Una visión general de Occidente – Francisco Del Campo

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¿Qué necesita una nación para salir adelante? Puntualmente, ¿qué necesitan las naciones occidentales hoy en día? Más precisamente, ¿qué necesitan nuestras naciones hispanoamericanas?

Nos encontramos al inicio de este milenio ante un Occidente diezmado: dividido entre guerras, pero principalmente vapuleado y desorientado en su identidad[1]. Cuando nos acercamos a las problemáticas de nuestros países americanos, vemos, además, que padecemos no solamente los dolores propios de una cultura denostada, sino también los dolores de una pobreza estructural que impacta en millones de personas[2]. Son muchos los desafíos, en este contexto, que requieren abordarse en un país americano para que pueda resurgir, salir adelante. Pero quiero detenerme en un aspecto que es transversal a todo Occidente, y que, considero, es la causa raíz de todos los otros males: su vida espiritual.

Es que nuestros países se encuentran en este momento haciendo un viraje cultural y político. Venimos de décadas donde políticamente han predominado no solamente gobiernos de izquierda, sino, además, una cosmovisión donde ha primado una visión con tendencia colectivista, donde el Estado ha tenido un papel central en la vida política y cultural de los países. Los fracasos económicos, sociales y morales que ha tenido la izquierda en América se trasladaron a la política. Los resultados políticos de los últimos tres años (en Argentina, Bolivia, Chile, los fallidos casos de Ecuador, los eventuales resultados de Colombia, etc.) han dado cuenta de este viraje hacia la derecha o centroderecha en lo político. Y qué decir de lo cultural: las redes sociales han dado voz a pensadores que no tenían espacio en los medios tradicionales de comunicación. Esto ha llevado a que puedan amplificarse cosmovisiones que neutralizaron —e incluso contrarrestaron— la presencia de mensajes en el debate público que las pautas estatales conseguían instalar con facilidad a través de los medios de comunicación tradicionales.

Ahora bien, una cosa es constatar este viraje cultural y político, cosa bastante evidente hoy, y otra cosa es pensar en cómo es ese viraje: ¿se da de la mejor manera? ¿Se da de una manera sostenible? ¿Se da de una manera que pueda reconstruir países diezmados, tanto en lo moral como en lo social, económico, institucional, etc?

Aquí es donde creo que la respuesta y la salida de nuestros países no puede ser únicamente política, ni cultural o social. Necesita ser espiritual. Y voy a realizar este acercamiento desde aspectos que veo personalmente, y también acompañado del pensamiento de un personaje muy querido por mí: me refiero a Emmanuel Mounier, padre del personalismo comunitario, y quien fue un gran difusor de las ideas personalistas en el siglo XX, sobre todo por su incansable labor y particularmente por su testimonio.

Quiero hacer, entonces, algunas reflexiones sobre los aportes de la espiritualidad en el debate actual, algo tan extraño como necesario, presentando algunos aspectos de Mounier que creo que son proféticos para nuestros tiempos, y por qué es un autor que tiene una gran vigencia para los problemas de nuestras naciones.

Mounier y su tiempo

Propongo que nos acerquemos al pensamiento y figura de Mounier. La mayoría de las biografías de Mounier resaltan su testimonio de vida antes su pensamiento. Es que Mounier no se preocupó por generar un sistema cerrado de pensamiento. Murió joven (1905-1950), y no llegó a lograr una síntesis conceptual. Pero su testimonio resultó —y resulta hoy en día— inspirador para muchos. Nació en un pequeño pueblo de Francia, Grenoble. Vivió las dos grandes guerras, la revolución comunista, la crisis del 29. Vivió también el contexto de una Francia laicizada, en medio del surgimiento de los totalitarismos de izquierda y de derecha, en un ambiente donde reinaba una cultura materialista e individualista. En ese complejo contexto, fundó la revista «Esprit» en 1932, un foco de reflexión y difusión de las ideas personalistas, mostrando un gran compromiso en reflexionar ante los distintos sucesos contemporáneos, entrando en diálogo con intelectuales de cosmovisiones muy distintas: católicos, marxistas, judíos, anarquistas, etc. Buscaba reflexionar y difundir el personalismo comunitario, el cual expresa una visión del hombre, único e irrepetible, pero que no se realiza de manera individual, sino con otros.

