Veni, vidi, vici: Donald Trump, realismo político, América Latina y desorden multipolar – Rommer A. Ytriago F.

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Ha pasado poco más de un año, desde que inició la “era dorada de Estados Unidos de América”, como Donald Trump ha descrito a su segundo mandato. Sin embargo, esto exige precisión no solo desde la perspectiva del Estado que dirige, sino también en clave del estadista: no es menor afirmar que ha vuelto, ha visto y ha vencido —veni, vidi, vici—, como reza la locución latina, frente a las narrativas dominantes que profetizan el declive de su país, su hegemonía, su dominio y su primacía en un sistema internacional marcado por el desorden, la anarquía y una profunda crisis de valores que afecta a todo orden basado en reglas. Contrariamente a las predicciones del desastre, la política exterior de Trump ha exhibido un éxito rotundo, aun cuando algunos insistan en leer como derrotas lo que, en muchos aspectos, constituyen ajustes estratégicos. Sostener una lucha política dentro del marco de las ideas conservadoras, manejarse en un hemisferio con unidades políticas problemáticas como las presentes en América Latina e intentar liderar al “mundo libre”, al Occidente cristiano, requiere no solo ideología, sino también realismo y pragmatismo. En ese sentido navegan las siguientes páginas: no se trata de una defensa apologética de Trump, sino de un intento por ubicar analíticamente al máximo líder de la tierra dentro de un tablero internacional en desorden, y por trazar las líneas de fuerza que su proyección exterior realista está imponiendo en el hemisferio, particularmente en América Latina.

Descriptores: Política exterior, realismo político, seguridad hemisférica, América Latina, desorden multipolar.

  1. El diagnóstico necesario: las lógicas de Trump.

Desde que el presidente Donald. J. Trump tomó posesión para su segundo mandato, las miradas de seguidores y detractores se han centrado en la forma como ha reanimado eso que los internacionalistas denominan “realismo político”, que ha permitido centrar el debate de la política exterior que Estados Unidos de América debe ejercer frente a la que ha ejercido, no operando esta vez como un recurso ocasional, sino como un marco interpretativo —central— para comprender las relaciones de poder en el hemisferio occidental.

Este rescate a un viejo enfoque de política exterior, no parece ser descabellado, y —tal como definiera Hans Morgenthau— es consciente del imperativo moral, pero entiende que los Estados, en su interacción, se mueven indefectiblemente conforme al interés nacional definido en términos de poder.

Hasta el gobierno de Joe Biden, interpretar bajo las ideas descritas la política exterior —haciendo la salvedad del primer mandato de Trump—, radicaba en una utilidad circunstancial, de modo que el realismo solo era —y nada más— una salida optativa, porque existía una concepción y preferencia —casi absoluta— por la cooperación ilimitada, en una especie de configuración internacional de “sociedad de la mutua ayuda”, para promover organismos multilaterales —de distintas índoles— que “suponían” asegurar la expansión de la democracia en el tablero global.

Quizás, esa versión pasada del ejercicio de la política exterior y el manejo de la política internacional, es lo que tanto se ha criticado a Occidente, pensar e interpretar la realidad internacional a través de mapas geográficos y mentales lo suficientemente sesgados y que a la postre requieren mucho más pragmatismo para comprender la política internacional que el siglo XXI va presentando.

No en vano es que se diga que Trump hoy día encarna una versión 2.0 de esa tradición, la cual exige que no se le evalúe fuera de esta cualidad, evitando someterlo peyorativamente a la crítica constante de que no es un hombre de política sino de negocios.

Desde E. H. Carr, pasando por Hans Morgenthau hasta Kenneth Waltz, se enfatiza el carácter anárquico del sistema internacional y cuya prioridad no son más que los intereses nacionales sobre los valores abstractos[1], esto supone que el argumento realista no se basa en un “moralismo frío”, como pretenden explicar sus críticos, sino de una lectura que subordina la justicia y la solidaridad a la existencia de un orden estable y a la capacidad de los Estados para garantizar la seguridad de sus sociedades.

En la lógica mencionada, el poder ejercido por Trump no viene a ser un fin en sí mismo, sino por el contrario, el medio necesario para preservar la integridad del Estado que dirige —el Imperium sine fine—, su estabilidad interna y plena autonomía.

Importante es mencionar que actores externos con diferentes características se presentan para desafiar en términos atómicos, económicos, energéticos y tecnológicos a las grandes potencias, por lo que, el realismo reaparece más por el hecho de ser una respuesta a la crisis de la política exterior liberal, que es -cada día más- percibida como ingenua, desgastada y, en muchos casos, contradicha por los resultados concretos en el terreno[2].

