La rebelión de los pensantes – Daniel Yabrudy
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La distracción como amenaza totalitaria
La verdad está bajo ataque. Hoy en día los enemigos de la democracia utilizan un arma sutil: la distracción y la polarización para desdibujar la verdad, es decir, para relativizarla, vaciarla de valor.
Los enemigos de la democracia nos quieren abrumados en levedad. Para lograrlo, explotan nuestras ansias de dopamina, esa sensación de satisfacción que sentimos al lograr algo valioso, solo que en este caso promueven la satisfacción sin logro alguno. Es una ilusión. Este elemento natural está siendo corrompido y encauzado hacia la distracción y, por ende, el debilitamiento de una ciudadanía pensante y activa. Esta adicción está centrada en la novedad, el miedo a sentir que nos estamos perdiendo de algo (fear of missing out), y en el entretenimiento de baja calidad. Esta levedad está dominando el tiempo y las mentes de la sociedad actual.
Los enemigos de la democracia quieren dominar nuestras emociones. Otra herramienta para nublar mentes, generando adictos a la pantalla, es la narrativa polarizante. Es el elemento que permite capturar la atención y llevarla a conclusiones irracionales donde gobiernan las emociones desmedidas. La estrategia polarizante se basa en relativizar los hechos, planteándose desde una perspectiva que active esa sensación de “todo o nada”. La relativización a través de la polarización está nublando nuestras emociones. No sentimos adecuadamente. La propaganda disfrazada de canal informativo manipula la compasión a través de falsa empatía y transforma la sed de justicia en odio. Esta estrategia no busca informar sino desarticular a la sociedad.
Los enemigos de la democracia quieren adueñarse de nuestros espacios de silencio. La capacidad de desarrollar una mente crítica y pensante está en peligro pues nos encontramos en un ambiente precisamente hostil al pensamiento. Nuestras mentes han sido robadas de espacios de reflexión gracias a la tiranía del ruido. Este ambiente está plagado de artimañas que buscan adueñarse de nuestra atención a través de contenido que, irónicamente, nos deja vacíos.
Finalmente, los enemigos de la democracia pretenden hacerse del poder político disminuyendo el poder ciudadano, valiéndose de una gente distraída, irracional y atomizada; una sociedad distraída como la herramienta ideal del tirano. Es decir, la búsqueda de consensos democráticos es desplazada por la relativización y el enfrentamiento entre grupos totalmente desinformados e incapaces de generar acuerdos. Una sociedad adormecida por las distracciones y radicalizaciones del celular es fácilmente manipulable.
¿”Tu verdad” o “mi verdad”?
La verdad es objetiva. Tiene su fundamento en hechos y realidades que trascienden opiniones. La verdad es coherente. Estos hechos objetivos, por muy complejos que sean, no se contradicen, más bien nos dan la oportunidad de comprender el sentido de la realidad. En este sentido, la verdad es exigente. Esta búsqueda no es simplona, requiere esfuerzo intelectual y emocional, por lo que la humildad es un pilar de aquel que está tras la verdad. No se doblega la verdad ante la agenda personal, sino que es de sabios dejar que la verdad forme nuestro criterio y carácter. Por último, la verdad sienta las bases del pacto social duradero. Aquella sociedad que se tome a sí misma con seriedad, con visión de futuro y con ambición de prosperidad, no puede construirse sobre lo relativo sino sobre la fortaleza que da la verdad.
En cambio, el relativismo es subjetivo. En su afán por la igualdad, el relativista dictamina que dos culturas con valores diametralmente opuestos pueden estar en lo correcto. Si cada quien tiene su verdad, la subjetividad es la norma. El relativismo es incoherente. Si no existen verdades universales que provean un hilo conductor a la experiencia humana, resulta imposible sostener que la verdad sea relativa. Por último, el relativismo es tiránico, pues impone su visión para definir la realidad y no se ciñe a ella para formar su visión. Esta tiranía naturalmente deriva en una sociedad sin capital social, sin la habilidad de debatir ideas en la búsqueda de la buena vida. Al final, “tu verdad” y “mi verdad” indican que “no hay verdad”. Por lo tanto, el relativismo resulta ser el camino del despropósito, el vacío y el caos.
La rebelión de los pensantes
No es poca cosa. El relativismo es una amenaza contra la sociedad pensante, el libre debate y la libertad. Esta tiranía del relativismo debemos enfrentarla con la rebelión de los pensantes.
