Venezuela: Un Estado frágil y una sociedad fragmentada

Venezuela: Un Estado frágil y una sociedad fragmentada

¿Cómo llegamos a esta realidad?

Durante el período 1950-1979, Venezuela fue uno de los países con mayor crecimiento económico y esta expansión se dio con una inflación relativamente baja. El Pacto de Punto Fijo había ofrecido un ambiente estable en lo político, y la renta petrolera permitió financiar un grupo importante de obras de infraestructura y estas, a su vez, propulsaron un mayor crecimiento económico. De manera soslayada el venezolano fue desarrollando lo que Casanova (2011) describió como visión demorrentista:

Esta visión podría ser calificada como demorrentista si consideramos sus dos componentes esenciales: la confianza en la democracia y la lógica de distribución de la renta de origen petrolero.

Nos sentíamos destinados a progresar, aunque nuestra conexión con el hecho productivo fuese débil. Nuestra democracia, asegurábamos, era la más estable, a pesar de que no nos ocupásemos activamente de los asuntos públicos. El largo plazo no nos inquietaba y nos dedicamos a disfrutar del presente. Éramos ricos y demócratas. ¿Para

qué preocuparnos? 

Esa percepción de ser un país rico y que todos, en algún momento y de alguna forma, también lo seríamos con un mínimo esfuerzo, puede asumirse como un ambiente propicio para la aparición de líderes populistas que, bajo la promesa de repartir de manera más equitativa esa riqueza presente en la mente del colectivo, tomen el poder, y más allá de tomarlo, permanecer con él por un largo tiempo.

El gran crecimiento citado se dio a tal velocidad que fue también desordenado, desigual, a pesar de ello, se tenía ese convencimiento de que Venezuela era “…un país sin lucha de clases, sin resentimientos sociales, sin discriminaciones significativas de ninguna naturaleza, de escasos conflictos laborales o enfrentamientos empresariales, de la relativa fácil movilidad social.”

Esa ilusión postergó la necesidad de mejorar la calidad de ese crecimiento, que este fuese a través de la producción-productividad, de la generación de valor. Por otro lado, tampoco se creó una institucionalidad suficiente fuerte para lidiar con los conflictos sociales intrínsecos en el transitar de cualquier país. Así pues, se generaba un escenario que tendía al conflicto, y a su vez, no se crearon las instancias para afrontarlo.

La estatización del petróleo fue un hito en nuestra vida nacional. Después de ese evento se profundizaron las dinámicas perversas que se traían del pasado y que ya fueron descritas. Las relaciones clientelares se afianzaron, el acercamiento al Estado elevaba la probabilidad de mayor bienestar, las instituciones, que alguna vez fueron sólidas, aceleraron su proceso de debilitamiento, se acudió al endeudamiento masivo y a otras tantas políticas inapropiadas para mantener la ilusión. La crisis era inminente, y fue lo vivido entre los 80’s y 90’s, años en los que el país se caracterizó por una alta conflictividad política y una gran desestabilización macroeconómica.

A pesar de la profunda crisis, la mente del colectivo pareció mantener la idea de que éramos un país rico, pero que los gobiernos no pudieron con la labor designada de repartir dicha riqueza de manera apropiada. Hugo Chávez llega al poder montado sobre ese pensamiento, y apoyado por su promesa reivindicativa. Era el héroe salvador de una ciudadanía resentida y victimizada.

Mucho se ha escrito sobre la figura de Hugo Chávez y la idea central de este artículo no es ahondar en ella. Sí lo es mencionar las principales características de su gestión relacionadas con el colapso del Estado y la fragmentación de la sociedad.

Hoy quedan claras las intenciones despóticas, no solo de Hugo Chávez, sino de buena parte del grupo político que lo acompañó. Durante su gobierno contó con significativos ingresos petroleros, que de igual forma los acompañó con emisión de deuda pública externa, la cual pasó de un monto cercano a $20.000 millones hasta más de $120.000 millones. Esto le permitió al venezolano recrear otra vez su ilusión, poder consumir más, sin un aumento cónsono de nuestra productividad.

Dada la bonanza y, por tanto, el reforzamiento de la ilusión de riqueza, el chavismo contó con una popularidad suficiente para, por un lado, mantenerse en el poder bajo un manto democrático, y, por otro lado, con el auctorĭtas que envolvía a Hugo Chávez, tomar en algunos casos, y destruir en otros, los vestigios institucionales que quedaban en el país.

