El espectáculo se llama: «Maduro y el 3 de enero» – Alejandro G. Motta Nicolicchia
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La espectacularización del hecho político es un fenómeno ineludible de la comunicación actual. Considerando a autores como Debord, Sartori, Castells y Bourdieu, podemos describir dicha manifestación comunicacional sobre la base de cinco características principales. En primer lugar, la primacía de la imagen; en segundo lugar, el uso intensivo de redes sociales; en tercero, la personalización del poder; en cuarto, la simplificación de problemas complejos; y, por último, la polarización emocional. Todas ellas explican el hecho comunicacional plasmado el 3 de enero de 2026 a partir de la captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de los Estados Unidos.
- Primacía de la imagen y la expectativa de una evidencia
La foto, un video. Esto era lo que todos esperaban una vez se leyó el mensaje de Donald Trump en su red social Truth Social, comunicando que Maduro y su esposa habían sido capturados y llevados fuera de Venezuela hacia los Estados Unidos. Tanto el gobierno como la oposición querían evidencia. Los primeros, para trazar una línea comunicacional y definir la estrategia; los segundos, sobre todo, para mitigar la sed de justicia. Con excepción del «Happy New Year» mal pronunciado por el capturado, la comunicación desprendida de esas imágenes de un Maduro vestido con ropa deportiva gris, con un antifaz y unas esposas, estremeció a la opinión pública internacional, pero sobre todo a los venezolanos.
El significado de la imagen desdobla un análisis diferenciado entre lo doméstico y lo internacional. Para la opinión pública foránea, la imagen despierta el morbo de ver a un hombre poderoso capturado por una «potencia extranjera», incluso, para algunos, por el «imperialismo norteamericano». Esto último fue muy frecuente en los medios europeos. El latiguillo de la «violación de la soberanía» fue constante. Europa —resentida con el presidente norteamericano— aprovechó para criticar a Trump.
En este sentido, cabe plantear el problema de la posverdad, entendida como la comprensión y descripción de la realidad sobre la base de evidencias subjetivas (proceso emocional) y no objetivas (proceso racional). La «soberanía», a pesar de enmarcarse en un marco legal y en unas reglas de juego internacionales, en el caso venezolano resulta una variable relativizada y confusa, conceptualizada desde lo emocional y no desde lo racional. ¿Soberanía? La que los venezolanos perdieron cuando Hugo Chávez decidió entregársela a los cubanos, a los chinos, rusos e iraníes. Fue Chávez quien destruyó la comprensión racional y legal de la soberanía para convertirla en debate, historias revolucionarias y utopías que, lejos de resolver, profundizaron los problemas de los venezolanos. Y fue Maduro quien capitalizó la consecuencia de ese adefesio. Ergo, la relación entre la foto de Maduro y la soberanía como concepto pierde sentido objetivo y racional. El bálsamo producto de la justicia convierte a la soberanía en una variable sujeta a debate y atravesada por estímulos emocionales.
- Uso intensivo de redes sociales: las redes del ciudadano común se anticipan a la noticia oficial
La imagen, entonces, causa de la emoción, consigue refugio y asidero en las redes sociales. Es la esfera online la que termina por darle legitimidad al sentimiento.
«Están subiendo estos videos en redes, ¿alguien sabe algo?». A partir de las 2 de la madrugada, este tipo de mensajes fue la constante en el WhatsApp de quienes siguen en Venezuela y de los que han emigrado. Las redes y las páginas web, como ya ocurre de manera regular, se anticipan a los medios tradicionales; al noticiero que anuncia una información «urgente», al «breaking news». Se anticipan igualmente a la radio y, ni hablar, al papel periódico. Hoy, cada ciudadano es un reportero en potencia y son los medios tradicionales los que asumen como fuente válida al testigo de la calle, en ocasiones al protagonista de la información que pudo grabar lo ocurrido.
Esa anticipación, en sí misma, es más poderosa que la información transmitida desde un medio tradicional. ¿Por qué? Porque no hay filtros y se anula la intermediación de un sujeto con un micrófono que fácilmente responde a una agenda mediática preestablecida.