Cuando la atención es escasa y múltiples intereses están luchando por apoderarse de nuestra mente, la búsqueda de la verdad disminuye drásticamente. En un clima de polarización, importa más tener la razón que estar en lo correcto. Importa más doblegar la conciencia ante el relativismo que ceñirse a la verdad pues, de lo contrario, las consecuencias pueden ser graves. Quien busca la verdad, por definición se enfrenta al absolutismo moralista actual y, por ende, enfrenta el ser cancelado, aislado, o peor.
Pero esta lucha vale la pena. Proteger nuestra mente, hoy en día, es un acto de rebeldía. Dedicarnos a la profunda reflexión, a cultivar un estado de alerta intelectual y espiritual nos hará ciudadanos con mayor poder y mayor discernimiento.
Esto resulta profundamente reconfortante. Esta batalla por el corazón de nuestra sociedad y país no requiere de armas sino de mentes y almas fortalecidas contra la amenaza totalitaria y con la convicción de que juntos es posible construir un país grande y soberano. Es posible que ciudadanos armados de valor, convicción, y esperanza derroten las estrategias del relativismo totalitario y sean capaces de crear un acuerdo hacia la libertad y el progreso.
La crisis de identidad en la era relativista
Los consensos más duraderos y exitosos son aquellos construidos sobre la base de la verdad. Hace 250 años se fundó una nación, que hoy es de las democracias representativas ininterrumpidas más duraderas, sobre el entendimiento de la verdad. El texto fundacional de los Estados Unidos de América dice: Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad (Declaración de independencia de los EE.UU. adoptada el 4 de julio de 1776). Esta convicción ha sido pilar de la identidad de todo un país que ha atravesado y sigue enfrentando grandes retos.
Este país actualmente enfrenta una crisis de identidad donde el relativismo ha jugado un papel crítico. Fundado con la idea de un “Creador” del cual provienen derechos inalienables, hace décadas los EE.UU. está padeciendo las consecuencias de un posmodernismo con particular inclinación anticristiana (por naturaleza el posmodernismo se enfrenta a toda metanarrativa). El empeño de diversos grupos, incluyendo segmentos de la academia, ha sido desintegrar el metarrelato que ha producido una idea unificadora de nación.
¿Cuál ha sido la propuesta para suplantar el metarrelato fundacional de los EE.UU.? El relativismo. La noción de que la verdad no puede ser absoluta ni objetiva, y que ha sido empleada como instrumento de dominación. Sí, el relativismo y las narrativas victimistas van de la mano. Puntualmente, la visión relativista busca sustituir la identidad nacional basada en una historia rica en valores y convicciones, por la identidad de grupo basada en la opresión y lucha de clases o grupos sociales y étnicos. De esta forma cada persona pierde su arraigo y se aísla en su caja de resonancia polarizante.
¿Qué es una mujer?
Un ejemplo es el relativismo de género. El entendimiento general por siglos ha sido que solo existen dos géneros, femenino y masculino, y que esta es una verdad autoevidente por razonamiento empírico, estudio científico y revelación divina actuando en armonía. En cambio, relativistas han querido separar el sexo del género. Estos exponen que el ser humano nace con un sexo dado por mero chance el cual no define su género. Más bien, cada persona puede (¿o debe?) definir su género de acuerdo a su sentir particular. Es decir, el individuo no tiene por qué ceñirse a la realidad empírica, mucho menos al metarrelato fundacional de la civilización occidental, sino que debe descubrir quién es solo dentro de sí mismo. Esta es probablemente la arrogancia en su máxima expresión con consecuencias lamentables. Es una imposición tiránica donde cada quien es su propio dios y su fuente de verdad.
El daño a la sociedad y a la cultura está en cuán dislocada está esta ideología de la realidad. Por ejemplo, cuando el hombre que decide percibirse como mujer participa en deportes femeninos, el choque es inevitable por razones inseparables entre el sexo y el género. Actualmente este ha sido un debate que, impensable hasta antes del siglo XX, ha llegado a la Corte Suprema de los EE.UU. y donde en múltiples ocasiones se ha reafirmado el razonamiento tradicional (y lógico): el ser humano solo tiene dos géneros, femenino y masculino, y los hombres no pueden invadir deportes de mujeres.
