La oposición venezolana después de veintidós años de revolución chavista

La oposición venezolana después de veintidós años de revolución chavista

Ricardo Núñez, político chileno, escribió sobre las dificultades que enfrentó el Partido Socialista de ese país en la compleja tarea de resistir a la dictadura de Augusto Pinochet. Antes de compartir sus impresiones ofreció esta advertencia: “Antes que nada, una precisión formal. Las reflexiones que motivan las líneas siguientes, no constituyen un estudio en el sentido estricto, sino más bien una recompilación de hechos surgidos de una experiencia concreta”. 

Me conmueve su rectitud política e intelectual. Durante algún tiempo este artículo ha estado en mi tintero y he pensado en dejarlo por escrúpulos científicos y políticos. El testimonio de Núñez me animó a publicar. Y para comenzar, me sumo a su advertencia: No pretendo ofrecer conclusiones definitivas. Es un acercamiento que acompasa formación intelectual y experiencia personal. Esbozaré realidades que he percibido en el ejercicio de la política en mi país. Las comparto para dejar testimonio y con el ánimo ayudar a comprender el momento que vivimos. 

Notas sobre la oposición venezolana después de veintidós años de revolución es un ensayo que está dividido en cuatro partes: (i) Sobre los efectos de veintidós años lucha democrática, (ii) Sobre la extinción de los mecanismos formales de representación, (iii) Sobre la atomización del espectro político opositor y (iv) reflexiones finales. 

Lo existencial, lo institucional y lo cultural

Hugo Chávez Frías llegó al poder en 1999. Veintidós años de revolución nos han llevado a la dictadura. Los venezolanos experimentamos a plenitud y de manera prematura lo que la literatura científica y divulgativa actual denomina democratic backsliding. Hemos sido testigos de la destrucción de las instituciones constitucionales y de la erosión de la cultura democrática. Lamentablemente, los esfuerzos de las fuerzas democráticas no han logrado contener el avance autocrático de la revolución chavista-madurista y enfrentamos una dictadura compleja que amalgama residuos del S.XX y novedades del S.XXI. 

Índices internacionales de libertad y democracia ubican a Venezuela en el umbral de los sistemas autoritarios. Por ejemplo, el desarrollado por Freedom House la cataloga como “not free” (14/100). Y el de Estados Frágiles, creado por The Fund for Peace, sostiene que es un “Estado en alerta”, antecedido por la República Democrática del Congo y seguido por Uganda. Sobre su comportamiento y su naturaleza autocrática se han escrito numerosos estudios, entre los que debo destacar los de Miguel Ángel Martínez Meucci, Juan Miguel Matheus, Elsa Cardozo y Francisco Plaza.

Conviene preguntarse, entonces, cómo ha afectado esta realidad al ejercicio de la política. En este apartado me aproximaré a tres ámbitos que se han visto -y se ven- especialmente comprometidos en este sentido: (i) Lo existencial, (ii) lo institucional y (iii) lo cultural. 

Entiendo como existencial el espacio que refiere a la psique de quienes trabajan por la democracia del país. Veintidós años de lucha han afectado el mundo interior de los demócratas y de la nación. Recientemente, Ana Teresa Torres publicó un artículo sobre el cansancio que ha impuesto este largo itinerario de lucha. La autora señala que “en 22 años de resistencia es inevitable que se hayan acumulado en la memoria, aunque sea parcialmente, los fragmentos de una lista de errores, aciertos y omisiones; de tantas hipótesis, supuestos y vacíos. Y allí veo el origen de este cansancio”. Es la fatiga de la lucha democrática. 

Este cansancio, que se nutre del acoso de la dictadura, tiene consecuencias políticas concretas. Torres explica que el agotamiento lleva al silencio. Y yo agrego que, junto a la mudez, vienen el desánimo, el miedo, la desconfianza y la desorientación, entre otros. Es quizás la versión criolla de lo que el cubano Dagoberto Valdés denomina daño antropológico y describe como “… el debilitamiento, la lesión o quebranto, de lo esencial de personal humana, de su estructura interna y de sus dimensiones cognitiva, emocional, volitiva, ética, social y espiritual, todas o en parte, según sea el grado de trastorno causado”. 

