El miedo, el dolor y los malos gobiernos – Democratización

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Ellos saben mi nombre

“Que no venga por mí, que no vengan por mí, que no vengan por mí” esa es mi letanía desde hace más de un año en la Venezuela del 2024-2025. Cumplimos un año de vivir bajo una fuerza de ocupación que cada día se hace más ocupa, cada día perfecciona sus formas de crueldad, cada día administra más miedos. Son tantas las formas de miedo que se viven en este país, que es precisamente esto lo único certero de vivir en Venezuela.

En esa certeza he conseguido cierta forma de “liberación” o mejor dicho de resignación: Ellos saben donde estoy, saben con quién hablo, por más VPN que active no han venido por mí porque, quizás, no soy tan útil a su sistema de terror y las cuotas que les demandan.

Vienen por todos y ya han empezado a ir por ellos mismos. Nuestro país ya es como aquel poema de Martin Niemöller: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista…” porque en un Estado de terror, éste no está exento de vivir entre el terror y fortalecerse de él. Hoy, la venezolana es una sociedad de miedo y desconfianza, donde se habla entre susurros para sobrevivir aislados y atomizados.

En medio de los rumores y nuestras vidas limitadas las voces cínicas han proliferado, porque han conseguido desde ahí una forma de sobrevivir a la desesperanza aprendida, mientras solo padecen otra forma de luto. Ante todo ello, buscar resistir se ha vuelto entonces una práctica diaria, para no perecer ante el sistema que busca allanar nuestras vidas.

A propósito de ello, expresa mucho del talante venezolano como hemos perfeccionado y descubierto formas de resistencia, de lucha no violenta, de movimientos pacíficos y ciudadanos para hacer frente a un sistema dictatorial que ha modernizado su carácter represivo, torturador y persecutorio a cualquier ser vivo que perciba como disidente y aún así, no han surgido ninguna expresión de lucha armada en contra de la dictadura. Ello habla de la valoración que los venezolanos damos como necesaria para recuperar y sostener una democracia en libertad.

“Vivir” en una sociedad basada en el miedo, es desconfiar de todo lo que no eres tú. Cuando llegamos a permanecer tanto tiempo en este contexto, empezamos a dudar de nuestras propias capacidades individuales, porque el miedo es una dinamita que desploma la confianza y rompe nuestra sociedad con su capacidad de pegarse como chicle y meterse en los huesos como un frío injusto.

Hoy nos vemos atravesados por muchos lutos que no hemos tenido el suficiente tiempo y capacidades para procesar porque estamos limitados a una suerte de no-vida, en donde para sobrevivir nos ha tocado hablar entre susurros y atarnos a un sentido de resistencia, que su sola nomenclatura debe aplicarse ya así misma, para que resista en no volverse un asignificante.

Es preciso decir entonces, que el régimen chavista, al igual que el nicaragüense y el cubano por estar fundamentados en el miedo, son entonces malos gobiernos. No me refiero con ello a que son inefectivos o ineficientes, se refiere al mal que es “esa clase de elemento negativo que no podemos entender ni tan solo, expresar con claridad, y aún menos explicar a

nuestra entera satisfacción. El <<mal>> es aquello que desafía y hace añicos esa inteligibilidad que hace que el mundo sea habitable…”1

Sería una impresión decir que existe lo puramente malo, porque igualmente no todo lo que se opone a lo que se asume tal, es puramente bueno. Pero ello no omite que el mal opera, existe, se desarrolla y utiliza las estructuras de poder (tales como el Estado y el resto de organizaciones públicas formales) para propiciar un mundo que cada vez se hace más difícil de explicar y de habitar.

Éste mal se distribuye en una curva normal y por ello los gobiernos autoritarios, aquellos que violan derechos humanos, deberían ser juzgados de forma desideologizada. Porque el miedo y el mal son capaces de hacer mella en la vida de todos, sin importar la causa a la cual votemos -si es que se nos permite votar

Para que el miedo se haga poderoso tiene que existir algún instrumento de coerción y eso es el dolor. Bajo gobiernos autoritarios las sociedades estamos sometidas a un abanico de dolores, tanto físicos, como emocionales que son útiles para atomizar, corromper, cooptar de todas las formas posibles hasta lograr quebrar y hacer daño, por eso tiene capacidad coercitiva.

Aunque vivimos en tiempos donde el discurso terapéutico llega por delivery, es importante reflexionar sobre la carga valorativa que le damos al dolor para salvarnos de los padecimientos que genera. Esto implica desacralizarlo, en tanto sufrir no está inexorablemente destinado a conducirnos hacía un bien mayor; no compite, porque no existe.

1 Bauman, Zygmunt. 2021. Miedo líquido. Primera ed. Barcelona, España: Ediciones Paidós. Una pena que sea menos válida a la vivida por una persona con respecto a otra; tampoco estratifica, dado que el dolor generado en la vida pública no nos hace mejores o peores individuos con respecto al resto.

El dolor, sobre todo cuando es colectivo, no trae consigo una guía práctica para su sanación total de forma estandarizada. El dolor y el trauma colectivo simplemente son, y quizás la mayoría de las veces no implican una lección profunda.

La colectivización de lo anterior y la degradación social generada por el miedo amerita entonces rigurosidad en su estudio, porque cada vez más toma fuerza como un elemento que dinamita y determina el funcionamiento de lo público. Además, es capaz de propiciar la generación de liderazgos y sociedades profundamente heridas que ameritan procesos de reparación política- social heterogéneos y costosos.

Ello es urgente porque la instrumentalización del dolor bajo una estrategia de miedo resulta muy compleja para ser saldada con la “voluntad del esfuerzo”. Esto se refiere a cómo las sociedades se vuelven resilientes por la decisión de querer serlo, un lugar común de nuestros tiempos que genera frustración individual, invisibiliza y romantiza el origen de lo que nos hace doler.

El miedo y el dolor no tienen sentido, pero resistir a ellos si. Para buscar una vida libre con razones para valorar nos queda la compleja, pero posible, tarea de entender nuestras heridas para generar valor público y tener capacidades para repeler los malos gobiernos. Ni Venezuela, ni ninguna otra sociedad está biológica o socialmente condenados al dolor y el miedo es por esto mismo queda de nosotros recuperar un país que podamos entender.