2026: Año electoral en América Latina. Perspectiva Histórica – Lucía Galeno
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El año 2026 es el punto de definición del llamado “ciclo electoral” latinoamericano a nivel presidencial, dadas las elecciones programadas en Costa Rica (realizadas en febrero), Perú (primera vuelta efectuada en abril, segunda en junio), Colombia (mayo y junio), Haití (agosto y diciembre); y Brasil (octubre), todo esto en un panorama caracterizado por la alta polarización, la fragmentación partidista y el debate en torno a temas clave como la seguridad, las reformas institucionales, oportunidades de progreso, entre otros.
El ciclo inició en 2025 con las elecciones de Ecuador, Bolivia, Chile y Honduras, en las que resultaron ganadores candidatos de tendencia opuesta a la izquierda, ya sean considerados de centro, derecha, conservadores o liberales. Estos resultados y las actuales tendencias —que llevaron a la presidencia en Costa Rica a la conservadora Laura Fernández y apuntan a la probable elección este año de otros candidatos de tendencia similar— auguran un posible predominio de la corriente conservadora, de derecha o liberal en el mapa político latinoamericano, de forma contraria a la izquierda dominante en el ciclo anterior.
No obstante, la historia política de América Latina desde el siglo XX se caracteriza por la consecución de etapas cíclicas que marcan una especie de tendencia influyente en la región, directamente ligada a las elecciones presidenciales, hecho considerado el principal acontecimiento de índole política, dada su capacidad de producir transformaciones. A fin de comprender esta evolución, es menester realizar una reconstrucción histórica que permita explicar el cambio político de estos países en el último siglo y examinar así su proceder ante la facultad del voto.
El camino previo a la democracia
En el paso del siglo XIX al XX, Latinoamérica experimentó una variación en sus dinámicas de poder que permitió el establecimiento de “regímenes oligárquicos”[1], dominados por la élite en el marco del positivismo, las cuales desplazaron las revueltas militares y golpes de estado como vía de ascenso presidencial, por elecciones censatarias e indirectas para legitimarse, acciones consideradas más civilizadas. Hacia los años 30 y 40, el surgimiento de partidos políticos y movimientos universitarios y obreros —de influencia marxista o anarquista— propició una apertura progresiva al sufragio lo que condujo a la masificación de la política y de la idea democrática. Al tiempo, en varios países las Fuerzas Armadas retornaron a la vida política con un discurso nacionalista y de reforma social y en abierta oposición al statu quo[2].
Terminada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), surgieron corrientes nacional-populares que iniciaron la masificación de participación política, caso del primer ensayo democrático en Venezuela (1945-1948)[3], mientras se probaban reformas económicas y sociales. No obstante, este proceso se detuvo durante la década de 1960 con la llegada de dictaduras militares de corte conservador y anticomunistas. Reflejo de las tensiones de la Guerra Fría, estos regímenes impusieron una férrea política represiva contra los movimientos populares y combatieron, en varios países, contra insurgencias guerrilleras de izquierda[4]. Fue a partir de 1980 cuando estos gobiernos autoritarios comenzaron a ceder ante una pujante ola democratizadora en Latinoamérica, coyuntura en el que se logró la firma de los acuerdos de paz en Centroamérica, región que había vivido desde finales de la década de 1970 una aguda crisis catalizada por el intervencionismo extranjero[5].
La democratización y el orden global
La apertura democrática estuvo marcada por la lealtad a los partidos tradicionales y a líderes que habían luchado contra el autoritarismo. A partir de entonces, la historia política regional quedó ligada a la realización de elecciones, el gran símbolo del nuevo orden democrático que otorgó una identidad compartida al continente. Esta realidad se consolidó en la última década del siglo XX con el auge liberal tras el fin de la Guerra Fría y la preponderancia de los Estados Unidos en la era de la “globalización”. En el periodo anterior (los años 80), se había producido la “década perdida” de Latinoamérica —época de profunda crisis económica caracterizada por inflación, baja de precios de las materias primas y sobreendeudamiento— lo que también incidió en la adopción de fórmulas liberales como respuesta a la problemática. Los partidos políticos que promovieron la democratización y gestionaron reformas estatales se alinearon a los principios durante sus gobiernos, logrando mantenerse en el poder[6].