En esta circunstancia, la política exterior de Trump plasma una relectura del realismo de forma clara y contundente, que tiene un énfasis en desplazar la “cooperación por el solo hecho de cooperar” a la cooperación condicionada[3], guiada por consideraciones de seguridad, estabilidad y alineación de intereses.

Una demostración es lo que está ocurriendo con la OTAN[4], donde importan las fronteras, la soberanía y la defensa de la estabilidad del Estado en su juego de doble nivel como caracterizaría Robert Putnam[5], además de luchar contra el crimen organizado, la migración irregular y la influencia de otras potencias, pero, bajo la mirada de una nueva concepción de lo que son las relaciones con y/o frente a Washington.

Todo lo argumentado han sido los ejes de la agenda que adelanta la “Era Dorada de Estados Unidos”, en lugar de cuestiones secundarias o de un discurso humanitario‑multilateral, poco efectivo, incluso, donde la democracia, valor central en la retórica liberal [6], deja de ser el único criterio de cooperación y pasa a ser un atributo negociable frente a la prioridad de la seguridad y la estabilidad.

Este esquema, suerte de andamio, es la base del orden que se construye en hemisferio y, donde América Latina deja de ser leída casi exclusivamente como un espacio que alberga a “democracias vulnerables”, que de vez en cuando imponían el criterio de que debían ser tuteladas, para pasar a formar una zona de competencia de poderes globales.

No solo hay que asegurar la hegemonía estadounidense —en términos de liderazgo—, sino el ensamble de alianzas articuladas sobre la base de intereses estratégicos compartidos más que sobre la afinidad puramente ideológica, para contener fuerzas globales de criterios contrarios.

Bajo esta estrategia, el Estados Unidos de la era Trump, se ha vuelto más selectivo y jerárquico. En el ejercicio de un realismo que permea toda su política, favorece gobiernos dispuestos a cooperar en sus áreas apremiantes, pero despliega la máxima presión y castigo hacia aquellos que optan por la confrontación frontal o promueven la apertura sin límites a actores enemigos.

Así las cosas, el reemplazo del enfoque de “cooperación universal” por una política de condicionalidad estratégica, pasa a depender de la capacidad de los distintos Estados para cumplir con ciertos estándares, que asegure estabilidad regional y hemisférica, que no sean solo parlamentos lanzados al aire cargados de buenas intenciones.

Sin embargo, este retorno de Trump, y del realismo no escapa de las críticas —hay que insistir en destacarlo—, por las formulaciones que promueve la izquierda internacional, porque según ellos, el enfoque de proyección exterior y el mandatario estadounidense reducen la política internacional a una mera lucha de poder suma cero.

Los detractores sostienen que el presidente de Estados Unidos ignora la dimensión de justicia, derechos humanos y lógicas de solidaridad, por habilitar métodos de fuerza, securitización excesiva y la instalación una hegemonía bajo nuevas formas de violencia política[7].

En ese orden de ideas, la experiencia del comunismo —por esencia autoritario—, y del socialismo populista en América Latina, muestra que la “justicia social” sin orden institucional suele degenerarse en represión, corrupción, fragilidad económica y dependencia de patrocinadores foráneos a la región, que no siempre tienen el interés de la nación latinoamericana, y mucho menos marchan concomitantes a la esencia de Occidente.

Trump encarna entonces —puede leerse así—, una reevaluación crítica del idealismo liberal que marcó buena parte de la política exterior estadounidense en las últimas décadas. Así mismo, en el diagnóstico de este año que ha transcurrido, las acciones del gobierno republicano, no se basan en negar la importancia de la democracia, los derechos humanos o la cooperación, sino de darles el lugar que les corresponde.

La existencia del orden y la capacidad de los Estados para resistir amenazas son condiciones previas en un esquema necesario para cualquier proyecto que busque una efectiva justicia social, quizás un teórico sesudo de las ciencias políticas podría afirmar que primero va la idea de garantizar la república y luego la de la democracia, y así para Trump funcione el orden Internacional.

En consecuencia, las lógicas de Trump, operan por un efectivo regreso del realismo político en la política exterior de Estados Unidos y de una necesaria reconfiguración de las relaciones entre Washington y América Latina, donde estabilidad y la responsabilidad política, enfrenten o aminoren el desorden multipolar que el siglo XXI ha traído, entendiendo esto como requisito previo de una democracia fuerte como la que buena parte de los latinoamericanos desean y aspiran consolidar.