Este no resulta ser un mero debate filosófico. Más bien, es la demostración del impacto que tienen las ideas en el día a día. Estar en desacuerdo con el relativista generalmente resulta en condenación social o política, y si el relativista es gobernante de turno, puede resultar en persecución. He aquí que el relativismo, al huir del debate racional y democrático, sirve de fundamento para la tiranía. Sirve a los tiranos sociales que defienden la identidad de grupo por encima del pensamiento crítico individual y sirve a tiranos dictatoriales para persecución política bajo la bandera de la paz y la lucha contra el odio. Hasta ese punto es posible llegar, a relativizar el odio. No existe un entendimiento objetivo de lo que es odiar a otro, no existe metarrelato que lo explique, no existe conciencia que lo valide, solo está la narrativa ideológica donde todo aquel que esté en desacuerdo con una idea, odia a la persona.
Ante la amenaza antidemocrática del relativismo, es deber ciudadano con carácter de urgencia el dedicarnos a pensar; pensar como práctica intelectual y espiritual que fortalezca nuestra acción ciudadana. Debemos dedicarnos a pensar no solo de manera individual sino en conjunto, sin miedo al desacuerdo, discutiendo y debatiendo ideas, reforzando nuestra cultura democrática. Es deber hacer esto cara a cara y no solo en redes sociales bajo pseudónimos y anonimato. También es deber fortalecer nuestras defensas contra las distracciones que pretenden embrutecer y las falsas dicotomías que buscan polarizar y aislar. Hoy, es deber ciudadano impulsar la Rebelión de los Pensantes, nutriendo a nuestra sociedad de cultura democrática, reflexión y profundo amor por la verdad.
La rebelión contra la epidemia de distracción
La cultura del relativismo florece en el suelo fértil de una sociedad con la atención fragmentada. Dicha sociedad es incapaz de analizar con detenimiento y rigor las barbaridades dichas desde el celular o desde el podio presidencial. La buena noticia es que esta rebelión se arma de conocimiento y fortaleza espiritual, se arma de convicción por la democracia, la verdad, la libertad y la dignidad. Mientras a los distraídos se los lleva la corriente del relativismo y en su arrogancia imponen su visión a la verdad, el pensante busca y pone a prueba la roca donde se mantiene de pie, y en humildad vive a través de la verdad. La mala noticia es que, como toda rebelión, estamos bajo ataque. Elegir el camino de mantener la mente y el corazón despiertos es elegir el camino difícil pero aquel que nos brinda mayor sentido de propósito en un mundo distraído.
Una persona distraída no tiene la fortaleza necesaria para influir y apoyar a su comunidad, la de verdad, de carne y hueso que ve todos los días y cuyos nombres quizá no conoce tanto como sí a aquellos usuarios de redes sociales. La mente distraída está constantemente insatisfecha, buscando el nuevo hit de dopamina para sentirse “bien”. Esta persona es fácilmente manipulable y difícilmente aporta valor a su comunidad. Las influencias que dominan su atención promueven que esta persona desperdicie su más valioso recurso, su tiempo. Es la ironía de verse influenciado por “creadores de contenido” y terminar con una sensación de vacío aún más grande.
Ante esto, el rebelde pensante debe ejercitar la mente y el corazón. Este debe reconocer la astucia de quienes atentan contra su capacidad de pensamiento y erigir las defensas necesarias. Hay una multitud de tácticas para combatir la adicción a la distracción, las cuales es valioso revisar. Sin embargo, de nada sirven mil tácticas sin tener una clara visión y razón de ser. Por esto el rebelde no es solo “rebelde” sino también es “pensante”.
No estamos condenados a vivir en una sociedad tiránica, polarizada y distraída. Esta rebelión empieza en el hogar y sale a las calles con total apertura a discutir ideas cara a cara, desde la academia hasta la junta parroquial. Es una rebelión en contra del despropósito relativista y en pro de construir proyectos valiosos para cada comunidad y defender a nuestra sociedad de la ambición totalitaria. Esta es una rebelión donde nos exigimos como sociedad ser partícipes y no solo espectadores. Es una rebelión donde exigimos ser tratados como gente pensante y responsable, no como meros beneficiarios.
La búsqueda de la verdad es la rebelión más poderosa contra el vacío y el caos relativista, y es la mejor forma de vivir como persona y en sociedad. Es la rebelión de los pensantes.
