El Bus TV: periodismo cara a cara para resistir – María José Dugarte Bernal

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Habitar un país en crisis implica hacer un esfuerzo por reconocerlo con todos sus matices e incomodidades. Cuando se hace periodismo en un territorio con más de siete millones de personas desconectadas, aisladas y enfocadas en la sobrevivencia, la única solución aparente para entenderlas, para dejar un registro de sus dolores y alegrías escasas, es acercarse.

Caminas, y te sientas en una plaza.

Sales, y te subes a un autobús.

Llegas a un mercado popular, y te paras en una esquina.

Porque para prestar atención, hay que detenerse y, en algunos casos, pedir la parada. El Bus TV lo ha hecho así desde el año 2017: periodistas jóvenes salen a las calles a compartir las noticias que no se encuentran por canales tradicionales de información porque están censurados o desaparecieron.

En Venezuela, informarse como en los viejos tiempos es un recuerdo.

De los periódicos impresos que alguna vez existieron, ahora solo quedan pósteres publicitarios que cada día pierden su color en los quioscos. Son una especie de souvenir de un país que experimentó la libertad de prensa y luego la fue perdiendo hasta tener lo que tiene hoy: un ecosistema de medios independientes que intentan sobrevivir con pocos recursos económicos, bloqueos a sus sitios web, persecución y la criminalización de periodistas y la desconfianza de una sociedad herida.

Por más de 20 años, el hábito de informarse ha sido una referencia de los más viejos. Se perdió aquel rasgo de convertirlo en un ejercicio participativo, una discusión colectiva. Tal vez por eso, intervenir en la dinámica diaria, leyendo noticias en los buses, fue la única manera de comenzar a estimular algo muy humano y necesario para quien aspira a vivir en una democracia: entender que tiene derecho a saber lo que ocurre a su alrededor.

Innovador. Creativo. Necesario. Estratégico. Medio guerrilla, medio resistencia.

Todas esas son palabras que ha escuchado una reportera o reportero de El Bus TV cuando termina un noticiero o pega un papelógrafo en un pueblo remoto de Venezuela y pregunta: “¿A usted qué le parece esta iniciativa?”.

Ha ocurrido en Apure, Distrito Capital, Táchira, Trujillo, Mérida, Zulia, Miranda, Bolívar, Amazonas, La Guaira, Lara y Falcón. Es como si el marco que llevan encima o aquella lámina de papel con noticias volviera a remover una tradición olvidada, la de estar al día con el país.

27 de mayo de 2017. Ese día se cumplían 10 años del cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV) y esa fue la fecha en que El Bus TV tuvo su primera emisión en un autobús de la Avenida Francisco de Miranda de Caracas. Mientras a pocas cuadras manifestantes ya contaban más de tres meses de protestas multitudinarias por derechos civiles y un cambio de gobierno, el noticiero recordaba este hecho que se convirtió en un hito que abrió paso al silencio informativo.

Lo que no sabían Laura Helena Castillo, Abril Mejías Romhany y Claudia Lizardo, cofundadoras del proyecto, es que también le abrían la puerta a una nueva experiencia periodística para decenas de estudiantes y jóvenes periodistas del país.

La apuesta momentánea por romper el patrón de consumo de noticias, se convirtió en una escuelita para recordar, cada día, que alguien todavía cree y puede ejercer este oficio a pesar de las circunstancias.

Esto hasta se puede someter a prueba. Si tú le preguntas a cualquier reportero qué hace El Bus TV, te va a contestar sin dudarlo: “Periodismo hiperlocal, offline y de servicio”.

No es una fórmula mágica ni mucho menos algo sencillo de procesar de buenas a primeras. Aun así, se graba en sus mentes porque se ha convertido en la forma en que se relacionan con el país, aunque solo esté representado por un grupo pequeño de personas.

Cada semana salen a las calles a enfrentarse con un país que se ha visto asfixiado, casi obligatoriamente, por un sistema cruel y en el proceso han encontrado que una noticia puede producir reacciones variopintas. En la audiencia ven bondad, honestidad, humor y algo que muchas veces se pierde detrás del computador y es el medidor de un país que se moviliza a diario: la posibilidad de registrar la opinión pública.