  1. El “Escudo Trump”: arquitectura de seguridad
    hemisférica

En los argumentos esgrimidos por la administración Trump, un nuevo diseño tanto del criterio como de la praxis de la seguridad, se ha puesto en primer lugar dentro de la agenda regional, denominado el “Escudo de las Américas”[8] y tras cámaras, “El Escudo Trump”, no es una simple metáfora mediática, sino un recurso polifacético que articula distintas dimensiones de la política exterior estadounidense y de la seguridad en el hemisferio occidental.

En su diseño, confluyen políticas de respaldo a los controles migratorios y combate al narcotráfico, acuerdos de inteligencia, cooperación militar, y presión diplomática y económica, lo que para las voces de izquierda es un camino a la perforación de la independencia, soberanía[9] y “autodeterminación de los pueblos”[10], sobre gobiernos percibidos como inestables o alineados con los enemigos de Occidente.

Más que un simple conjunto de medidas discretas, el “Escudo Trump”[11] es la expresión de una reorganización en la política exterior de Estados Unidos hacia un enfoque de seguridad integral, que pone al centro la estabilidad, la soberanía y la capacidad de los Estados aliados de la región, para resistir amenazas internas y externas, dispuestos a seguir una agenda de seguridad compartida de criterios y valores.

En tal sentido, la operacionalización de esta arquitectura de seguridad se materializa a través de programas de apoyo condicionado, sanciones selectivas y el uso de la cooperación económica y militar como herramienta de incentivo o castigo. En este diseño, la estabilidad interna de los Estados latinoamericanos se convierte en un requisito previo para la interlocución en términos de cooperación[12] con Washington. Así, el combate al narcotráfico se erige como un eje estratégico fundamental, viabilizado mediante operaciones conjuntas, el despliegue de fuerzas policiales y militares, y el intercambio de flujos de información entre agencias de inteligencia.

Esta dinámica de seguridad colectiva y condicionalidad reconfigura la geografía de las alianzas en el hemisferio. Frente a las lecturas críticas que denuncian estas acciones como mecanismos tradicionales de penetración imperialista; la evidencia sugiere que la exigencia central de la administración Trump se orienta a la obtención de compromisos estratégicos para contener la influencia de actores como China, Rusia, Irán u otros factores radicales, utilizando la presión diplomática y económica como variables de complementariedad.

La presión sobre regímenes autoritarios, corruptos o abiertamente alineados con actores perturbadores, que ven restringido el acceso a recursos, créditos y apoyos diplomáticos, a la vez que enfrentan un entorno de mayor vigilancia, son los resultados del “Escudo Trump” que hay que insistir —no solo se dirige a los Estados—, sino que también reordena la forma en que los gobiernos latinoamericanos entienden su propia seguridad y sus relaciones frente a Washington.

En reacción, la izquierda crítica no ha dejado de formular objeciones a esa lógica de seguridad y sostiene que esto es una política de exclusión, criminalización y securitización irracional, que se orienta especialmente contra la movilidad de las clases populares y además, construye narrativas morales sobre la alteridad migrante[13].

Desde una lectura realista, es necesario reconocer que el ejercicio excesivo de la violencia política es, efectivamente, un riesgo: la normalización de la emergencia, la expansión de la vigilancia y la erosión de garantías pueden quedar legitimadas bajo el discurso de la protección. Sin embargo, no puede eludirse el hecho de que la región presenta una ausencia de controles efectivos que genera vulnerabilidades evidentes.

El crimen organizado, redes de tráfico de personas, lavado de activos y operaciones de influencia de actores disruptivos que prosperan en contextos de fronteras porosas y de debilidad institucional, impone entonces a Washington la tarea de demostrar cómo mecanismos de control geográfico, transparencia y responsabilidad política son la base del proyecto Trump, que no abandona como muchos alegan, el eje de reforzar lo democrático o la condición democrática en la región.

En ese sentido, no es la simple acumulación de poder, lo que sostiene Donald Trump —pese a que la centralización de su liderazgo permita proyectarlo cómo el César de ese imperio que se autopercibe heredero de Roma—[14], sino que su estrategia está profundamente ligada a la construcción de un orden estructural.

Finalmente, bajo esta lógica, la seguridad y la legalidad se instituyen como condiciones sistémicas necesarias para que las sociedades latinoamericanas puedan desarrollarse, mitigando la exposición constante a la inestabilidad institucional y a la dominación de factores ideológicos perturbadores.