Mounier buscaba formar una comunidad de pensadores que pongan en el centro a la persona humana por sobre las lógicas colectivistas que resaltaban el papel del Estado y por sobre el individualismo acentuado por las lógicas del mercado. Para Mounier, ni el Estado, ni el mercado, sino la persona humana debe estar en el centro de la reflexión y la acción de una sociedad. Poner en el centro a la persona humana, no sola, de manera aislada o individualista, sino con otros. Con otros, no de manera colectivista como los totalitarismos de izquierda y de derecha.

Aquí es donde el lector puede vislumbrar por qué un autor como Mounier puede aportar algo de luz en el debate actual. Hoy nos encontramos en un debate entre el rol que debe tener el Estado y los límites que debe tener la libertad individual. Los debates en medios y en redes se polarizan entre la presencia que debe tener el estado y la libertad que requiere el mercado. Nos debatimos, depende de donde nos paremos, entre un “estado presente” y un “mercado salvaje”, o entre un “mercado que pide libertad” ante un “estado gigante y opresivo”.

Mounier, ante el endiosamiento del Estado que proponían los colectivismos de izquierda y de derecha, en sus distintas versiones, y el endiosamiento del Mercado por parte de quienes promulgaban un liberalismo de corte más individualista, propone algo que sigue siendo profundamente actual: poner a la persona humana en el centro, pero no de manera aislada, sino en comunión con otros. Esto es, la sociedad no permite el florecimiento de las personas y la sociedad allí donde los colectivismos anulan la persona en pos de una estructura que lo abarca todo, y donde el sujeto concreto desaparece y se inmola por una idea general y abstracta. La dignidad de la persona, única a irrepetible, no puede ser excusa u ocasión para un “bien mayor”. Es un fin en sí misma. Por otra parte, esta unicidad de la persona no debe llevarnos a concebirla de una manera individualista. La persona no se realiza sola, sino en comunión con otros. Ser únicos no significa ser individualistas.

Ahora bien, este “poner en el centro a la persona” no consiste en un debate ideológico ni político. Es más bien una revolución espiritual. No consiste tanto en un programa político, cultural o económico (aunque pueda cristalizarse en estos ámbitos). El problema de Occidente, para Mounier, es más bien espiritual. Y es desde allí de donde debe venir el cambio. Por eso, si queremos sanar de raíz la sociedad, necesitamos cambiar las estructuras, pero no tanto por “este” o “tal otro” sistema, sino, ante todo, por un cambio espiritual de las personas. Vale aclarar que este foco espiritual, esta revolución espiritual que plantea Mounier, no es una cuestión de unos hippies bienintencionados. Como dijimos, su misma vida y testimonio dan cuenta que no es una salida fácil ni simplona: Mounier, durante el régimen de Vichy estuvo preso 10 meses por ser considerado uno de los líderes espirituales de la resistencia. Citando a Mounier:

No hay ninguna proporción entre la totalidad de nuestra obra y sus coordenadas propiamente políticas. Lo político puede ser urgente, pero está subordinado. El punto al que se dirigen nuestras más amplias miras no es la felicidad, el confort, la prosperidad de la ciudad, sino la realización espiritual del hombre. Si perseguimos el bien político no es por la ilusión que nos va a asegurar una vida sin riesgos, sin sufrimientos y sin sed. Nuestra acción política es pues el órgano de nuestra acción espiritual, y no a la inversa[3].

Y en otro pasaje, más explícito respecto a la conversión del corazón: Se quiere que la revolución sea el deslumbramiento rojo y en llamas. No, la revolución es un tumulto mucho más profundo. Metavóiete: cambiad el corazón de vuestro corazón y, en el mundo, todo lo que él ha contaminado[4].