Otro aspecto importante a mencionar es la relación clientelar que fue creada en diferentes niveles de la sociedad. La de caudillo-pueblo, fortalecida por el mayor consumo y potenciada por el carisma del caudillo, fue la más visible, pero también se crearon otras redes clientelares menos evidentes entre los diferentes grupos de poder dentro del mundo político, pero también fuera de él.

Un régimen de este perfil no puede ser instaurado sin apoyo internacional. El voluminoso ingreso petrolero también alcanzó para exportar el llamado “modelo”, además de lograr respaldo diplomático de un grupo no pequeño de países.

Las bonanzas petroleras no son eternas, la vida humana tampoco. En Venezuela esos finales coincidieron en el tiempo. Hugo Chávez muere en 2013, y unos meses después hubo una caída abrupta de los precios del petróleo. Nicolás Maduro asume el poder sin las condiciones y atributos de su predecesor. Esta nueva realidad cambia la dinámica política por completo, y también la vida del ciudadano venezolano.

Lo que pasó de 2013 hasta los momentos fue dramático, pero no por ello sorprendente. La armonía social basada en un bienestar no llevada adelante enteramente por la producción, sino por los altos precios del petróleo, desapareció. La conflictividad política y social avanzaron rápidamente, al mismo ritmo de la caída de la economía. Un gobierno impopular, de carácter despótico, recurre a la represión para su sostenimiento en poder. Eso fue lo que hizo el gobierno venezolano, además de utilizar la carcasa institucional para contener cualquier avance de las fuerzas opositoras o de la sociedad misma.

Sin institucionalidad, y sin una “institucionalidad inclusiva” para ser más específicos, la sociedad venezolana no tenía, ni tiene cómo resolver sus conflictos esparcidos en diferentes ámbitos. Además, el largo período de crisis generalizada ha desgastado tanto al liderazgo interno, sobre todo en su credibilidad, como a la sociedad toda, lo que genera fragmentación y desorganización, las cuales alejan las posibilidades de cambios en la dinámica política y social del país.

En un ejercicio de resumen, el resultado de este complejo fenómeno ha sido un país que hoy tiene un tercio de la economía per cápita de 1998, un Estado disfuncional que es incapaz de ofrecer aspectos básicos de la vida, una alta conflictividad política, uno de los mayores éxodos del planeta y una sociedad fragmentada y carente de un liderazgo creíble.

¿Qué somos?

Cabe la inquietud de preguntarnos qué somos, cuáles son las características más relevantes de nuestro Estado, de nuestra sociedad.

“Se espera que los Estados soberanos desempeñen ciertas funciones mínimas para la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos, así como para el buen funcionamiento del sistema internacional.” Los Estados incapaces de cumplir con estas funciones son catalogados como frágiles, débiles y en su término más extremo como Estado fallido.

Llegar hasta un Estado colapsado o fallido es un proceso, por ello es difícil definir cuándo se está en vías de, o sí de hecho ya se está en dicha situación. Pero se podría afirmar que se acerca a ese punto mientras el Estado esté menos capacitado “para proveer las funciones básicas a la mayoría de sus personas, para garantizar el control territorial, la seguridad y la protección, para gestionar los recursos públicos, para prestar servicios básicos y finalmente, para proteger y apoyar las formas en que las personas más pobres se sustentan.”

Dadas estas características es posible afirmar que Venezuela tiene hoy un Estado que es frágil y con tendencia a deteriorarse aún más. Acemoglu y Robinson (2019) ofrecen algunas definiciones y hay una en particular que puede aplicarse al caso venezolano: El Leviatán de papel.

El Estado venezolano en ocasiones es considerado como totalitario, por su vocación despótica. Se pudiese asumir que la figura de Estado totalitario coincide con la definición de Leviatán despótico. Este se caracteriza por su dominio sobre la sociedad, a la cual la hace débil, pero también posee la capacidad de “impedir enfrentamientos, resolver conflictos, imponer leyes que favorezcan las transacciones económicas, invertir en infraestructuras públicas y contribuir

a generar actividad económica”. A esto se debería agregar dos características importantes ya mencionadas como la provisión de servicios básicos y el dominio territorial. Es claro que Venezuela carece de estos rasgos.