El Realismo de Trump en tres vértices:

Eje Analítico Argumento Central Ejemplo
Condicionalidad
estratégica
EEUU ya no financia
el multilateralismo
vacío.
La cooperación con América Latina se basa en resultados mutuos.Seguridad – Fronteras.
Se da el reemplazo
de la ayuda ciega
por acuerdos
de inversión
condicionada.

 

Eje Analítico Argumento Central Ejemplo
Institucionalidad republicana La izquierda ofrece “justicia social”
que deviene
en tiranía informal. Trump prioriza
la estabilidad
institucional como paso previo a la libertad
y la democracia.
El colapso
económico
de los regímenes populistas
en la región
(Venezuela/Cuba) debido a la erosión del Estado
de derecho.
Contención
multipolar
efectiva
La multipolaridad
no es un paraíso
democrático;
es la entrada
de potencias
autocráticas
(China/Rusia)
en el hemisferio,
sin contar con
la irrupción de grupos paraestatales
(Hamás, Hezbolá)
entre otros.
El “Escudo
de las Américas” frente
al endeudamiento estratégico
de América Latina con la Franja
y la Ruta china.

Fuente: Elaboración Propia.

 

III. La maniobra y la estrategia: El corolario Trump

Las líneas hasta ahora esgrimidas dan a entender una realidad mucho más profunda en el tiempo que transcurre para la “Era Dorada de Estados Unidos”, y aunque haya quienes sostengan que el excepcionalismo estadounidense, el Destino Manifiesto y la lógica —tradicional— protestante, parezcan haber desaparecido, en la lucha interna entre demócratas y republicanos —como así los detractores de Trump han sentenciado—, un corolario[15] se ha levantado nuevamente para sostener el papel guía que con primacía demuestra dicho país.

El que se priorice en América Latina un ejercicio multilateral denominado “Escudo de las Américas” no puede leerse como un simple mecanismo de seguridad circunstancial, sino como una expresión institucional de un orden regional realista que responde a las demandas de estabilidad, soberanía y seguridad compartida en un hemisferio marcado por el desorden multipolar.

En su diseño, merece decirse que esa articulación no equivale a una relación de marioneta, sino a una reacción regional selectiva que Washington impulsa, entendiendo a toda esta zona como el “Espacio Vital”, sin que se entienda en términos geopolíticos asociados a la expansión de Alemania Nazi.

Además de que con la venia de contar en este momento con gobiernos de centro‑derecha o de tendencia conservadora, los países latinoamericanos encuentran en el Escudo de las Américas un espacio para coordinar intereses de seguridad, compartir capacidades y elevar el costo político y diplomático para los gobiernos autoritarios[16] o alineados con intereses antagónicos.

Los detractores podrán sostener suspicacias e incluso establecer que se trata de un “show” político, al que habría que tener cuidado con las ligerezas con que se trata. Si bien es cierto, la Doctrina Monroe no ofreció certezas en sus acciones, sí en advertir que cada vez que un presidente la invocó, el hemisferio terminó enfrentando consecuencias que no había previsto. En efecto, pensar en el escenario actual bajo esta premisa es quizás el camino más razonable para abordar la maniobra y la estrategia de Trump.

En este escenario, el peso de las operaciones comerciales,
—especialmente el alivio energético a Venezuela y la contención de potencias competidoras—, revaloriza estratégicamente la importancia de América Latina. Esta relevancia otorga a las representaciones políticas de la región un mecanismo para frenar el avance de proyectos autoritarios que, al alejarse de la legalidad democrática propician el quiebre institucional de las repúblicas[17].

Este impacto no es una capitulación soberana en favor de Estados Unidos o de Trump sino más bien sobre el comunismo y el socialismo autoritario en la región, abriendo caminos para truncar a gobiernos de corte autoritario que mantienen relaciones abiertas con los enemigos del Occidente cristiano, que se sostienen, en buena medida, en la ayuda financiera, diplomática y logística de aliados foráneos a la región.

Bajo la lupa de la izquierda, esto es la reinstalación de la hegemonía estadounidense, con una especie de OTAN regional[18] al servicio de la derecha, considerando que coarta la libertad y “redefine” la seguridad como cuestión secundaria, homologando la lógica de la violencia política y que, en el fondo, impone una visión reaccionaria del orden regional que hasta ahora había existido[19].

