Los Rodríguez no son (Adolfo) Suárez
Por Juan Miguel Matheus
Cada cierto tiempo reaparece la comparación. Se habla de moderación. Se invoca el pragmatismo. Se sugiere que dentro del poder venezolano podría estarse gestando una transición desde adentro, algo parecido a lo que ocurrió en España en los años setenta. La analogía seduce porque ofrece esperanza. Pero es equivocada.
Los Rodríguez no son (Adolfo) Suárez.
Suárez gobernó bajo la presión de los cañones internos del Reino de España. Tenía frente a sí al aparato militar franquista, a sectores duros del régimen, a una estructura que podía reaccionar con fuerza ante cualquier apertura. El riesgo era doméstico, inmediato, concreto. Y aun así decidió desmontar el sistema que lo había llevado al poder. Legalizó partidos prohibidos, convocó elecciones libres, aceptó el pluralismo y abrió el camino a una nueva Constitución. Cambió la fuente de legitimidad del poder.
Eso fue transición.
Lo que hoy ocurre en Venezuela es distinto. El rodrigato no enfrenta los cañones internos de una estructura que rechace la democracia. Administra su propio aparato. Lo que teme no es la reacción del régimen por abrir, sino el poderío militar de Trump y un entorno internacional que podría volverse más severo. Su cálculo no es fundacional. Es defensivo.
Por eso conviene afirmarlo con claridad: los Rodríguez no son reformadores, son calculadores.
Su supuesto discurso moderado no nace de una convicción democrática ni de una decisión histórica de desmontar el esquema desde dentro. Nace del miedo a un escenario adverso. Ajustan el tono para ganar margen. Dosifican movimientos para reducir riesgos. Buscan estabilizar, no transformar.
Suárez asumió riesgos que debilitaban su propio poder. Abrió el sistema sabiendo que podía perderlo. Los Rodríguez no están debilitando su posición. La están protegiendo.
La diferencia no es de estilo, es de estructura. Una transición implica cesión real de control, reglas nuevas, aceptación cierta de la alternancia. Implica aceptar que el voto pueda cambiarlo todo. La administración estratégica del tiempo implica cálculo, contención y preservación.
Compararlos con Suárez es una concesión innecesaria. España en 1976 tenía un horizonte democrático claro y un liderazgo dispuesto a pagar el precio político de abrir. En Venezuela no hay desmontaje normativo del sistema ni recomposición independiente del árbitro electoral ni renovación integral de los poderes públicos.
Eso no significa ignorar la coyuntura. Significa entenderla. Si el rodrigato flexibiliza por miedo, la sociedad debe actuar por convicción democrática. Si se abre un proceso electoral, debe traducirse en cronograma cierto, reglas claras y garantías verificables. Si hay negociación, debe conducir a un itinerario de legitimación institucional.
Suárez enfrentó los cañones internos del reino y eligió abrir. El rodrigato teme el poderío externo y elige administrar. Esa es la diferencia histórica.
Venezuela necesita claridad conceptual. No mitologías consoladoras. No analogías complacientes. Necesita distinguir entre quien arriesga poder para fundar democracia y quien calcula para conservarlo.
Los Rodríguez no son (Adolfo) Suárez. Y mientras no haya desmontaje real del esquema, elecciones con condiciones claras e independencia efectiva de los poderes públicos, no habrá transición, sino cálculo.
