Un tsunami improvisado – Irene Carrasquero
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Como cualquier catástrofe natural que se precie de serlo, el doble terremoto del 24 de junio sacudió a Venezuela de forma inesperada y violenta. No hubo chance para titubeos ni mucha conciencia para reaccionar.
El polvo de los edificios caídos no encontraba aún su camino mientras los venezolanos, paralizados y aterrados, tratábamos de asimilar. Y en cuestión de minutos, en una colectividad equipada con teléfonos celulares de escasa señal, empezó a rodar el cuento callejero de la posibilidad lógica de un tsunami.
Pero este segundo cataclismo, muy posible en la mente de una población prácticamente acostumbrada al desastre y sin cultura sísmica alguna, nunca llegó. Por fortuna y por razones que solo la naturaleza es capaz de decretar.
El rumor fue rápidamente arropado por la realidad horrible de una gigantesca destrucción centrada en La Guaira. La certeza atropelló a la incertidumbre y, a partir de allí, Venezuela comenzó a transitar su nueva historia. Una todavía más exigente, cuando pensábamos que eso no era posible.
Pero aunque el mar Caribe no nos castigó, un oleaje de mil facetas espera vigilante a la orilla de nuestra extensa costa.
Un tsunami de muchas caras. Todas duras. Todas dramáticamente desafiantes.
Familias fracturadas: un tsunami social
Sin duda, el fenómeno más devastador al que podemos exponernos como nación.
Familias desplazadas e incompletas, sin hogar ni expectativas. Sin rumbo. Sin respuestas. Sin explicaciones. Niños en la orfandad o separados de sus familiares, carentes de un panorama que dé idea alguna de su futuro. Madres en el abandono de la soledad. Padres en la exigente misión de rescatar lo que acaso queda de una vida que en segundos dejó de ser.
Es pronto para saber la magnitud verdadera de esta tragedia social. Pero ya el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, por sus siglas en inglés) ubica en 1,8 millones las personas que requieren asistencia humanitaria a raíz de los terremotos. De allí, 680 mil son niños, a cuyas precarias condiciones sanitarias y de vivienda se suma la presumible desaparición de sus escuelas. Porque aún sin cifras oficiales definitivas, es esperable una afección importante de la red educativa en los estados más golpeados, dejándola sin dirección. Nunca más literal.
Se trata de una desolación sin precedentes en nuestra historia más reciente. Una conmoción física y mental generalizada que ha dejado socialmente abatido a todo un país.
Estrés post traumático: un tsunami psicológico
Nadie en Venezuela salió ileso de las mortales sacudidas del 24 de junio. Incluso quienes no sufrimos pérdidas familiares o materiales vivimos a diario en nuestra mente la tragedia de tantos hogares destruidos y experimentamos las consecuencias anímicas de un país gravemente herido.
Los efectos psicológicos a futuro de esta inédita situación son todavía difíciles de prever. Pero es evidente que el trauma posterior a los sismos y sus incontables réplicas, a las infinitas pérdidas en todos los sentidos y a la gran incertidumbre prolongada que vive la población están teniendo consecuencias inmediatas que, a mediano y largo plazo, pueden llevarnos a una peligrosa crisis de salud mental.
Estrés, insomnio, miedo recurrente y ansiedad severa son algunas de las más obvias señales individuales de un drama para el que nadie suele estar preparado. Y sus paralizantes efectos dan al traste con cualquier posibilidad de iniciar un rumbo hacia la recuperación. Sea personal o nacional.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido que “no hay salud sin salud mental”. Y como parte indivisible de un bienestar deseado, la mente y su cuidado deben establecerse como una prioridad impostergable si, como país, queremos dar un paso al frente.
Ingresos sepultados: un tsunami económico
Con la antesala de una situación económica volátil e indefinida, un doble terremoto de las magnitudes vividas barrió en menos de un minuto las tenues posibilidades de miles de familias ya golpeadas por múltiples carencias y los desmanes de la eterna incertidumbre política nacional.
El turismo interno que hasta ahora soportaba la supervivencia diaria de innumerables habitantes de La Guaira, enterrado hace 27 años en el lodo de los deslaves, se desploma ahora junto a los edificios destruidos, cerrándole una vez más la puerta del sustento a un número incalculable de guaireños.
Empresas arrasadas y emprendimientos sepultados. Desempleo y falta de ingresos para básicamente subsistir.
En otros estados estructuralmente menos afectados, los sismos vinieron igualmente a agravar el ya tambaleante sistema económico vigente, alejando eventuales y necesarias inversiones y retrasando aún más las deseadas soluciones a una crisis de larga data.
Y, como país, vamos contabilizando además las exigencias financieras que implica comenzar a recuperarnos, estimadas preliminarmente por la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR, por sus siglas en inglés) en 37 mil millones de dólares.
Un desafío descomunal para un Estado poco acostumbrado a la planificación, más entregado al malgasto y a la corrupción y con una cultura de la emergencia bastante cuestionable.