En este tiempo se da la incursión de figuras ajenas al sistema político que conectaron con una sociedad descontenta, como evidenciaron las elecciones de Fernando Collor de Mello en Brasil (1989) y de Alberto Fujimori en Perú (1990); populismos nacionalistas que adoptaron recetas liberales. A partir de allí, con el ejercicio constante del voto masivo, directo y universal, visibilizó claramente el “efecto pendular”, característico de Latinoamérica. Éste se entiende como la tendencia histórica a experimentar virajes ideológicos y programáticos que fluctúan entre polos opuestos (izquierda y derecha, o liberalismo y estatismo), impulsados por coyunturas económicas e insatisfacción social[7], un fenómeno que puede afectar no solo la orientación ideológica de los gobiernos, sino también, influir en reformas institucionales que revierten cambios previos en planes de desarrollo.
El viraje hacia la izquierda: la “marea rosa” (1999-2014).
El nuevo milenio reveló el deterioro de las condiciones económicas de los países latinoamericanos, lo que minó la popularidad y legitimidad de los gobiernos y partidos liberales de los años 90 y generó un punto de inflexión histórico: por primera vez, triunfó una mayoría de gobiernos de izquierda ante la exigencia por el electorado de nuevas fórmulas. En los casos en los que esta corriente se había mantenido dentro de la institucionalidad, el giro respetó el marco político y económico preexistente, enfocándose al fortalecimiento de la política social. Destacan los ejemplos de Brasil con Lula Da Silva (2003), Chile con Ricardo Lagos (2000) y Michelle Bachelet (2006); y Uruguay con Tabaré Vázquez (2005), consolidando así, un modelo de alternancia entre derecha (o liberal) e izquierda.
Contrariamente, donde el poder continuó en manos de los partidos tradicionales, el electorado buscó relevo fuera del sistema y propició el triunfo de figuras independientes que prometían la refundación total del Estado y de la sociedad, con las subsiguientes consecuencias. Los casos más representativos fueron el ascenso del Chavismo en Venezuela (1999), Evo Morales en Bolivia (2006) y Rafael Correa en Ecuador (2007), líderes que impulsaron asambleas constituyentes[8]. Luego, al perder popularidad, estos gobiernos emplearon las reformas institucionales previas para desarrollar rasgos autoritarios y asegurar su permanencia.
La primera “marea rosa” —ola de gobiernos de corte progresista o de izquierda— se desarrolló en un escenario inédito electoral en América Latina[9]. Se realizaron doce elecciones presidenciales entre noviembre de 2005 y diciembre de 2006: Honduras, Haití, Bolivia y Chile, en 2005; y Costa Rica, Perú, Colombia, México, Brasil, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, en 2006. El progresismo se impuso en 7 países y perdió en 5: en Honduras (aunque Manuel Zelaya luego daría un giro a la izquierda), Costa Rica, Perú, Colombia y México.
El retroceso de la izquierda (2016-2019)
Los casi quince años de predominio de los gobiernos de izquierda en la región contaron con un importante crecimiento económico impulsado por el alza de los precios de las materias primas; sin embargo, una vez superada esa coyuntura, las economías se contrajeron y los Estados redujeron considerablemente la inversión social, generando malestar en la población. Asimismo, el factor corrupción fue enfatizado por escándalos transnacionales como el caso Odebrecht, lo que influyó en el voto y produjo un movimiento pendular hacia la derecha liberal. Son ejemplos las victorias de Mauricio Macri en Argentina (2015), Pedro Pablo Kuczynski en Perú (2016), Sebastián Piñera en Chile (2017) e Iván Duque en Colombia (2018). Este ciclo cerró en 2018 con la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, cuyo discurso de ruptura capitalizó la crisis y el descontento social después de años de dominio del Partido de los Trabajadores, y concluyó con la victoria de Luis Lacalle Pou en Uruguay (2019).
Crisis y efecto pandemia (2018-2020)
Entre 2018 y 2019, la inconformidad se profundizó con los resultados de los gobiernos de cualquier tendencia. México dio un giro a la izquierda en 2018 con la victoria de Andrés Manuel López Obrador, quien prometió una transformación del sistema tradicional, mientras que en El Salvador aparece Nayib Bukele (2019), una nueva figura de gran popularidad que rompió el bipartidismo histórico. Por su parte, en la región andina reinó la inestabilidad con la crisis de Bolivia (2019) —luego de la anulación de las elecciones y la renuncia obligada de Evo Morales— y el estallido social en Chile de 2019 que derivó en un proceso constituyente cuya carta magna no logró la aprobación del voto.
