La nueva cara del comunismo: totalitarismo – Julio Borges Junyent
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“En tiempos de oscuridad, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”
George Orwell
1. La historia de Fernando Albán
Cuando estábamos preparando este panel, nos recordaron algo esencial: que nuestras palabras no fueran solo análisis o teoría, sino que llevaran la marca viva de nuestra experiencia. Que hablar del comunismo no fuese solo un ejercicio intelectual, sino un testimonio.
Por eso, antes de abordar el drama del comunismo en Hispanoamérica hoy, quiero abrir este espacio con una historia personal, que llevo en la piel y en el alma, que duele, pero que también da sentido a lo que somos y a lo que hacemos.
Quiero hablarles de Fernando Albán, un amigo entrañable, un hermano de lucha, mi mano derecha en el partido Primero Justicia. Era concejal en Caracas, y juntos compartimos muchas batallas, pero sobre todo una: hacerle frente al régimen de Nicolás Maduro desde la dignidad y la verdad.
Corría el año 2018. En Venezuela se celebraban unas elecciones presidenciales marcadas por el fraude y la ilegitimidad. La oposición democrática decidió no convalidar esa farsa. Era un momento crítico. Fernando y yo sabíamos que no bastaba con rechazar esas elecciones desde dentro; había que lograr que el mundo entero las desconociera. Ese fue nuestro objetivo: sembrar en la conciencia internacional la certeza de que Maduro no podía seguir siendo reconocido como presidente legítimo.
Viajamos a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York. Fueron días intensos. Nos reunimos con cancilleres, embajadores, presidentes, periodistas. Tocamos todas las puertas posibles. Hablamos con la claridad de quienes no tienen más armas que la verdad. Y tuvimos éxito: el terreno quedó abonado para que, a partir de 2019, el régimen de Maduro comenzara a ser aislado en el plano internacional. Al terminar esa misión, Fernando manifestó que debía regresar a Caracas por asuntos personales. Todos le rogamos que no lo hiciera. Sabíamos que su vida corría peligro. Pero Fernando era así: valiente, responsable, comprometido. Volvió.
Apenas llegó, lo estaban esperando. La policía política lo detuvo en la puerta del avión. Desde ese momento, desapareció. Horas después, gracias al valor de su abogado Joel García, supimos que Fernando estaba siendo interrogado brutalmente. Lo golpeaban hasta el desmayo, le ponían electricidad en su cuerpo, lo asfixiaban con una bolsa de plástico o le metían la cabeza en agua hasta matarlo. Querían que nos acusara a mí y a otros dirigentes de haber participado en supuestas conspiraciones, planes de magnicidio, actos de terrorismo. Querían una confesión forzada. Pero Fernando resistió con dignidad.
Dos días más tarde, el 8 de octubre, una noticia absurda, inverosímil, recorrió los medios: Fernando Albán se había suicidado lanzándose del piso 10 de la sede del SEBIN, la policía política de Maduro. Esposado. En un edificio controlado. Nadie lo creyó. Todos sabíamos la verdad: Fernando fue asesinado. Lo mataron las torturas, lo mató el odio de un sistema que no tolera la dignidad, lo mató el poder sin alma.
Yo mismo debí llamar a su esposa, a sus hijos. Nunca podré olvidar ese instante. Decirles que Fernando no volvería, que había sido asesinado por hacer lo correcto. Su muerte provocó una ola de indignación internacional. Desde el Parlamento Europeo hasta organismos de derechos humanos en todo el mundo, la voz de Fernando se hizo presente en el clamor por justicia. Pero el cinismo del régimen no conocía límites: los mismos agentes que lo torturaron intentaron vendernos los videos y fotografías de su sufrimiento por 4.000 dólares. El horror convertido en mercancía.
Fernando Albán no era un mártir fabricado. Era un hombre real. De acción. De fe. De familia. Amaba a Venezuela y vivía con la convicción de que un país distinto era posible. Por eso luchaba. Y por eso, estas palabras son para él. Porque su muerte no puede ni debe ser en vano. Porque el comunismo en Hispanoamérica no es una teoría ni un debate abstracto. Es Fernando. Es su ausencia.
Hoy, más que nunca, necesitamos mirar a Fernando Albán y a tantos como él. Recordarlos, nombrarlos, hacerlos presente. A Fernando dedico este ensayo porque en su memoria vive la democracia por la que luchamos. Y en su ejemplo, la certeza de que la verdad tiene un precio, pero también una promesa: la de una patria libre y digna.