La revolución más profunda no es la que ocurre con bombas y destronamientos, sino la que ocurre en el corazón de la persona. Es algo verdaderamente revolucionario, que, al mismo tiempo, devuelve la confianza al tejido social, por una mirada renovada de uno mismo y del otro. ¿No es, acaso, la confianza, lo que mueve los mercados? ¿No es la confianza la que construye alianzas políticas? El cambio espiritual, entonces, da respuestas profundas a las necesidades planteadas a quienes defienden a ultranza el Estado o el Mercado.

Aportes para nuestro presente

Volviendo nuestra mirada al presente, también hoy escuchamos sonidos de guerra. También nos encontramos con totalitarismos, algunos políticos, pero también encontramos totalitarismos culturales, principalmente de izquierda, con pretensiones transnacionales. La agenda cultural de la izquierda, a través de organismos transnacionales ha ganado terreno las últimas décadas, tanto en lo cultural como en lo político y jurídico a través de diversos tratados internacionales.

Como ya señalamos, estos últimos años se ha contrarrestado esta tendencia con una incipiente derecha cultural, la cual viene llevando adelante lo que muchos referentes denominan una “batalla cultural”. Esta batalla cultural va ganando terreno principalmente desde su vertiente liberal, y va permeando cada vez más en la sociedad, develando incongruencias y fracasos que la izquierda ha tenido las últimas décadas. Voces que, como se ha señalado, están por fuera de los medios de comunicación tradicionales, pero que gracias al tono anárquico de las redes sociales pudieron ganar presencia en el debate social, ya sea abriendo los ojos de muchos, ya sea poniendo voz a lo que muchos ya pensaban. Personalmente me encuentro entre ellos, y miro con agrado este contrapeso cultural; ante todo —y más allá de las creencias personales— por las pretensiones totalitarias que la izquierda viene mostrando a nivel global con sus distintas agendas.

Sin embargo, deseo señalar que, aun siendo valiosa esta batalla cultural, considero que no es suficiente. Es necesario dar ese paso extra que nos propone Mounier: la revolución espiritual. Es más, la batalla cultural, si no tiene un arraigo espiritual, va a ser una oportunidad perdida.

¿A qué me refiero con esto?

Si a la cultura e ideología de izquierda la batallamos con una contracultura de derecha, le estamos generando un contrapeso que se encuentra en el mismo nivel. Damos contra-argumentos de derecha a los argumentos de izquierda. Es batallar en el nivel de las ideas, aspecto valioso —insisto—, pero no suficiente. Es enfrentar a una ideología con una contra-ideología. Ahora bien, contrarrestar una izquierda cultural con una derecha cultural es entrar en el juego dialéctico del marxismo, el cual sostiene un progreso y evolución a través de la lucha de clases, que no es otra cosa que la dialéctica hegeliana de corte materialista. Entrar en esa lucha, en esa batalla, es entrar en el juego marxista. Y entrar en el juego dialéctico, creo, es darle la razón —al menos en parte—al marxismo. Es entrar en un juego con reglas ajenas, lo cual nos lleva a perder de entrada, antes de comenzar el juego o la batalla.

La mejor manera de enfrentar al marxismo no es entrar en su juego, sino trascender sus bases materialistas. Es cambiar radicalmente la lógica, no entrando en una lucha dialéctica que se mueva en el mismo nivel, sino cambiar radicalmente las reglas del juego. Eso implica movernos con otros encuadres que no se limiten al plano meramente material.

Al materialismo no se lo vence con otro materialismo, sino —como decía Mounier— con una primacía de lo espiritual y una técnica de los medios espirituales[5].

Pero acá aparece una pregunta clave: ¿qué espiritualidad? Los límites que veo de esta batalla cultural consisten en que es una batalla que la lleva principalmente la derecha de corte liberal. Y la sociedad no va a encontrar en ese liberalismo los medios suficientes para contrarrestar al materialismo marxista con una revolución espiritual. Hace poco escuché a algunos de estos pensadores de derecha decir que el liberalismo, por sí mismo, no alcanza; que necesitamos redescubrir nuestras raíces cristianas para poder defender la vida, la libertad y la propiedad. Bienvenida sea esa mirada. Que “la empiecen a ver” también los liberales.