Seguidamente, la pandemia del COVID-19 en 2020, el cual actuó como un acelerador de las crisis preexistentes y orientó al elector al “voto de castigo” que tomó rasgos sistemáticos, ya que se consolidó una tendencia donde los electorados condenaron a la derrota a los oficialismos sin importar su signo ideológico. Entre 2019 y 2022, casi todos los presidentes que buscaron la reelección o la continuidad de su partido fracasaron, con la notable excepción de regímenes considerados no democráticos en los que el orden constitucional desapareció y, con ello, se anuló la posibilidad de celebrar elecciones libres y transparentes con la persecución y exclusión de la oposición (Venezuela, Nicaragua). La fragmentación política fue otra de las características principales de este periodo de indefinición.
La alternancia y la falta de credibilidad generalizada (2021-2024).
Las elecciones de 2021 significaron el inicio de un ciclo electoral intenso cuyas tendencias generalizadas fueron: el “voto castigo” contra el gobierno de turno, como predisposición —ya sistemática— del electorado y la hiperpolarización, con escenarios electorales divididos en dos mitades enfrentadas y una notable hostilidad. La heterogeneidad ideológica también está presente, dado que, aunque al principio de este período se eligen gobiernos de izquierda, en la segunda mitad, el efecto pendular se mueve hacia candidatos de la derecha o liberales. La segunda «marea rosa» sumó a Pedro Castillo (Perú), Gabriel Boric (Chile) y Xiomara Castro (Honduras) en 2021; Gustavo Petro (Colombia) y Lula da Silva (Brasil) en 2022; Bernardo Arévalo (Guatemala) en 2023; y Claudia Sheinbaum (México) junto a Yamandú Orsi (Uruguay) en 2024. En contraste, la derecha triunfó con Guillermo Lasso (Ecuador, 2021-23), Javier Milei (Argentina, 2023), Nayib Bukele (El Salvador), José Raúl Mulino (Panamá) y Luis Abinader (República Dominicana) en 2024.
Elementos característicos de los procesos electorales de América Latina
La reconstrucción histórica de los ciclos electorales permite precisar rasgos definitorios de la dinámica política latinoamericana que inciden directamente en el electorado y en los resultados de estos procesos, tal y como se espera que continúe en el año 2026 para completar el ciclo electoral iniciado en el 2025. Al respecto, lo primero que debe señalarse es que las presidenciales son las elecciones de mayor relevancia, las cuales captan la atención y concurrencia del país al reflejar las expectativas y preocupaciones de la población, de allí su importancia en cuanto al nivel de participación política.
Si bien los ciclos electorales anteriores han mostrado inclinación hacia una u otra tendencia política, en la que algunos países parecen guiar al resto, no existe uniformidad debido a la presencia de casos particulares desalineados y que responden a las circunstancias propias de cada nación. Por el contrario, es evidente el debilitamiento político de los partidos de centro debido al colapso de sus estructuras ante las crisis sobrevenidas desde los años 90, lo que pareciera mantenerse en un contexto cada vez más polarizado en el que los extremos pueden conducir a la concentración de poder, independientemente de la ideología.
Los ciclos electorales de la región han estado fuertemente influenciados por el contexto económico: si existe bonanza, es altamente probable la continuidad del gobierno, en caso contrario, se busca la alternativa opuesta. Esto está íntimamente relacionado con la vulnerabilidad económica estructural de los países, de recursos limitados y expuestos a cambios en la economía internacional, lo que incita la volatilidad electoral. Así se observa que, de 134 elecciones presidenciales realizadas en el subcontinente desde finales de los años 80, 77 resolvieron un cambio del partido (57,4%) y en 57 triunfó el oficialismo (42,5%)[10], mientras que los ciclos políticos se han ido acortando ante la tremenda dificultad de los gobiernos para mantener la confianza ciudadana a largo plazo.
Influye también el personalismo, debido a que los partidos dependen del carisma y popularidad de los lideres, más allá de las ideologías y las instituciones, situación reforzada por el presidencialismo, que otorga ventajas para la posible reelección. Al respecto, hasta 2020, más del 90% de los presidentes latinoamericanos que buscaron la reelección resultó triunfador[11].
Reflexiones finales acerca del panorama electoral 2026
Al examinar el mapa de América Latina en el año 2026, partiendo de los resultados del 2025 que señalan un resurgimiento de los gobiernos de derecha o liberales, en un efecto pendular, pareciera que por los momentos no es posible pensar en proyectos políticos duraderos ni en lealtades ideológicas. Más que corrientes políticas, ante la frustración y el cansancio, los ciudadanos se inclinan por soluciones rápidas y contundentes a sus problemas, mediante fórmulas que podrían ser cuestionables desde una perspectiva democrática y que podrían derivar en autoritarismos legitimados por elecciones.
