí, siempre presente.
Después viene lo práctico.
Cómo regularizas tu estatus, cómo consigues papeles, cómo te contratan, cómo demuestras tu valor en un lugar donde nadie te conoce. Y como inmigrante —y a veces indocumentado— muchas veces tienes que demostrar el triple:
• que vale la pena contratarte a pesar de tu edad,
• que vale la pena contratarte a pesar de tu nacionalidad,
• y que tu enemigo más grande no seas tú mismo: no dejarte comer por el miedo, por el ruido, por el dolor de lo que dejaste atrás.
Porque por más que duela Venezuela, tienes que aprender a vivir a pesar de lo que ocurre allá. Y, además, aceptar que nadie va a entender al 100% lo que estás viviendo. Cada quien tiene sus urgencias, sus ritmos, sus prioridades. Y nadie te va a dar un espacio formal para “vivir el duelo”, porque igual tienes que producir, trabajar y adaptarte.
Todo esto ocurre mientras intentas compartir, aunque sea un poquito, tu proceso, sin convertirte en “el exiliado” como identidad única.
Escribo todo esto porque, al final, uno escribe para ordenar el ruido interno. Para darle lenguaje a lo que siente. Para entenderse un poco más. Y porque, cuando uno se atreve a contar su historia, le abre una puerta a otros para que también se atrevan.
Hoy puedo decir que estoy bien. Que he crecido, que me he reinventado, que sigo avanzando. Y también puedo decir que todavía estoy aprendiendo a procesarlo.
El exilio no es sencillo, pero sí enseña algo fundamental: incluso lejos, incluso con lo que pesa, la vida sigue. Y uno también.
Y si estás leyendo esto y has vivido algo parecido —si el exilio te arrancó una vida, si una relación terminó por la incertidumbre, si extrañas a los tuyos, si sueñas con abrazar a quienes no están— quiero decirte algo sencillo: no estás solo.
Ojalá este abrazo virtual, por más pequeño que sea, haga que hoy tu duelo sea un poquito más llevadero.