Ambientes vulnerables: un tsunami sanitario
La destrucción simultánea e instantánea de cientos de edificios dejaron en la calle a miles de ciudadanos que apenas se van contabilizando, dando paso a albergues improvisados e insuficientes, muchos soportados por organismos internacionales y la voluntad inquebrantable de una comunidad civil que se organizó para hacerle frente a un desastre que nos superó con creces.
Con la rápida proliferación de grupos extensos de damnificados, principalmente en La Guaira, llegó el hacinamiento y, con él, el mayor potenciador de una crisis sanitaria: la falta de agua corriente y potable.
Más de 20 mil personas alojadas en refugios con muy poco acceso a la salubridad se traduce en un riesgo exponencial de enfermedades típicas de estos entornos vulnerables: gastroenteritis, hepatitis, gripe, neumonía, bronquitis, COVID-19, dengue y chikungunya. Los clásicamente más afectados: niños y ancianos.
Y con un sistema hospitalario siempre tendiente al colapso y a la ineficiencia, poco exitoso en cubrir las necesidades de la creciente población de bajos recursos en Venezuela, esta amenaza se vuelve una calamidad que atenta de forma directa con cualquier posibilidad de salirle al paso a la emergencia.
No obstante la evidente ayuda de organizaciones mundiales y países mejor preparados para enfrentar el caos, la contingencia de salud parece apenas iniciar y las medidas para combatirla si acaso comienzan a estar claras.
Desechos incontrolados: un tsunami ambiental
Dada la improvisación clásica de un Estado acostumbrado a resolver las crisis de cualquier manera, los desechos provenientes del fatal colapso de tantas edificaciones habitadas (algunas incluso desbordadas) comienzan a ser una preocupación para los ambientalistas más entendidos, además de un obstáculo importante para intentar salir del caos.
Después de la incansable labor de rescatar a los sobrevivientes, seguida de la trágica empresa de recuperar los cuerpos de los fallecidos ―liderada en muchos casos y sin más remedio por los propios vecinos de cada cuadra― viene la gran pregunta de qué hacer con los restos materiales.
No se trata, como podría pensarse, de una mezcla maciza de concreto armado, acero, cabillas y bloques de construcción. Cada edificio derrumbado es un complejísimo amasijo deforme que aglutina también vidrio, electrodomésticos, residuos químicos, baterías, plástico, metales pesados, componentes eléctricos, minerales, textiles y alimentos descompuestos, entre otros desechos insospechados. La vida de miles de familias compactada en más de dos millones de toneladas de residuos, según calculan los expertos, que no hay dónde ubicar.
La atención se centra en la peligrosa cercanía de estos escombros a la costa de La Guaira y la mal entendida conveniencia y comodidad de depositarlos directa y rápidamente en el mar.
Otra batalla por librar, cuyo desenlace puede marcar una diferencia determinante en el porvenir del ecosistema marino en las costas venezolanas, esa intrínseca valía que nos ha distinguido como país caribeño.
Democracia y acción
Los venezolanos estamos clásicamente inmersos en la contradicción.
Vivimos preparados para seguir adelante en el ambiente infinito de la incertidumbre. Lo incomprensible forma parte de nuestra rutina y dejamos de hacer preguntas para protegernos de nuestras propias respuestas.
Gracias a esa curiosa particularidad de confrontar con ánimo lo inexplicable, instantes después del terremoto comenzó a escucharse con fuerza el griterío resuelto de familiares, vecinos, amigos y desconocidos que con sus manos desnudas removían escombros en busca de vidas, aplacando con miedo pero con entusiasmo las llamadas de auxilio debajo de aquella devastación.
La gente del día a día, con la autenticidad propia de quien se moviliza a pie, eligió actuar de inmediato. Sin guía ni lineamientos. Sin mandatos de poder. Sin un Estado. Con la posterior tutela de valientes rescatistas venezolanos y del mundo entero.
Y es que el mayor valor de una democracia en su sentido más puro y simple es la posibilidad cierta de que los ciudadanos decidan pero también actúen. Y en medio de esta adversidad, más que nunca en nuestra historia reciente, esta premisa se ejerció a plenitud. Porque aun cuando los venezolanos evocamos la democracia como una vieja y ajena fórmula que desentona en nuestro mapa nacional, la vivimos a diario como quien ocupa un sueño prestado con la ilusión de hacerlo suyo.
Pero en adelante el reto es otro. No hay ciudadanía capaz de enfrentar sola las gigantescas olas por venir. Porque una cosa es darle una mano al que se hunde y otra nadar con él en hombros para siempre.
El futuro se vislumbra abrumador. Son muchos los tsunamis que nos amenazan después de un doble terremoto tan letal. Y es muy peligroso no apertrecharse para su llegada.
Venezuela necesita salir a flote. El país se ahoga en medio de una violenta marejada que a duras penas le da un respiro para bracear.
Y demasiado lejano se vislumbra el inservible salvavidas. Uno viejo y desinflado que no da para más.