Esta fatiga existencial afecta transversalmente todos los ámbitos e instancias de la política. Obstaculiza la articulación de esfuerzos. La frustración conduce al “sálvese quien pueda” y al “todos contra todos”. Se dificultan los consensos, los acuerdos, la agenda común. Se puede nublar el juicio y, de alguna manera, se limita el uso de la razón y comienza a imperar el peligroso voluntarismo. Así, se va disolviendo la política. 

Veamos ahora el ámbito institucional. En este análisis me referiré exclusivamente a los partidos políticos. El triunfo opositor en las elecciones parlamentarias 2015 aceleró la autocratización de la revolución chavista-madurista, siendo los partidos políticos y sus líderes víctimas de este proceso. Hay -por lo menos- tres datos que así lo evidencian: (i) En los comicios del 06 de diciembre de 2015 las organizaciones con fines electorales más importantes del país estaban legalizadas. Hoy están proscritas. (ii) Sus principales líderes están en el exilio o perseguidos. Y (iii) la dictadura ha recurrido a sobornos para comprar la conciencia de militantes medios que simulan enfrentársele y pretenden configurar una oposición oficial, una oposición leal. Sumado a esto, el informe de la Misión de Estudio IDEA-UCAB sobre las condiciones del proceso electoral parlamentario 2020 analiza la pérdida progresiva de garantías comiciales en Venezuela e identifica “tres olas de judicialización de los partidos políticos”. Esta precisión evidencia la deriva autoritaria de la revolución chavista después de las elecciones parlamentarias de 2015. 

La crisis humanitaria compleja y la pandemia agravan esta situación. Los hombres y las mujeres de partidos deben conciliar la pobreza material con el terror. En los últimos meses se han registrado dos hechos que profundizan las dificultades que afectan el ejercicio de la política partidaria: (i) la migración y (ii) fallecimientos por Covid. Según cifras de ACNUR, actualmente hay 5.4 millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela en todo el mundo. De esta manera, se advierte que una parte de las estructuras de los partidos políticos ha salido del país. 

Además, está la pandemia. Resulta imposible ofrecer cifras exactas sobre los fallecimientos a causa del Covid, menos aún dentro de los partidos. La dictadura ha manejado las cifras con opacidad. Hay un evidente subregistro de contagios y fallecidos. Marino González, siguiendo los datos que ofrece el Institute for Health Metrics and Evaluation, indica que “para Venezuela, al 2 de abril, los casos diarios estarían entre los límites de 6.924 y 13.561. El promedio sería 9.505, es decir nueve veces más que los confirmados”. De esta manera, las estructuras partidistas enfrentan -al menos- tres dificultades en simultáneo: Acoso del régimen, pobreza y covid. 

La realidad descrita afecta a los partidos políticos como organizaciones que lideran la lucha democrática en Venezuela e impacta principalmente la coordinación de esfuerzos y la comunicación interna en distintas instancias: (i) en las estructuras de base y (ii) en la jefatura política. 

Comencemos por examinar la cuestión en las estructuras de base: ¿Cómo afecta esta situación su capacidad de coordinación y comunicación interna? Antes de la pandemia, los militantes acostumbraban a reunirse periódicamente en los espacios de deliberación local. Ahora ocurre que los miembros de las estructuras emigran y se ve constantemente alterada la constitución de las instancias regionales. También se limitan los encuentros presenciales por miedo a los contagios y, al verse gravemente limitado el transporte público por la falta de gasolina, resulta muy costoso trasladarse para las reuniones. Los militantes muchas veces no tienen dinero para asistir. De esta manera, la migración, el covid y la pobreza afectan gravemente esta dinámica institucional. 

Observemos ahora lo comunicacional. El índice Chapultepec, que estima libertad de expresión y prensa, ubica a Venezuela en el último lugar del continente (3,80). Detrás de Cuba (6,20) y de Nicaragua (16). Esto afecta gravemente el ejercicio de la política. Los militantes carecen de información y eso limita la toma de decisiones. Sumado a eso, la propaganda del régimen es poderosa. Su mentira se transmite por todos los medios (tradicionales y redes sociales) y la censura invisibiliza los esfuerzos opositores. No es exagerado decir que hay momentos de total incertidumbre en donde cuesta distinguir la verdad de las cosas y de los hechos. Es vivir silenciado y entre sombras. 