2. El Poder como Deidad Secular: La Lógica del Totalitarismo
Un viejo chiste soviético cuenta que un cliente en un restaurante, tras ver un menú espléndido y recibir una negativa a cada plato que pide, exclama: “¡Pensé que esto era un menú, no una constitución!”. La anécdota ilustra una verdad amarga: en las dictaduras comunistas, las constituciones son fachadas que prometen todo y no garantizan nada.
Este ensayo sostiene que el comunismo no es meramente un sistema político, sino una pseudo-religión secular que busca una redención terrenal. Al asesinar a Dios, entroniza al poder como una nueva deidad, prometiendo un paraíso utópico a través de la transformación radical del ser humano. Esta ambición desmedida, encarnada por “profetas armados” como Lenin, Mao o Castro, siempre ha derivado en pesadillas totalitarias.
Esta “religión” política opera sobre varias coordenadas. Primero, se presenta como la culminación de la historia, una utopía milenarista que exige la destrucción del orden presente para alcanzar un futuro radiante que nunca llega. Segundo, el Partido y su líder carismático asumen un rol mesiánico, convirtiéndose en redentores infalibles cuya palabra es dogma y cuya crítica es traición. Tercero, divide el mundo de forma maniquea entre “pueblo” y “enemigos”, vaciando palabras como “democracia” o “libertad” de su significado para convertirlas en armas retóricas. Finalmente, su método fundamental es el terror, un sistema de sospecha generalizada diseñado para paralizar a la sociedad y aniquilar la individualidad. Lo que distingue al comunismo de otras dictaduras es su aspiración religiosa: no se conforma con controlar el cuerpo, quiere “redimir” el pueblo por decreto. Como decía Eric Voegelin, no se puede redimir al hombre sin antes destruir su libertad. Y como añadía Camus, “todos los totalitarismos comienzan con una herejía disfrazada de ciencia”.
3. El Rostro Actual del Comunismo en Hispanoamérica
Tras la caída del Muro de Berlín, muchos dieron por muerto al comunismo. Sin embargo, en Hispanoamérica mutó. En lugar de revoluciones armadas o golpes de estado clásicos, adoptó una estrategia más sutil: llegar al poder a través de las urnas para, una vez dentro, desmantelar la democracia. Este totalitarismo encubierto opera a través de siete mecanismos principales:
- La Constitución como Herramienta de Perpetuación En lugar de ser un pacto que limita el poder, la Constitución se convierte en un instrumento maleable para consagrar el dominio indefinido del líder. En Venezuela, Hugo Chávez promovió enmiendas para permitir la reelección indefinida. En Bolivia, Evo Morales logró que un tribunal controlado declarara la reelección un “derecho humano” para ignorar el resultado de un referéndum. El caso más extremo es Nicaragua, donde Daniel Ortega no solo eliminó los límites a la reelección, sino que reformó la Constitución para nombrar a su esposa “copresidenta”, someter todos los poderes del Estado al Ejecutivo y legalizar el retiro de la nacionalidad a los “traidores a la patria”.
- Legalismo Autocrático: La Ley como Arma Estos regímenes no gobiernan contra la ley, sino a través de ella. Aprueban legislaciones con nombres nobles que esconden fines represivos. La “Ley contra el Odio” de Venezuela, por ejemplo, permite encarcelar a ciudadanos por opiniones en redes sociales. En Nicaragua, una “Ley de Agentes Extranjeros” se usa para perseguir a ONGs y defensores de derechos humanos. Entre 2018 y 2024, más de 5,600 ONGs fueron clausuradas en ese país bajo pretextos legales. Al mismo tiempo, las leyes que protegen al ciudadano, como el derecho a la propiedad privada en Venezuela, simplemente no se aplican, dejando al Estado con un poder ilimitado. La ley dejó de ser un escudo y se convirtió en garrote.
- El Hambre como Mecanismo de Control Social La destrucción de la economía no es un simple error, sino una estrategia de dominación. Un pueblo empobrecido y dependiente del Estado es más fácil de controlar. En Venezuela, tras la aniquilación del aparato productivo, el régimen implementó las cajas de alimentos CLAP, distribuidas a través del “Carnet de la Patria”. Este documento electrónico registra la lealtad política del ciudadano; sin él, el acceso a comida, medicinas o bonos es negado. Es una extorsión alimentaria institucionalizada, resumida cínicamente por un ex ministro chavista: “La revolución se trata de mantener a los pobres, pobres, pero con esperanza. Porque los pobres son los que votan por nosotros”.
- El Disfraz del “Progresismo” Obligatorio El comunismo moderno se apropia de causas legítimas como la justicia social, el feminismo o el ecologismo para imponer un pensamiento único. Bajo un discurso de diversidad, castiga ferozmente la diferencia. En Nicaragua, el régimen de Ortega, que se declara “cristiano y solidario”, ha desatado la peor persecución religiosa en décadas en la región, expulsando a sacerdotes, cerrando más de 1,250 organizaciones de caridad y condenando a 26 años de cárcel al obispo Rolando Álvarez por negarse a callar.
