Comienzo a escribir estas líneas exactamente a un mes de haberse producido la captura de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos. Se trata de un acontecimiento histórico cuyo carácter reciente, todavía inscrito en lo cotidiano, dificulta trazar con claridad hacia dónde conduce. Y si bien fue un episodio cinematográfico, abierto a múltiples lecturas, el hecho de que su desenlace haya dependido de una intervención extranjera constituye, ante todo, un fracaso colectivo como sociedad y revela los niveles de control a los que ha estado expuesto el país en su conjunto. Pero también abre una posibilidad. Maduro es, al mismo tiempo, una figura que empieza a pertenecer al pasado y el recordatorio de que la impunidad de quienes retienen el poder no es infinita.
El 3 de enero de 2026 abrió una rendija para la democratización del sistema venezolano. Algo que no nos van a dar desde afuera y que no está garantizado, pero del que tenemos el bagaje histórico y debemos construir la fuerza para que las heridas se conviertan en cicatrices, y estas en marcas de un aprendizaje colectivo.
Quienes nacimos en la década de 1990 —también los de los ochenta y dos mil—, tanto los venezolanos de afuera como los de adentro, solo hemos conocido una sucesión ininterrumpida de acontecimientos históricos enmarcados en una crisis. Ya sea a través del colapso de la democracia o de la emergencia de un nuevo sistema que, amparado en el discurso de la participación popular, fue erosionando el pluralismo hasta volverse cerrado y brutal, y que, aun colapsado, no ha terminado de caer.
Los sistemas políticos en Venezuela han tenido una duración entre dos a cuatro décadas. En el siglo XX, la democracia fue la gran promesa, conquista y también la gran sorpresa: logró consolidarse en un país marcado por la tradición caudillista y las guerras civiles, y lo hizo imponiendo un modelo democrático con un fuerte sentido social. Sin embargo, ese sistema colapsó al olvidarse de sus valores fundacionales y al no saberse reinventar y ser fiel a sí mismo. Aunque no se regresó exactamente al pasado, comenzó a gestarse una combinación de varios de nuestros males históricos al mismo tiempo, ahora agravados e insertos en los dilemas propios de la geopolítica de este siglo.
Presión internacional y patadas históricas habíamos vivido antes. El bloqueo impuesto por potencias europeas entre 1902-1903, en reclamo de deudas, le ofreció al caudillo Cipriano Castro la oportunidad de exaltar el ánimo nacional, al tiempo que otorgó a los Estados Unidos un papel clave de disuasión, control y mediación frente a Europa, lo que se conoció como el “Corolario Roosevelt” de la Doctrina Monroe. Ese mismo Castro sería desplazado por su compadre Juan Vicente Gómez a finales de 1908, con el objetivo de entenderse mejor con los estadounidenses y tratar con guantes de seda sus inversiones e intereses, que marcarían el inicio de la industria petrolera en Venezuela. Mientras tanto, con guante de cuero y puño de guerra, Gómez reprimía a la disidencia e instauraba la paz en las tumbas, los trabajos forzados en carreteras y en la cárcel de La Rotunda.
El pasado como patrimonio presente
Desde luego, existen otros momentos que son luminosos y que están fijados en la memoria colectiva: la de los estudiantes universitarios de la “Generación del 28” frente a Gómez, la instauración del voto universal, directo y secreto a partir de 1946, o la épica del 23 de enero de 1958. Pero hay otros episodios, menos recordados en el imaginario nacional, que también ofrecen claves para comprender el presente.
Tras la muerte de Gómez y el inicio de 1936, la continuidad del sistema en manos de un militar de su confianza, el general Eleazar López Contreras, planteó un dilema central entre transición y continuidad. Aunque existió desde la presidencia una voluntad de modernizar el Estado y de introducir concesiones graduales, fueron las movilizaciones estudiantiles, la organización ciudadana y el debate público en la prensa —verdadero manantial de ideas— los que impulsaron la afirmación de la democracia como una lucha colectiva.
Como recordaba el historiador Manuel Caballero, las protestas de Caracas del 14 de febrero de 1936 pueden considerarse, quizá, el acta de nacimiento de la democracia en la Venezuela moderna. Sin embargo, los casi cinco años y medio del gobierno de López Contreras estuvieron marcados por un movimiento en zigzag: al episodio del 14 de febrero, cuando el pueblo salió a la calle pese a la represión para rechazar la imposición de una nueva censura —con heridos y muertos—, siguieron la huelga petrolera y las expulsiones de dirigentes opositores en 1937. Las aspiraciones al sufragio universal y a una participación política con más derechos solo comenzarían a materializarse una década después y a consolidarse con los pactos de gobernabilidad del 58.
