Por qué legitimar los remanentes autocráticos de Venezuela sería un error estratégico – Juan Miguel Matheus
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Venezuela ya ha entrado en una nueva fase política. Nicolás Maduro se ha ido y no regresará. Sin embargo, el fin de su gobierno personal no ha desmantelado el sistema que construyó. El poder se ha desplazado hacia un nuevo rostro, pero uno forjado por —y leal a— el antiguo régimen. La emergencia de Delcy Rodríguez como autoridad de facto del país representa continuidad, no ruptura: una reconfiguración del control autocrático bajo circunstancias alteradas, más que una transición democrática.
Tratar este momento como una ruptura limpia sería un error de diagnóstico grave con consecuencias estratégicas. Las instituciones que hoy gobiernan Venezuela no son restos administrativos neutrales a la espera de reforma; son remanentes autocráticos —estructuras diseñadas para preservar el poder. Rodríguez no es una tecnócrata transicional al margen de esta historia. Es una veterana del núcleo interno del régimen, ascendida a través de las mismas redes políticas, judiciales y militares que sostuvieron el autoritarismo durante años.
El riesgo para la política estadounidense no es el contacto ni el diálogo. El riesgo es la legitimación. Cuando Washington sugiere —explícita o implícitamente— que Rodríguez puede servir como fuente de estabilidad y gobernabilidad, se expone a conferir validación externa a un poder de facto. La estabilidad alcanzada mediante el aval de la continuidad puede parecer pragmática en el corto plazo, pero afianza precisamente las patologías políticas que volvieron ingobernable a Venezuela en primer lugar. Existe una tentación conocida en momentos como este: confundir el agotamiento con realismo, y la acomodación con estrategia.
No se trata únicamente de retórica u óptica. En contextos post autoritarios, la legitimidad es un recurso político escaso y disputado. Cuando actores externos intentan sustituir el reconocimiento internacional por el consentimiento interno, el resultado suele ser el debilitamiento de las alternativas democráticas y una reorientación de las élites hacia padrinos extranjeros en lugar de hacia sus propias sociedades. En Venezuela —donde la confianza institucional ya está profundamente erosionada— esta dinámica sería particularmente corrosiva.
La salida de Maduro no desmanteló el andamiaje autocrático. El aparato ejecutivo, el poder judicial, las fuerzas de seguridad y amplios segmentos de la burocracia continúan operando bajo la lógica del régimen anterior. No son herramientas neutrales que puedan simplemente reutilizarse para la gobernanza democrática. Son instituciones moldeadas por años de represión, clientelismo y arbitrariedad. Tratarlas como meros restos administrativos subestima su verdadera función como vectores de continuidad autoritaria y oscurece la magnitud del desafío político que hoy enfrenta Venezuela.
Delcy Rodríguez encarna esa continuidad. Su trayectoria política no es ni accidental ni periférica. Ha sido una figura central en la arquitectura de poder chavista, ocupando posiciones clave en la vicepresidencia y en otras áreas estratégicas del Estado. Su ascenso al liderazgo de facto tras la salida de Maduro no es una anomalía temporal, sino una solución interna diseñada por el propio régimen para preservar el control bajo condiciones extraordinarias. Reconocerla como autoridad legítima equivale a validar esa solución y a normalizar la sucesión autocrática como sustituto de la transición democrática.
Aquí emerge el problema estratégico más serio: la tentación de que Estados Unidos —particularmente bajo la administración Trump— se convierta en la fuente externa de legitimidad para un poder de facto. Cuando Washington actúa como si su reconocimiento pudiera compensar la ausencia de un mandato democrático, no solo altera el equilibrio interno de Venezuela, sino que asume una responsabilidad política que no puede controlar. La legitimidad prestada desde el exterior rara vez se traduce en gobernabilidad sostenible; más a menudo produce dependencia, resentimiento y reacción adversa.
Desde una perspectiva instrumental estrecha, el cálculo puede parecer racional. Rodríguez ofrece continuidad administrativa, acceso a los resortes del Estado y un interlocutor claro en asuntos como seguridad, energía y migración. Pero esta lógica confunde capacidad gerencial con autoridad política. Esa confusión es costosa. Un gobierno puede funcionar sin legitimidad durante un tiempo; no puede estabilizarse sin ella. Al apostar por una figura asociada al viejo régimen, Estados Unidos corre el riesgo de hipotecar el futuro democrático de Venezuela a cambio de una estabilidad frágil e ilusoria.
Las consecuencias regionales de este enfoque no son menos significativas. América Latina observa atentamente cualquier signo de tutela externa o legitimación selectiva del poder. Respaldar a una sucesora proveniente del régimen chavista bajo la bandera de la estabilidad refuerza narrativas arraigadas de intervención y dobles raseros, debilitando la cooperación regional precisamente donde más se necesita —en migración, crimen transnacional y recuperación económica. También ofrece a otros gobiernos autoritarios un precedente útil: la continuidad puede ser tolerada si entrega orden y acceso.