Ante esta lectura, el análisis no puede limitarse a repetir la retórica opuesta, sino a responder con argumentos teóricos y de orden institucional en lo práctico; cuestión que obligará al liderazgo político regional a decidir si coordina sus estrategias con Trump o asume los costos del desorden multipolar.

Conclusión

Planteadas estas líneas, merece destacarse que la trascendencia del corolario Trump es el giro definitivo de Washington para mirar a América Latina con una preeminencia absoluta, e incluso en una forma tan polifacética que rompe con cualquier argumento que sostenga que solo es petróleo y comercio lo que importa por encima de la democracia.

Tampoco esta estrategia se trata de un repliegue decimonónico, es en esencia una reformulación al calor realista, en primera instancia de diseño, en segunda, de la arquitectura hemisférica de cierre definitivo a ideologías y actores disruptivos para el Occidente cristiano.

También merece decirse que, en el dilema latinoamericano, tan repetido aquello del intervencionismo, el colapso de las repúblicas y del sistema democrático no es una responsabilidad absolutamente estadounidense, sino de la debilidad institucional que el populismo y el crimen organizado aprovechan como escudo; por lo que Trump insiste en consolidar instituciones fuertes y luego velar por la democracia.

Quizás, habría que generar campañas en defensa de la República si en algún momento se quiere ver una sólida democracia, a ello Trump sin decirlo está invitando.

Finalmente, en un ambiente marcado por las debilidades estructurales que se han sostenido hasta ahora, la civilización de la que es propia la región corre peligros, la multipolaridad es un camino que muestra profundos desequilibrios, abre pasos a la exacerbación de la anarquía y deja claro que el éxito de esta estrategia es un compromiso mancomunado.

Así las cosas, la Era Dorada de Estados Unidos ha traído este último dique de contención, que hasta ahora los remanentes del hemisferio occidental han elucubrado para defenderse, siendo una pena y una desgracia que Joe Biden, “pensando en democracia” perdiera el tiempo y no entendiera que hay mucho más en juego: Civilización, República, Instituciones y Libertad.

[1]      Bueno es reconocer que en los casi 30 años que tiene el siglo actual, la democracia como valor central se ha diluido, por sus propias imperfecciones, pero también por sus muy variadas acepciones, algo que en el pasado siglo era casi impensable, por la solidez del criterio que la definía.

[2]      Un ejemplo reciente de la crisis del idealismo liberal ha sido la incapacidad de la administración Biden para disuadir los focos de conflicto global, permitiendo la prolongación del conflicto en Ucrania bajo la figura de guerra por delegación (proxy war), la pérdida de tracción diplomática frente a la asertividad de China en el Estrecho de Taiwán y la desestabilización del Medio Oriente.

[3]      Cabe destacar que bajo una supuesta “tolerancia democrática”, actores como el crimen organizado trasnacional y las potencias euroasiáticas se consolidaran en la región. En ese sentido, La condicionalidad de Trump no es un capricho ideológico, sino un incentivo pragmático: EEUU ofrece seguridad y acceso al mercado a cambio de estabilidad geopolítica. Es un trato de beneficio mutuo, no una tutela ideológica.

[4]      En el caso de la OTAN vale decir que Trump no practica un realismo pasivo o de statu quo, sino un realismo ofensivo o nacionalista (al estilo de John Mearsheimer). Bajo esta óptica, la incertidumbre que Trump genera en sus aliados no es “locura”, sino una estrategia racional para corregir el “parasitismo” (free-riding) de los aliados europeos y obligarlos a asumir los costos de su propia seguridad, maximizando así el poder relativo de EEUU.

[5]      Cfr. Robert Putnam, Diplomacy and Domestic Politics: The Logic of Two-Level Games, 1988. El autor demuestra cómo los líderes estatales deben satisfacer simultáneamente las presiones internas (nivel nacional) y las exigencias internacionales (nivel sistémico). En el caso de Trump, la política exterior se subordina directamente a la consolidación de la soberanía y las demandas económicas de su base interna.

[6]      Es crucial distinguir conceptualmente el peso de la República frente a la Democracia. Mientras el enfoque liberal prioriza los procesos procedimentales de la democracia de masas, la visión conservadora y realista prioriza la estabilidad de las instituciones republicanas y el Estado de derecho como contenedores del caos.

[7]      El análisis académico no puede limitarse a repetir el dogma de la izquierda sobre la “securitización”. Autores de la tradición clásica recuerdan que la justicia carente de poder y de un orden soberano que la respalde se vuelve estéril, dejando a los sectores más vulnerables a merced de la anarquía o de la tiranía informal.