Veamos ahora cómo se ve afectada la jefatura política. Tal como comenté en líneas anteriores, las cabezas de los principales partidos políticos de oposición se encuentran perseguidas o en el exilio. Resulta difícil precisar cómo o cuánto afecta esta situación y no hay insumos suficientes para analizar en profundidad este delicado aspecto. Sin embargo, la distancia, el acoso del régimen y el dolor de reconocerse extraído del país afecta las instancias de decisión. Esto ha ocurrido en otros países y el caso venezolano no es distinto en este particular. Al revisar la historia de los partidos políticos que han sobrevivido dictaduras longevas, como el es caso del PSOE, se observa que el transcurrir de la injusticia tiende a cristalizar incomprensiones, desacuerdos y diferencias que pueden complicarse con el tiempo. 

Ahora me detendré en lo cultural. Para Ortega y Gasset la cultura “es la decantación de nuestras potencias y apetitos primigenios”. Siendo que las personas somos sus hacedoras y que es la depuración de nuestros impulsos, podemos advertir que lo descrito en el ámbito existencial impone alteraciones en este contexto. En los últimos meses he identificado una constante que me preocupa: la tendencia del “todos contra todos” como patrón que se repite en los pocos espacios de deliberación que quedan. Pareciera que se ha instalando la confrontación en los modos de interactuar. En lo inmediato, esta constante crispación obstaculiza la generación de consensos y a mediano plazo, mella los reductos de cultura democrática que han resistido al avance autocrático. En pocas palabras: pareciera que se ha ido olvidando la importancia del pluralismo y los desafíos del disenso.

En resumen, estas dos décadas de lucha han afectado a las fuerzas democráticas venezolanas. El desgaste descrito es transversal y afecta a las personas (lo existencial), a las instituciones y a la cultura del país. En términos de Samuel Huntington, se trata de la erosión progresiva de condiciones predemocráticas heredadas de la República civil (1958-1998). 

 El descontento mudo

El triunfo de la unidad democrática en los comicios parlamentarios del 06 de diciembre de 2015 aceleró las tendencias autoritarias de la revolución chavista. Al reconocerse minoría electoral en el país, la dictadura profundizó el proceso de destrucción de las condiciones electorales hasta configurar un escenario no competitivo en dónde se garantiza el predominio de las fuerzas oficialistas. 

Esta realidad puede impactar de diversas maneras a la lucha democrática. Pero a efectos de este ensayo me detendré en lo que considero es su principal consecuencia práctica para las fuerzas opositoras: al extinguirse los mecanismos de representación formal (las elecciones) la oposición se ve despojada de referencias que le permiten crear instrumentos y metodologías para generar consensos. 

La experiencia exitosa más reciente de plataforma opositora en Venezuela fue la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Fue creada en 2008 y fungió como instrumento para la lucha política mientras la revolución chavista fue un autoritarismo competitivo. Su buen desempeño se debió fundamentalmente a tres razones: 

  • Primero, era una plataforma electoral en un entorno autoritario que conservaba rasgos de competitividad. Esto quiere decir que con unidad, organización, participación y observación internacional se podía vencer el abuso de poder y preservar la voluntad de los electores. 
  • Segundo, la ponderación de fuerzas dentro de la instancia estaba marcada por resultados electorales anteriores. De acuerdo a su reglamento interno, las organizaciones políticas que tenían más peso en la toma de decisiones eran aquellas que contaran con mayor capacidad de representación formal según sus desempeños electorales previos. Se tomaba al triunfo electoral como indicador de representación y capacidad de movilización. De esta manera, cada quién sabía cuánto poder tenía, estaban claras las reglas del juego y se facilitaban los consensos. 
  • Y tercero, la dimensión de la alianza era eminentemente electoral. No exigía acuerdos de fondo sobre la naturaleza autocrática de la revolución chavista y respondía a una estrategia común que apostaba a la acumulación de fuerzas y a la conquista de espacios como vías para una eventual democratización.