En el Leviatán de Papel el Estado es débil y frágil, a pesar de su vocación despótica; la sociedad también lo es. El Estado no rinde cuentas, ni ejecuta su apropiada función, y la sociedad no es lo suficiente fuerte para exigirlas.

Acemoglu y Robinson (2019) también mencionan que:  

“Este Leviatán de papel tiene algunas de las peores características de los leviatanes ausente y despótico. En la medida en que tenga algún poder, es despótico, represivo y arbitrario. Básicamente, la sociedad no lo controla y él intenta mantenerla siempre débil, desorganizada y desconcertada. Da a los ciudadanos escasa protección ante el estado de guerra y no intenta liberarlos de la jaula de normas (y puede, de hecho, utilizar la jaula para sus propios fines). Esto se debe a que el Leviatán de papel no se preocupa por el bienestar de sus ciudadanos y sin duda tampoco por su libertad. Pero también se debe a que carece de la capacidad para hacer mucho, quizá con la salvedad de enriquecer a las élites políticas al mando. Hemos sostenido que las raíces del Leviatán de papel se hallan en el miedo de las élites políticas a la movilización social, que constreñiría su capacidad para beneficiarse de su control del Estado y el saqueo de los recursos de la sociedad.”

Los autores alertan sobre la complejidad de una situación de este tipo, la cual permea de manera negativa en los diferentes sectores de la sociedad, en la vida cotidiana del ciudadano. Es una postración tanto en lo político, lo económico y lo social. También aseveran que salir de tal situación tiene un alto grado de dificultad.

La economía en un Leviatán de papel

El rol y el tamaño del Estado es un tópico que atrae mucho debate y hasta polémica. Sin embargo, se puede afirmar que este tiene una importante función en lograr un mínimo de orden, de seguridad y de armonía dentro del país. Además, su capacidad de imponer y hacer valer las reglas de juego, resolver conflictos, salvaguardar la propiedad, es esencial para el buen desenvolvimiento de la economía. 

Estas funciones pueden ser ejercidas por un Estado despótico, pero no por uno débil. Es por ello, que es más probable observar una economía medianamente funcional en un Estado totalitario, que en uno catalogado como Leviatán de papel. Aunque hay que destacar que la ausencia de libertades económicas dentro de un Leviatán despótico, junto con una sociedad sumisa y dominada, hace que ese mejor desempeño relativo tenga un tope, ya que es difícil alcanzar altos niveles de innovación y sofisticación económica en un entorno tan hostil. 

El caso venezolano es un buen ejemplo de cómo esa debilidad del Estado afecta la actividad económica. Su incapacidad de crear un marco propicio para una economía de mercado, sin institucionalidad inclusiva, con la carencia de servicios públicos básicos, sin seguridad jurídica, con pérdida del control territorial de parte del país, con un precario sentido de la importancia de la propiedad privada, y sin ningún control sobre la labor del poder ejecutivo, representan parte de las razones que explican la profunda contracción económica que ha tenido Venezuela.

Las redes clientelares también juegan un rol protagónico en este tipo de Leviatán. El favorecimiento y libertad de acción que el gobierno de turno le da a sus más allegados hace que determinados grupos obtengan un bienestar desligado de la realidad económica del resto del país. Es poca la riqueza generada o remanente, y esta es deseada por estos nodos clientelares. 

Las oportunidades no están disponibles para todos, más bien son escasas, y estas son aprovechadas por una pequeña parte de la población, así sea que esta tenga relación directa con el poder o no. También entran en juego otras condiciones como, por ejemplo, el capital acumulado en el pasado, el sector específico de la actividad y las redes de contacto y apoyo. El resultado es una economía de nichos, próspera en esos pocos círculos, pero empobrecida en muchos otros.

Además, no es solo la situación del Estado y sus características actuales. En su intento de consolidarse en el poder, de dominar a la sociedad, se destruyó gran parte de la capacidad productiva tanto del sector privado, como también de las empresas que manejaba el Estado, algunas de las cuales fueron expropiadas. Punto a destacar es el actual estado deterioro de la industria petrolera, la cual es la principal fuente de divisas del país.