[8]      Iniciativa propuesta por la administración Trump que respaldaron Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay, Guayana y Trinidad y Tobago, en la cumbre celebrada en el Doral, estado de Florida el 07 de marzo de 2026.

[9]      Vale decir que, desde el realismo, la soberanía no es un concepto abstracto o un escudo para la impunidad institucional, sino una capacidad real de control territorial, es decir, si un Estado no puede controlar sus fronteras ni su crimen organizado, ya ha perdido su soberanía de facto ante los carteles; por ende, el “Escudo” no perfora la soberanía, sino que ayuda a los Estados a recuperarla frente a poderes criminales.

[10]    Vale la pena señalar que, desde un enfoque estrictamente legal, la cuestión de la autodeterminación solo aplica a únicamente a los pueblos coloniales que buscan emanciparse y ser soberanos, no confundir con libre determinación y secesión, son tres acepciones totalmente diferentes.

[11]    En inglés es conocido como Americas Counter Cartel Caolition.

[12]    En los casos de Venezuela y Cuba el asunto puede ser distinto, porque son abordados en su justa dimensión, que suponen planes de mayor rigor como lo planteado desde el 03 de enero de 2026, fases de estabilización, recuperación y transición democrática.

[13]    La crítica académica desde los enfoques poscoloniales y de izquierda argumenta que esta arquitectura de seguridad estigmatiza los flujos migratorios, criminalizando dinámicas de movilidad que responden a asimetrías estructurales y a la violencia local. Desde esta perspectiva, se acusa a la retórica de la “seguridad compartida” de encubrir la preservación de la zona de influencia exclusiva de los Estados Unidos. No obstante, el enfoque realista responde que omitir el control soberano de las fronteras no soluciona la desigualdad, sino que entrega el territorio al control informal de actores criminales no estatales.

[14]    Se hace la salvedad que mencionar a Trump en este caso como el César va más en términos de reconocerle como hombre fuerte que en el estricto sentido histórico dado que el cesarismo precisamente fue el gran culpable de la destrucción de la República Romana.

[15]    Algunos acusan que es un “rebranding” de la Doctrina Monroe, que ha sido actualizado para justificar la influencia regional, que si bien el primero funcionaba como una advertencia a Europa, el actual sostiene que controlará su destino —el de EEUU— en el hemisferio, sin detallar que —a criterio personal— se podría considerar como el Escudo Trump, que ha quedado demostrado  en la presión sobre Venezuela, y se muestra reforzado sobre Cuba y El Caribe, además de ser una seria demostración de que Washington vuelve a mirar a América Latina con una lógica de Dominación, Hegemonía y Primacía como sostendría Hedley Bull en The Anarchical Society.

[16]    La crítica desde los sectores de izquierda argumenta que esta visión se edifica en detrimento de los supuestos beneficios de un mundo multipolar o pluripolar. Sin embargo, dicha postura suele omitir que, en la praxis de las Relaciones Internacionales, la multipolaridad sin un equilibrio de poder claro deviene en caos, anarquía y zonas de fricción. Asimismo, ignora de forma deliberada que actores como la Federación de Rusia persiguen sus propios intereses de expansión bajo el proyecto de una Pax Russica, mientras que la República Popular China ejerce una penetración multidimensional mediante el poder blando (soft power) y el apalancamiento financiero de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

[17]    Se insiste en la necesidad de rescatar la preeminencia conceptual de la República como el fin supremo del ordenamiento político interno. Frente a la vulnerabilidad de los procedimentalismos democráticos de masas, que suelen ser permeables al avance del populismo autoritario, la solidez de las instituciones republicanas y el imperio de la ley constituyen la verdadera zapata sobre la cual puede erigirse una sociedad estable.

[18]    OTAN regional, es un término usado comúnmente siendo un anacronismo conceptual, ya que el Escudo de las Américas no busca crear una burocracia multilateral costosa, sino un entramado de alianzas bilaterales rígidas basadas en la corresponsabilidad y resultados en seguridad.

[19]    Un dato curioso es que las voces escépticas sostienen que el Corolario ha reinterpretado al siglo XIX con romanticismo, presentando a EEUU  como una potencia ya emergente en 1823, cuando sus más acérrimos opositores sostienen que era una república “débil”, pero que tenia muy claro y es lo que importa, el valor real del dominio marítimo, vías y accesos de navegación comercial -como hoy día es el Canal de Panamá- control terrestre y aéreo que en resumidas cuentas, es una mezcla de nostalgia estratégica y de inteligencia geopolítica.