El Bus TV ha podido confirmar que la gente sí está abierta a ejercer un derecho básico, constitucional, y naturalmente humano: la libertad de expresarse.

Ejemplos hay muchos, más actuales y también antiguos.

A finales de 2019, salí a las calles por primera vez como reportera de El Bus TV. Nuestra ruta informativa era la avenida San Martín, al oeste de la capital, reconocida por estar cerca de famosos “territorios chavistas” y por principales hospitales públicos, la Maternidad Concepción Palacios, el Hospital Pérez Carreño y el Hospital El Algodonal.

Una de las noticias que leímos esa tarde era un resumen de un reportaje de armando.Info sobre las residencias que compraron familiares de Cilia Flores, esposa del expresidente Nicolás Maduro, en Caracas. Fue la que más generó comentarios. Uno de ellos lo ofreció una mujer mayor, quien dijo que en un futuro, si el gobierno cambiaba, esas casas deberían venderse e invertir el dinero en hospitales.

Recuerdo mis nervios cuando grabamos el testimonio. Lo irónico es que, para ese momento, la posibilidad de una pandemia todavía no le pasaba por el pensamiento a nadie, pero ya los venezolanos estaban conscientes de algo: depender del sistema sanitario era más una condena que una oportunidad de sanar o salvarse.

Años después, el número de testimonios de ese tipo, directos, críticos, desestabilizadores para algunos, disminuyeron por temores infundados —persecución, represión, el deseo de no ser acusado de traidor o traidora—, sobre todo después del 28 de julio de 2024.

La persecución, las detenciones arbitrarias y la imputación por incitación al odio de más de 20 periodistas. La operación Tun Tun, que dejó a más de 3.000 civiles, activistas y líderes en las cárceles del país. La vigilancia constante del espacio público. El aumento de la censura. El riesgo que supuso dar la cara o compartir una opinión. Todo eso fue suficiente para asimilar que el contexto era distinto a lo que habíamos experimentado y que eso implicaba conseguir un camino verde, un atajo, para continuar informando con seguridad.

Se empezó con pausar algunas formas de informar: los noticieros en buses. Los testimonios grabados se dejaron de publicar. Las fotos comenzaron a editarse para proteger a quienes protestaban o dejaban una declaración a los reporteros. La línea de contenido siguió siendo informativa, pero diferente.

Los reporteros y reporteras se dedicaron a elaborar papelógrafos para explicar otros temas: violencia de género, derechos sexuales y reproductivos, salud mental. Y se abrió espacio para más historias de identidad.

Hubo una realización colectiva: hacer más memoria hiperlocal y procurar difundir noticias útiles para las comunidades que transita El Bus TV. Ese fue un camino verde para escuchar a un país que obligaron a callarse.

Difundir lo básico, aquello que parece no importar, genera algo esencial para el periodismo: conectarse con las personas.

Antes de las elecciones, El Bus TV lo hizo. Contó la historia de los residentes de una casa de adultos mayores en Mérida que deseaban ir a votar, pero necesitaban apoyo para movilizarse. También entrevistó a una vecina en Los Puertos de Altagracia, en Zulia, que ofreció su moto para llevar a personas a sus centros electorales. Explicó con papelógrafos cómo inscribirse en el registro electoral por primera vez.

Y después de aquella fecha, intachable en la cabeza de cualquier venezolano, El Bus TV priorizó ofrecer lo básico con una mirada hiperlocal: dónde conseguir exámenes médicos a bajo costo. Qué actividades prepara la casa de la cultura de una comunidad. El horario del torneo que prepara un grupo deportivo en la cancha del barrio. Cuándo llega el camión del gas y el precio que tendrá la bombona. La historia de un banco de toallas que motivó la creación del primer banco de toallas de una comunidad en El Vigía, Mérida.

Lo de antes y después importa. El gran trabajo es hacerlo visible en los entornos cercanos. Acompañar el proceso, incluso sin saber qué ocurrirá, podría ser la fórmula.

Quizás es porque desde sus inicios este modelo informativo ha sido confrontativo. Ofrece noticias y las personas deciden lo que hacen con ellas. Lo que nunca se pierde es la rigurosidad, la movilización a partir de la escucha, el responder las dudas y hacer visible que existen otras posibilidades para el país. A veces ese nuevo escenario es empezar a sentirse representado en una noticia o conocer un nuevo punto de vista.