El aparato productivo nacional depende de la materia prima importada para producir los diferentes bienes y servicios que ofrecemos para consumo interno y externo. En promedio, cerca del 60% de las importaciones realizadas son de consumo intermedio, el resto se reparte entre consumo final y formación bruta de capital fijo. Es por este perfil que se hace necesaria la generación de divisas para el crecimiento económico, las cuales se requieren para la importación de esos insumos y así empezar el círculo virtuoso de generación de bienestar. De igual forma, queda abierto un planteamiento sensato para que esa generación de divisas provenga de fuentes más diversificadas, incluyendo la exportación de productos terminados, pero ello tendrá que implementarse de manera progresiva.  

El aislamiento internacional, producto del rechazo de los países ante la acción política interna, ha tenido un impacto significativo. La necesidad de atraer financiamiento para importar e invertir es clara, esos capitales deben venir del exterior y hoy existen barreras importantes que impiden tanto el crédito de multilaterales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Corporación Andina de Fomento, entre otras), como el de inversionistas que quieren traer capitales al país. En pocas palabras, todo se resume a la confianza, en este caso, a la profunda desconfianza que tienen los actores nacionales e internacionales sobre la realidad estatal, institucional y social de Venezuela.

La sociedad venezolana tiene muchos retos por delante ante una situación compleja, la de Leviatán de papel. Como señalan Acemoglu y Robinson (2019), la salida hacia un Estado funcional es aún más difícil en este tipo de regímenes que en uno despótico. Cabe la pregunta ¿Hacia dónde apuntar los esfuerzos?

Un destino elegido

Los mencionados autores señalan un camino, muy general, a seguir:

“Por último, los países que se encuentran cerca de la parte inferior izquierda, entre ellos muchos leviatanes de papel … se enfrentan a un reto aún mayor. Estos países no pueden entrar en el pasillo aumentando el poder del Estado o el de la sociedad de manera separada, puesto que no hay ningún pasillo cerca. Para entrar en el pasillo deben, al mismo tiempo, aumentar la capacidad de su Estado y de su sociedad …”

Hay muchas preguntas e inquietudes relevantes. ¿Cómo fortalecer al Estado y a la sociedad? ¿Cómo deberá ser el balance entre Estado y sociedad? ¿Cómo lograr que ese balance no se rompa? ¿Cuál debe ser el rol del Estado en la dinámica del país? ¿Cuáles serán los mecanismos institucionales para que la sociedad pueda tener control sobre el Estado? ¿Cuáles son las vías e instancias de organización de la sociedad para mantenerse unida y firme?

Mucho se ha dicho y escrito sobre el rol del mundo político en la labor de articulación social. Sin embargo, otros sectores pueden ayudar en tal objetivo: la Academia, los gremios empresariales, la Iglesia, los sindicatos, los estudiantes. Es una corresponsabilidad entre las personas que se dedican a la Política, así como las élites del país. El fortalecimiento de esos actores podría transformarse en el fortalecimiento de la sociedad, si esos actores fortalecidos tienen la voluntad y capacidad de comunicarse y coordinar. Esta es, sin duda, una de las direcciones a la que se debe apuntar.

El contenido y objetivo de esa comunicación debe ser para consensuar las respuestas de muchas interrogantes que hoy el país tiene, algunas de las cuales fueron planteadas. La acción colectiva es vital para cualquier cambio político y social, pero antes de ello se requiere claridad de la situación que se vive, de los problemas que se van a enfrentar.

Quienes son gobierno y ocupan puestos dentro del Estado, por su parte, también tienen tareas que llevar adelante. Puede que no tengan ni incentivos, ni la voluntad para realizarlas, sin embargo, es necesario plantearlas. Por ejemplo, el control territorial es una de ellas, también lo es la provisión de los servicios básicos a la población, por nombrar apenas dos puntos relevantes. Es decir, a pesar de la propensión despótica del gobierno actual, la exigencia de la sociedad debe estar dirigida a la contención del fenómeno de debilitamiento y fragilización del Estado, el cual, como ya se ha mencionado, puede dificultar, más que facilitar, la transición a la democracia.

Se pudiese decir que ese destino elegido es uno en el que se cree un concepto de país que abandone la dominación y el control y esté dirigido hacia la dignidad y la libertad:“… la mejor sociedad es aquella en la cual la coacción sobre otros se haya reducida a su mínima expresión. De tal modo, cada quien puede intentar desarrollar sus capacidades y aprovechar las oportunidades para crear para sí la vida que desee vivir. La libertad individual puede y debe ser el producto social más valioso.”

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