La validación externa de Rodríguez también socava a los actores democráticos internos. Quienes han sostenido la lucha por elecciones libres, rendición de cuentas y Estado de derecho —a menudo con enormes costos personales y políticos— ven erosionado su capital político cuando el reconocimiento internacional se desplaza hacia una figura de continuidad autoritaria. El mensaje implícito es devastador: la disciplina del régimen y su utilidad para actores externos pesan más que la legitimidad democrática y el respaldo ciudadano.
La historia de las transiciones políticas ofrece lecciones claras. Cuando potencias externas apuestan por figuras “manejables” surgidas del viejo orden, con frecuencia prolongan la influencia autoritaria en lugar de reducirla. El resultado es una transición congelada: ni dictadura plena ni democracia funcional, sino un híbrido dependiente del respaldo externo, vulnerable a crisis recurrentes y carente de incentivos para reformas profundas.
Evitar este desenlace no requiere aislamiento ni pasividad. Requiere una distinción clara entre cooperación y aval político. Estados Unidos puede —y debe— interactuar con autoridades de facto para evitar un colapso humanitario, mantener la seguridad básica y facilitar canales técnicos indispensables. Pero la interacción no debe confundirse con reconocimiento o legitimación. En un contexto donde la autoridad está profundamente disputada, cada señal diplomática y cada narrativa pública tienen peso.
Al mismo tiempo, cualquier transición democrática creíble en Venezuela requerirá reducir el ecosistema externo que durante años sostuvo al régimen autoritario. El régimen sobrevivió no solo mediante la represión interna, sino también gracias a densos vínculos internacionales con gobiernos iliberales dispuestos a proporcionar apoyo financiero, cobertura política y cooperación estratégica. Una Venezuela post-Maduro no puede coexistir indefinidamente con esa red. Permitir que padrinos autoritarios permanezcan incrustados en la vida política y económica venezolana perpetuaría normas iliberales, socavaría la reforma institucional y limitaría la soberanía democrática desde el inicio.
Para Estados Unidos y sus aliados, esto no implica confrontación por sí misma. Implica redefinir la reintegración internacional de Venezuela en torno a la condicionalidad democrática: limitar la influencia de gobiernos autoritarios en sectores estratégicos, reorientar el reconocimiento diplomático hacia estándares democráticos y señalar con claridad que el acceso a la recuperación de Venezuela depende de la adhesión al pluralismo, la rendición de cuentas y el Estado de derecho. La democracia no puede consolidarse internamente si el poder autoritario permanece normalizado externamente.
La política estadounidense debería, por tanto, centrarse en procesos, no en personalidades. En crear incentivos claros para una apertura democrática: elecciones competitivas y verificables, garantías efectivas para la oposición, independencia judicial y protección de las libertades civiles. El apoyo internacional debe ser condicional, transparente y orientado a fortalecer a actores con legitimidad social genuina, no a reciclar élites del régimen bajo nuevas etiquetas. La secuencia importa. Sin reglas creíbles y árbitros independientes, cualquier estabilización seguirá siendo precaria.
Este enfoque exige contención estratégica. La contención suele ser impopular en momentos de crisis porque no ofrece soluciones rápidas ni figuras convenientes a las cuales abrazar. Sin embargo, es precisamente esta disciplina la que distingue una política exterior coherente de la improvisación reactiva. Convertirse en garante de un poder autocrático reconfigurado puede producir orden en el corto plazo, pero compromete la credibilidad democrática de Estados Unidos y cierra la posibilidad de una salida legítima a largo plazo.
Venezuela no necesita un nuevo administrador del viejo poder. Necesita un proceso capaz de reconstruir la autoridad desde abajo, a través de competencia política real y consentimiento ciudadano. Ningún actor externo puede otorgar eso en nombre de Venezuela. Cuando lo intenta, sustituye la autodeterminación por dependencia y la legitimidad por conveniencia.
La paradoja central de esta fase es clara: cuanto más Estados Unidos busque garantizar estabilidad legitimando remanentes autocráticos, más socavará los fundamentos de una estabilidad democrática genuina. Reconocer esta paradoja no es moralismo; es realismo estratégico basado en la experiencia comparada y en una comprensión de cómo se construye —y se pierde— la autoridad política.
Estados Unidos tiene intereses legítimos en Venezuela: estabilidad regional, gestión migratoria, seguridad energética y recuperación económica. Pero esos intereses no se sirven convirtiéndose en la fuente de autoridad de un poder de facto heredado del autoritarismo. Se sirven apoyando de manera firme y consistente un proceso que permita a los venezolanos determinar su futuro sin tutela ni atajos. Cuanto antes la política estadounidense refleje esta realidad, mayores serán las probabilidades de que la era pos-Maduro no se convierta simplemente en la era Maduro por otros medios.