Pero como todo en el periodismo, hay escenarios que no decides ni puedes adivinar. El 3 de enero de 2026 y lo que vino después es ejemplo de eso.

Luego de la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, otro escenario apareció. Los primeros días fueron de incertidumbre: ¿qué reportar? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué quiere saber la gente? ¿Se puede hablar de lo que todo el mundo sabe? ¿De qué manera se nombra lo que ocurrió?

Para conseguir esas respuestas, la brújula siempre fueron las personas, el roce con la calle porque ahí todos volvimos a experimentar el deseo de expresarnos.

Los reporteros vieron ese proceso en escalada. Antes de opiniones, escucharon preguntas. Después aparecieron testimonios sobre problemas cotidianos. La inflación, el salario y los servicios básicos. Y ahí se fue abriendo la puerta a lo que no se podía nombrar: las excarcelaciones de presos políticos, las quejas por el precio de la gasolina, la puerta abierta para Estados Unidos, la valentía de nombrar ciertas palabras, como libertad, democracia, derechos humanos.

Como periodista y lectora de los reportes nacionales El Bus TV era imposible no decir: algo diferente está pasando aquí.

Nadie puede asegurar que sea el puente para una transición política. Tampoco el reencuentro absoluto con la libertad de expresión y el fin de la persecución, pues todavía se lucha por el desbloqueo de más de 60 periódicos digitales independientes, no se olvida el cierre de más de 200 medios de comunicación y más de un periodista lo han retenido desde entonces. Pero sí es claro que se trata de una oportunidad de hacer ajustes y recordar lo vivido con precisión, y eso implica trabajar en colectivo.

Ese esfuerzo colaborativo se está moviendo en buses y se lee en paredes de regiones consideradas desiertos informativos con El Bus TV, que en esta nueva etapa difunde las noticias de medios independientes de Venezuela. En este proceso, la audiencia ha tenido acceso a la información que no encuentra en redes sociales, que aún es tímida en radio y televisión, que pensó inexistente. La sorpresa es mutua: quien lo pega se sorprende al ver el interés; y quien lo lee, consciente o no, se impresiona al enterarse y reavivar su derecho a la información. Y en esa capacidad de asombro se halla también la resistencia.

La resistencia en distintas formas: opinión, atención a los hechos, expresión de las emociones, difusión individual de la información por un grupo comunitario de WhatsApp, movilización. En conclusión, los cambios que genera saber sobre algo.

De esto hay registro.

En Trujillo, un estado que vivió el terror de la persecución y las detenciones arbitrarias durante el contexto postelectoral, Manuel Medina, un lector y guardián de papelógrafos, se anima a dar su opinión de la muerte de un preso político bajo custodia del Estado.

En Apure, los habitantes de Llano Alto, un sector de Guasdualito, expresan que no están conformes con su salario mínimo y que los sindicalistas tienen derecho a protestar por sus derechos, que también son los suyos.

En el Zulia, un líder político juvenil, decide contar que participó como testigo en las elecciones después de leer un papelógrafo sobre la participación política de los jóvenes en Venezuela.

Cada vez que un testimonio así sale, la misma pregunta llega: ¿esto hubiera sido posible antes del 3 de enero de 2026?

La respuesta de cada persona depende de su contexto, pero para una gran parte de la población resulta obvia y monosílaba: no.

Desde su primera emisión el 27 de mayo de 2017, los reporteros y reporteras de El Bus TV repiten la misma coletilla: “Seguiremos informando”. No es negociable y se pronuncia con la contundencia y seriedad que implica hacer periodismo cara a cara. Cuando eres tú quien la dice, después de una noticia removedora, puede erizar la piel.

Porque si la resistencia es una cosa, es la insistencia; y la resistencia para quien forma o rodado en este bus informativo seguir informando a pesar de los obstáculos y los baches de la ruta. En este país petrolero, la gasolina —las personas, sus dudas y curiosidades, nuestra propia historia reciente, la profunda necesidad de explicarnos y entendernos— sobra.