Este año, se ha producido el triunfo del conservadurismo en Costa Rica, pero el peso de lo que falta por decidirse en los próximos meses es determinante para el equilibrio regional. En Perú, la crisis institucional que lo ha caracterizado durante los últimos 10 años, ha puesto en tela de juicio las elecciones en primera vuelta, con el desconocimiento de los resultados por uno de los candidatos, lo que resalta uno de los problemas más importantes del actual contexto político latinoamericano: la falta de credibilidad en los procesos electorales y en la democracia, hecho reflejado en el alto porcentaje de votos nulos o en blanco en la elección. Las encuestas hasta mayo, señalan paridad entre Keiko Fujimori (derecha) y Roberto Sánchez (izquierda).
En una Colombia polarizada, los comicios de mayo y junio definirán si continúa el progresismo de Iván Cepeda —sucesor de Petro que enfrenta fuertes resistencias institucionales— o si retorna el conservadurismo. Cepeda parte con ventaja frente a una derecha dividida entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia; por ello, la posible unión de la oposición en segunda vuelta será el factor crucial para intentar superarlo.
Por su peso político y económico, Brasil es el proceso geopolítico más relevante. En octubre, bajo una alta polarización, los ciudadanos elegirán entre la continuidad de Lula o la oposición conservadora de Flávio Bolsonaro. Un cambio de corriente consolidaría un giro contundente al conservadurismo en la región; de mantenerse el oficialismo, la izquierda retendrá su bastión estratégico en una Latinoamérica marcada por la división.
Finalmente, resulta improbable una tendencia uniforme en América Latina, dada la continuidad de la izquierda en México y sus posibilidades en Colombia y Brasil. También es clave considerar cómo el conservadurismo estadounidense —factor externo pero influyente en la región— podría incidir en un panorama regional que le resulte afín.
La evolución política señala que la región pasó de luchar por el derecho al voto a ejercerlo con un fuerte cuestionamiento a la legitimidad del sistema y sus instituciones. Ante la crisis, el gran reto de las democracias latinoamericanas es consolidar proyectos nacionales de desarrollo basados en la solidez institucional, más allá de las ideologías de turno.
[1]1 Marcelo Cavarozzi, “La construcción política de las sociedades latinoamericanas y su talón de Aquiles: el régimen político”, Cuadernos del Ciesal, año 11, Nº 13, enero-diciembre 2014, p. 13.
[2] Ibíd, pp. 18, 27 y 43. El autor analiza el caso de México con la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940), el de Brasil con Getulio Vargas (1930-1945), Argentina con el golpe de estado en 1930 y el ascenso de Juan D. Perón en 1943.
[3] En este marco se observa la transición en Venezuela que llevó a la caída del Presidente Medina Angarita y el inicio del llamado Trienio Adeco, el primer ensayo democrático. Para profundizar en este tema, véase Allan R. Brewer-Carías, «Reforma electoral en el sistema político en Venezuela», en Reforma política y electoral en América Latina 1978-2007, coord. Daniel Zovatto y J. Jesús Orozco Henríquez, Universidad Nacional Autónoma de México, México, IDEA Internacional, 2008, pp. 953-1021.
[4] Demetrio Boersner, Relaciones internacionales de América Latina. Breve historia, Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1996, pp. 216-224 y 236-241.
[5] Ibíd, pp. 262-271.
[6] Salvador Romero Ballivián, “Elecciones en América Latina”, IDEA Internacional, Tribunal Supremo Electoral, La Paz, 2021, p. 256, https://www.idea.int/publications/catalogue/elecciones-en-america-latina?lang=es
[7] Para profundizar en la dinámica pendular, véase Carlos Otto Vázquez Salazar, “El péndulo político en América Latina: nuevo ciclo progresista y auge de la derecha en la región”, en Reflexiones críticas sobre ideología y dominación: un debate abierto volumen, Comunicación Científica, México, 2025, p. 93.
[8] El caso de Nicaragua resulta particular porque al asumir la presidencia en 2007, Daniel Ortega mostró moderación, pragmatismo bajo la idea de la reconciliación nacional. Posteriormente, a partir de 2009, experimentó una mutación progresiva con elementos autoritarios.
[9] Aude Argouse, Elizabeth Burgos, coords., “Elecciones en América Latina. Una perspectiva histórica”, dossier en Nuevo Mundo Mundos Nuevos, OpenEdition Journals, 2007, introducción, p. 1, https://journals.openedition.org/nuevomundo/3526
[10] Romero Ballivián, “Elecciones en América Latina”…, p. 258.
[11] Ibíd., p. 260.