Aquí se abre el segundo punto que denunciaba Mounier en su época: el individualismo. Esta característica es, junto con el materialismo, el otro de los dos grandes males de la sociedad contemporánea. Este enfoque de Mounier también nos muestra algo de cómo debe ser esa revolución espiritual: no puede ser algo individualista o solipsista; no es una espiritualidad new age que endiosa al individuo, sino una verdadera espiritualidad cristiana que, cuando se vive bien, trasciende el individuo y se abre a los otros. Es una espiritualidad que se convierte en caridad activa[6]. El personalismo comunitario de Mounier no concibe la realización de la persona de manera aislada; y por eso, la espiritualidad del hombre no se realiza porque la persona se convierta en un poco más reflexiva, que medite un poco y ya. Cuando decimos que la persona es un ser que se realiza con otros, decimos que se plenifica al darse.

Esta mirada saca al hombre de su encierro individualista. Y abre a responder interrogantes que todo hombre se hace, y que la cosmovisión liberal no termina de responder. Porque el hombre no es meramente un ser que necesite “algunas garantías” y medios para el consumo de bienes y servicios. Sin duda estas cosas son necesarias, pero no son suficientes. Y esta insuficiencia, si no se escucha, puede truncar el viraje de la batalla cultural planteada.

No mueve a los hombres únicamente el bienestar al cual pareciera acceder con una sociedad de libre mercado. No alcanzan esos bienes materiales, así como no alcanza al hombre si esos bienes materiales se consiguen por imposición y redistribución. Ante el marxismo, el hombre necesita libertad y espiritualidad. Ante el liberalismo, el hombre necesita justicia y trascendencia.

¿Mueve a la sociedad el bienestar material? ¿Mueve a la lucha una condición económica, como el ganar determinados puertos, comercios o derechos?[7] Solo el alma lucha, busca… solo el alma es la que será saciada. Las respuestas no van a encontrarse en el baile de los opuestos. No se sacia el alma por una justicia materialista e ideologizada, ni por una mera libertad de impuestos ante una compraventa. Debemos cuidarnos de lo colectivismos que alienan nuestras sociedades, pero también de los individualismos autosuficientes y hastiados que no sacian el corazón humano.

Conclusión

Más de una vez escuché, de quienes llevan adelante esta batalla cultural, que históricamente la izquierda estaba asociada a las clases bajas y que hoy está más vinculada a las clases altas. Y es cierto. Pero este dato “cuasi fáctico” —cuasi porque no tengo estadística, pero sí lo percibo—, ¿a qué se debe? Eso muchas veces no se explica. Aquellos que se han beneficiado del acceso a bienes y servicios encuentran en el liberalismo un individualismo que les provee bienes materiales, pero no los fortalece espiritualmente. Y el corazón humano anhela más: no le alcanza con la oferta liberal. Cuando no encuentra las suficientes respuestas, encuentran a mano algo más “espiritual” y “trascendente”: un criterio de justicia. Ideologizado y erróneo —como el que propone la izquierda—, pero búsqueda de justicia al fin. Y por eso muchos se han volcado a una izquierda cultural. No podemos atribuir el éxito de Gramsci únicamente a su estrategia. Esta estrategia nunca hubiera tenido éxito en una sociedad fortalecida espiritualmente[8].

Creo que, en medio de estos desafíos, la figura de Mounier sigue siendo luminosa para un Occidente que salga de su agonía cultural, y sobre todo, espiritual. La batalla cultural, además del debate y la apologética, debe nutrirse de una espiritualidad. En palabras de Mounier:

Es la calidad de nuestro silencio interior el que hará resplandecer nuestra actividad exterior, la acción debe nacer de la sobreabundancia del silencio[9].

[1]      Vemos también una Europa menos laica, pero no más cristiana, sino más bien islamizada. Esto genera reacciones culturales que, sin embargo, no terminan de constituir —al menos por ahora— un verdadero renacimiento espiritual de la fe católica.