- El Monopolio de la Verdad Un pilar fundamental es el control de la información. En Cuba, todos los medios pertenecen al Estado desde hace décadas. Venezuela ha seguido ese camino: entre 2004 y 2021, más de 200 medios de comunicación desaparecieron, y cientos de periódicos y radios fueron cerrados por asfixia económica o revocación de licencias. La censura se extiende al ámbito digital, con bloqueos de portales de noticias y redes sociales. Para llenar el vacío, se crea un aparato de propaganda masiva, como la cadena Telesur, que funciona como el brazo mediático internacional del chavismo, difundiendo desinformación en alianza con medios de Rusia (RT), China (CGTN) e Irán (HispanTV).
- La Criminalización de la Disidencia En estos sistemas, la oposición política legítima no existe; es equiparada a la traición y la delincuencia. A los adversarios no se les debate, se les neutraliza. En Venezuela, la mayoría de los líderes opositores han sido inhabilitados para ejercer cargos públicos. En Nicaragua, el régimen fue un paso más allá: en 2021, encarceló a todos los precandidatos presidenciales de la oposición antes de las elecciones. En Cuba, tras las protestas masivas de 2021, más de 700 manifestantes fueron sentenciados a penas de hasta 25 años por gritar “libertad”. El disidente es deshumanizado con epítetos como “escuálido” o “gusano” para justificar la violencia en su contra.
- La Exportación del Modelo y las Alianzas Internacionales Estos regímenes no actúan solos; forman un bloque autoritario interconectado. Durante el boom petrolero, Venezuela usó iniciativas como Petrocaribe para comprar lealtades diplomáticas en el Caribe y Centroamérica, regalando miles de millones de dólares en petróleo. A nivel extrarregional, forjaron alianzas estratégicas. Rusia se convirtió en el principal proveedor de armas y apoyo geopolítico. China proveyó miles de millones en créditos y, crucialmente, la tecnología para la vigilancia y el control social (reconocimiento facial, censura de internet). Irán ofreció apoyo en la evasión de sanciones y cooperación opaca. Y Cuba, el socio más antiguo, exportó su bien más preciado: su know-how de décadas en métodos de represión, inteligencia y tortura.
Epílogo: La Resistencia de la Dignidad
Después de este crudo recorrido, cabe preguntarse: ¿Qué hacemos frente a esta realidad? ¿Es posible la resistencia y la esperanza bajo un totalitarismo comunista? La respuesta es sí, pero entendiendo que la resistencia comienza en un terreno íntimo y poderoso: la conciencia individual.
El comunismo muta de formas, pero su esencia permanece: desprecia la libertad humana y reduce a la persona a medio para un fin utópico. Resistir es, ante todo, afirmar nuestra humanidad irreductible.
La primera forma de resistencia es no vivir en la mentira: no repetir consignas que no se creen, no fingir adhesión, no colaborar con la injusticia. Vivir en la verdad es el mayor acto subversivo.
También es cuidar el lenguaje. Llamar “dictadura” a lo que es dictadura, “preso político” a quien lo es. Cada palabra justa es una grieta en el muro de la propaganda. Y cuando esta propaganda se sostiene sistemáticamente por redes de poder internacionales, se entiende la fuerza crítica de la denuncia comprometida. Resistir es también educar y recordar. La memoria de lo que fue impide que la mentira triunfe. Documentar lo ocurrido, nombrar a los mártires, escribir la verdad, aunque sea en la sombra. Y, sobre todo, resistir es no ceder la dignidad. Mantener la frente en alto. La dignidad es contagiosa: cuando uno se yergue, otro se anima.
La batalla contra el totalitarismo no es solo política: es espiritual. Oponerse a estos regímenes no es solo una cuestión de derechos humanos, sino de rescatar la verdad de la mentira organizada. Mientras en Europa se relativizan los valores, en Hispanoamérica se lucha por ellos con sangre. El silencio de las democracias liberales no es neutralidad, es complicidad. El totalitarismo avanza no solo cuando sus tanques disparan, sino cuando nuestras universidades callan.
Conservar la lucidez y la esperanza: eso ya es vencer, incluso antes de la victoria final. Porque un pueblo que no se rinde por dentro jamás será vencido del todo. La libertad, la justicia y sobre todo la verdad triunfan. Como expresó el papa León XIV en sus primeras palabras de esperanza: el mal no prevalecerá.