Mención especial merecen los llamados memes, surgidos a partir de las redes y en comunión con la inteligencia artificial. Su poder recae en comprender la realidad de una manera simplificada, mayoritariamente satírica y, al mismo tiempo, muy sugerente. Nuevamente, los memes alimentan, paradójicamente, el propio apetito emocional que ya inició con la imagen en cuestión. Por tal motivo, el propio meme colabora con la insaciabilidad —ciertamente arriesgada— del hecho informativo. Los deseos de seguir viendo y de seguir escudriñando difícilmente encuentran un límite.
- Personalización del poder: ni el gobierno, ni el chavismo, mucho menos el PSUV son noticia; es Maduro
Cayó Maduro, no el gobierno. Y la noticia se centra, sobre todo, en Maduro. En este sentido, la personalización de la política, que resulta un fenómeno originado por la desafección política, el descrédito de los partidos políticos y el rechazo a un establishment que no da respuesta a los problemas de la gente también encuentra asidero en situaciones extraordinarias como la ocurrida el 3 de enero. El impacto comunicacional que otorga un sujeto, que ya es altamente noticioso, tiene mayor solidez que aquel que puede causar lo ocurrido con un gobierno, un partido político o una estructura de poder.
Maduro, ya sea por disociación o por un marketing de dudoso valor, decidió aprovechar el momento: convertirse en el gran personaje de la historia. Sabía que «los ojos del mundo» estarían puestos en él y, con cierto desparpajo y sorpresa de muchos, sonreía, bromeaba, saludaba y aceptaba fotos con sus custodios alzando los pulgares en señal de tranquilidad. Por algunos momentos, el hijo de Chávez intentó posicionarse como el héroe de la trama y no como el villano. Decidió no dar lástima, sino proyectar la imagen de un hombre que parecía decir: «esto es momentáneo, saldré pronto». En esos instantes fugaces, Maduro supo concentrar la atención y apoderarse de la noticia, desplazando incluso a la Casa Blanca y a sus halcones del foco mediático.
- Simplificación de problemas complejos: la caída de Maduro no ha traído la libertad a Venezuela
«Somos libres; por fin». Conclusión apresurada y recurrente una vez Trump confirma la captura. Sin embargo, lo ocurrido, enmarcado en lo espectacular, nos empuja y alimenta una falsa conclusión. La imagen representa un sueño consumado, pero insuficiente. Con el transcurrir de los días, los venezolanos confirmaron que el problema del chavismo es tan profundo como complejo, algo ya sabido. Sin embargo, el estruendo noticioso avivó un sentimiento natural de liberación momentánea y de suposición de escenarios futuros que implicaban reconquistar la democracia, proceso que, por su propia complejidad, supone tiempo y paciencia.
La aparición de Diosdado Cabello con un grupo de civiles armados detrás de él; la declaración de Delcy Rodríguez en el canal del Estado, Venezolana de Televisión; y la extraña y unipersonal presentación del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, condenando lo ocurrido, permitieron concluir que el fin de la cleptocracia no estaba consumado. Se comprobó que el entramado siempre fue más grande que Maduro. Con esa respuesta mediática, desde el miedo y el arrinconamiento, el chavismo demostró que su estructura secuestró a un Estado completo. El 3 de enero ratificó que la institucionalidad no existe porque ellos son las instituciones. Ese día se confirmó que el problema venezolano resulta inédito en muchos sentidos, alejando conclusiones que parecen lógicas o bien sentenciando verdades a la luz de la experiencia de otros países.
- Polarización emocional: de la euforia libertaria al miedo del opresor
Walter Lippmann afirma que las personas reaccionamos a las imágenes que provienen de los medios: símbolos, relatos y representaciones visuales o narrativas. Por eso, una representación que se traduce en una imagen o un símbolo podría influir más que una explicación racional. En este sentido, la imagen de Maduro tiene un significado para los venezolanos que supera el delito por el cual es acusado; es decir, el eje legal centrado en el narcotráfico, en este caso, es secundario. La emoción traducida en euforia no responde a celebrar la justicia por el daño que dejará de ocasionar un político acusado de narcotráfico por la justicia norteamericana. La explosión feliz ocurre porque se abre una nueva oportunidad para que Venezuela vuelva a la normalidad, sea finalmente libre y porque, en el horizonte, parece vislumbrarse algún viso de reencuentro por parte de la familia venezolana en un país que hoy resulta urgente reconstruir.