La otra fecha es 1968, todo ese año de convulsión internacional, en Venezuela vive su tercera elección presidencial continua en democracia. Ganó la oposición, representada por los socialcristianos de COPEI, frente a Acción Democrática, quienes llevaban una década gobernando. A pesar de los ánimos exaltados, el gobierno reconoció que perdió. Por poco margen, pero perdió. Siendo la primera vez que eso ocurría en el país. Hay que imaginarse lo que significó todo eso para un país que en tres décadas había dado un salto extraordinario y que quería aspirar a más. Luego, se hizo costumbre. Hay que lograr que eso vuelva a pasar, y será todo un acontecimiento que debemos darle su justa dimensión y aprecio. En democracia las mayorías cambian y hay dinamismo. En dictadura te imponen, como si la vida no pasara, un momento unidimensional, una trampa infinita. El chavismo ha sido la imposición y la captura de un momento social determinado, de mayorías eventuales, para hacer del poder político y económico un patrimonio particular.
Los hilos conductores de nuestra historia
Podemos encontrar al menos dos hilos conductores con los que se ha bordado la realidad venezolana. El hilo autoritario militarista y el democrático civil. Y los dos pesan en este presente en el que debemos plantearnos un mejor modelo de sociedad y una democracia que entienda al país. Una que proponga soluciones duraderas y con mecanismos para la renovación en momentos de dificultades. La tradición autoritaria está asociada con el orden y la verticalidad del caudillo o de los asociados de turno que capturan el poder. En ese imaginario están Gómez y Marcos Pérez Jiménez, uno como pacificador y el otro como constructor del orden y de la “modernidad espectacular” como titulara su estudio Lisa Blackmore. A ellos se asocian igualmente la tortura y la prisión política, una estela recurrente en la historia venezolana que con frecuencia tendemos a minimizar, quizá porque otras formas de violencia política —como los magnicidios u otros asesinatos más públicos— se perciben como ajenas a nuestra experiencia.
Chávez apuntaló al imaginario del orden en su primera etapa, en su lucha contra la corrupción y la revolución del sistema, y a lo que nos llevó fue a perder una rara oportunidad como la que tuvimos a inicios del siglo XXI: bono demográfico, una democracia mejorable y reformable, un contexto económico internacional que favorecía a las materias primas y un país con mucho talento en todas sus formas, con fallas y desafíos enormes, pero con ganas y capacidades para superarse.
La otra tradición, la civil, es la que debemos invocar ahora, en este espacio tan frágil como cautivador por sus posibilidades. Son numerosos los ejemplos que tenemos a la mano: mujeres y hombres de distintas generaciones y compromisos que, a lo largo de casi doscientos años de historia republicana, han imaginado un país mejor. Pienso en Cecilio Acosta y su aversión al odio político; en Rómulo Gallegos y el “dolor patrio” que legó como enseñanza y sentimiento a todos aquellos a quienes educó y a quienes lo hemos leído; en Augusto Mijares, Mario Briceño Iragorry y Mariano Picón Salas, quienes, desde diferentes posiciones ideológicas, compartieron una firme defensa de lo civil y —como decía este último— la convicción de compartir el hecho de ser venezolano, “es decir, de actuar y pensar en un país en tormentoso y contradictorio proceso de crecimiento”.
A ello se suman las mujeres pioneras que lucharon por sus derechos, por el voto y por la construcción de una sociedad de avanzada: Carmen Clemente Travieso, Cecilia Pimentel o María Teresa Castillo, la excelencia cultural de Sofía Ímber y Virginia Betancourt, así como la tenacidad de Mercedes Pulido. Los nombres son innumerables y, más aún, lo son los de las mujeres y los hombres que hoy trabajan por Venezuela, dentro o fuera de sus fronteras, con la aspiración de conquistar un futuro democrático.
El juego político y el llegadero
Hay meses que duran semanas y años que marcan décadas. El momento político actual, en su fragilidad y con la adenda del “gobierno encargado”, puede generar un panorama casi esquizofrénico; por momentos pareciera que se avanza; en otros, que todo sigue siendo más de lo mismo.
El juego político, sin embargo, no puede reducirse a una competencia por complacer los intereses de los Estados Unidos. Nos ha tocado, desafortunadamente, una suerte de protectorado telemático. Pero esto debe ser temporal. La búsqueda de independencia en libertad tiene que ser el propósito irrenunciable.
Por eso, todos los sectores que crean en la democracia deben ser convocados, dentro y fuera del país, para alcanzar acuerdos esenciales. Reconocer las derrotas pasadas, pero también el bagaje de luchas y experiencias exitosas propias que forman parte de nuestro patrimonio común. Hacer frente para lograr la liberación total de todos los presos políticos, el fin de la censura y la apertura de un debate verdaderamente plural. Comenzar a reconstruir la democracia a través de elecciones generales libres, que sirvan de base para lo que viene.
Es un momento crítico y delicado, pero también uno en el que tenemos la fuerza para transformarlo en algo fecundo. Que esta crisis, que hoy se asoma como llegadero, pueda convertirse en una oportunidad conquistada.