[2]      ¿Cómo puede ser que en países de mayoría católica tengamos tanta injusticia? ¿Qué es eso, sino incoherencia personal de sus dirigentes y ciudadanos? Esto ocurre cuando se vive la fe como un adherezo dominical, y no como fermento del corazón que transforme toda la vida del hombre.

[3]      Emmanuel Mounier, “Revolución personalista y comunitaria”, en El Personalismo. Antología esencial, Sígueme, Salamanca, 2014; p. 35.

[4]      Emmanuel Mounier, “Revolución personalista y comunitaria”, en El Personalismo. Antología esencial, Sígueme, Salamanca, 2014; p. 42.

[5]      Jean-Marie Domenach, Mounier según Mounier, Laia, Barcelona, 1973;
p. 109: Esprit está a la busca de una “técnica de los medios espirituales”, que rompa con las pequeñas tretas de los tácticos de la política: no violencia, tanto como sea posible, servicio permanente a la verdad, desmixtificación y educación dondequiera que sea posible formar hombres: prensa, escuela, familia, sindicato, iglesia, etc.; poner en todos los órganos vitales, hoy esclerotizados, de la civilización decadente, los gérmenes y los fermentos de una civilización nueva. Esta acción de infiltración, de pedagogía y de testimonio tiene una condición previa: la ruptura real de cada uno con el desorden establecido, y una conversión continuada de toda la persona solidaria —palabras, gestos, principios— en la unidad de un mismo compromiso. Para hacer la Revolución hay que empezar por revolucionar a los revolucionarios.

[6]      Mounier buscaba ese (…) rigor espiritual frente a los dos errores tan corrientes de los católicos ante el mundo político: por una parte, el peligro de huir de la realidad concreta y, creyendo ‘elevarse’ al plano espiritual, satisfacerse en una especie de dogmatismo solemne y dogmatizante; por otra parte, el de identificar los valores eternos cristianos con las soluciones históricas. Carlos Díaz, Emmanuel Mounier. Un testimonio luminoso; p. 29.

[7]      Refiere Chesterton, con su clásica ironía, algo similar sobre el materialismo económico como motor de la historia: Para el dinero no se habrían encontrado ni tres docenas de cristianos capaces de dejarse comer por los leones, a razón de cincuenta chelines por hora, por la razón manifiesta de que el mártir no se compra. Sin embargo, el político que se dice realista no teme, adherido obstinadamente a su teoría, abrir las más extrañas perspectivas. A creerle, es normal y natural que un soldado diga: ‘Mi pierna está casi rota; pero no importa. Marcharé hasta que no pueda más, porque después de esto mi gobierno y yo obtendremos las ventajas de un puerto de invierno en el Golfo de Finlandia’. El primer pensamiento de un padre de familia, que está en primera línea, será el siguiente: ‘Si sufro un ataque de gases, es muy fácil que muera en él; pero es un consuelo pensar que si alguna vez quisiera ser pescador de perlas en los mares del Sur, me sería fácil hacerlo de aquí en adelante’.

La teoría materialista de la historia es la más increíble de todas las historias, aun de todas las novelas. Las guerras comienzan como pueden; pero no duran sino por designios del alma, por un sentimiento próximo a la religión. Enfrente de la muerte, el hombre se encara con lo absoluto, y no con intereses complicados y lejanos que la muerte va a resolver. G. K. Chesterton, El hombre eterno, Club de Escritores, Buenos Aires, 1987; p. 166.

[8]      Esos valores trascendentes no los ha sabido transmitir del todo una Iglesia que, muchas veces, también ha estado ideologizada. En fin, hay muchas aristas en juego y esto da para mucho más. Pero no me ocuparé de eso aquí.

[9]      Emmanuel Mounier, “Revolución personalista y comunitaria”, en El Personalismo. Antología esencial, Sígueme, Salamanca, 2014; p. 46. El hombre necesita de una espiritualidad que no lo aísle de las causas temporales en las que está sumergido, sino que le dé la libertad para comprometerse por entero en esa acción, sin que su persona y su vida queden reducidos a una acción o causa temporal.