El otro polo emocional se resume, irónicamente, en el miedo. Siendo precisamente una de las armas más poderosas del chavismo para atornillarse en el poder, son ellos quienes hoy más lo sufren. En este contexto, las redes sociales exponen de manera amplia los rostros desencajados, los discursos titubeantes y lo comedido de las palabras de los personajes más importantes del gobierno. El miedo invadió al sistema como un virus destructivo. Lo que ellos mismos construyeron terminó por alimentar a un Frankenstein difícil de manejar. El miedo a perder la prebenda, el temor a ser traicionado, el pánico a ser delatado y pagar las consecuencias resultan elementos indomables que son hechura del propio régimen.
Esta polarización emocional tendrá su deshielo cuando el país recupere la democracia y la libertad. El péndulo hipervolatilizado no construye patria, no hace país e imposibilita sentar bases para un sistema institucional. La «estabilidad», como anticipo de la transición, debe contemplar también la estabilidad en el humor social, en el relacionamiento entre distintos, en el entendimiento entre adversarios; en otras palabras, Venezuela también necesita una «estabilidad» en las estructuras sociales: familia, clases sociales, roles y normas. El país necesita «estabilidad» en valores y patrones de comportamiento compartidos que no cambien de forma abrupta. Venezuela necesita una «estabilidad» producto de una cohesión social donde la palabra racional impere de manera natural.
El storytelling de Caine
Durante diez minutos, el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, expuso en la rueda de prensa del 3 de enero lo que, en comunicación, conocemos como un storytelling. ¿Cómo se compone? De un héroe, un villano, una referencia, una solución o guía y un call to action. Todo ello para lograr un objetivo concreto: en este caso, la captura de Maduro.
Su relato es la idea hecha espectáculo, construida para un guion hollywoodense. En ese formato, la atención del espectador se asegura por la tensión, el suspenso, la amenaza o el peligro, y porque el desenlace extraordinario resulta inevitable. En términos emocionales, la descripción que va develando la trama y su respectiva secuencia busca los elementos propios de la espectacularización: nerviosismo, ansiedad, intriga, adrenalina y una curiosidad que se retroalimenta y crece como bola de nieve a medida que se incrementa la información, los detalles y los datos.
En otras palabras, el discurso de Caine nos propuso la creación artística de un futuro thriller.
El reto de superar la justicia como sentimiento
Para san Juan Pablo II, la paz es obra de la justicia. Ambas son inseparables. La imagen de Maduro capturado es una referencia para recordarnos lo que el papa polaco afirmaba con precisión. Y no se trata de la paz momentánea posterior al evento, esa pseudo paz o tranquilidad nerviosa que reinó en el país los días posteriores. Se trata de una paz real, sustentada precisamente en un marco legal que proteja los derechos ciudadanos y provea justicia a cada venezolano. Por ahora, la paz no es posible porque lo ocurrido con Maduro es apenas una señal —ciertamente esperanzadora— de que la justicia es alcanzable; simplemente eso. Conquistarla por completo seguirá siendo tarea pendiente en los años por venir.
El impacto que generó el 3 de enero debe servir para ratificar que la Venezuela libre que todos anhelamos es un trabajo que debe sobrepasar la fotografía y el sentimiento desprendido de esa fecha. El espectáculo fugaz debe servir como llamado de atención. La foto hecha historia deberá servir de recordatorio para inmortalizar la creencia de que la democracia es un valor que debe sembrarse y cuidarse. De esa manera, lo ordinario y no el espectáculo, la racionalidad y no el sentimiento, serán variables preponderantes para reconstruir la patria.