En 2021 las tres circunstancias que hicieron posible y exitosa a la Mesa de la Unidad Democrática no están presentes. La revolución chavista avanzó hacia un autoritarismo cerrado o hegemónico. Y al eliminar las condiciones mínimas de competitividad electoral evitó -entre otras cosas- la fotografía sobre la correlación de fuerzas opositoras que permitía reglamentar los mecanismos de consenso. Además, el agotamiento de la estrategia electoral -tal como se concibió en 2008- abrió puertas al debate sobre la naturaleza del régimen y los géneros de lucha idóneos, lícitos y viables. En conclusión: la lucha democrática se complejizó y demanda la revisión de los mecanismos de consenso que se utilizaron en los últimos años.  

El problema de fondo detrás de este asunto práctico de la política es la representación. Es un concepto que tiene una dosis de misterio: ¿Por qué y cómo una persona logra encarnar los deseos y aspiraciones de una comunidad? En este sentido, entiendo por representación lo propuesto por Eric Voegelin en “La nueva ciencia política”. El autor sugiere que la representación se observa en la capacidad de articulación y movilización política y social que tienen los actores políticos. La representación se hace realidad cuando un líder marca el rumbo, toma una decisión o suscribe un acuerdo y cuenta con la obediencia voluntaria -el consentimiento- de la sociedad entera, no solo de sus seguidores. El poder de la representación se hace real cuando ese líder tiene la capacidad de animar a la lucha, de trazar caminos y avanzar hacia un destino común. 

En democracia, la representación encuentra cauce material en las elecciones. Los ciudadanos votan por su preferencia y concretan la representación formal. En dictadura, la situación es distinta. Al no existir mecanismos de representación formal se dificulta gravemente la coordinación de esfuerzos y se alimenta la atomización de fuerzas. La pregunta que impera es: ¿Cómo sabemos cuál fuerza política representa a los intereses de la población si no hay elecciones? Siendo más complicado aquellos casos -como el venezolano- en donde la autocratización ha sido progresiva y se conservan inercias del sistema democrático depuesto. 

Esta crisis de representación es un obstáculo grave para la lucha democrática. Ocurre que, por un lado, el país se siente mudo y, por otro, quienes luchamos por la democracia percibimos que nos inunda el desánimo y, de alguna manera, no encontramos a ese país que quiere luchar. Es un vacío que algunos hombres y mujeres de ciencia llaman “desconexión”. No es la primera vez que ocurre en nuestro país y ocurre en el marco de una crisis de representación global. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958), aunque tuvo un talante muy distinto a la actual, también propició una crisis de este tipo que desató tensiones entre las fuerzas políticas. Rómulo Betancourt, en una carta que envió a Rafael Caldera en 1957, da testimonio de esto: “… nuestro deber como dirigentes políticos, sea cual fuere la ideología que profesemos, es el de hacer que despierten esas voliciones en nuestro pueblo, actualmente adormecidas, pero de ninguna manera dormidas”.  

La oposición atomizada

Entiendo por atomización a la dispersión de las fuerzas en el espectro político. En este apartado me detendré en tres aspectos sobre el caso venezolano: (i) Causas, (ii) Síntomas y (iii) Efectos. 

Comenzaré con las causas de la atomización en la oposición venezolana. Encuentro tres razones que no son únicas ni excluyentes y seguramente merecen ser ampliadas. Primero, el régimen y su violencia. Segundo, la extinción de los mecanismos formales de representación. Y tercero, las diferencias de opinión sobre la concepción autocrática del régimen. Las dos primeras causas las desarrollé en apartados anteriores y no volveré sobre ello.

Veamos la tercera: las diferencias de opinión en cuanto a la concepción autocrática del régimen. Lejos de ser una precisión intelectual, es un asunto que afecta al ejercicio práctico de la política porque de la concepción que se tiene de la dictadura pueden derivar -o no- las estrategias para enfrentarla. En el espectro opositor venezolano identifico dos posiciones que se distinguen según su valoración de la capacidad de reforma interna de la revolución chavista-madurista. Encuentro dos posiciones: (i) quienes consideran que el chavismo tiene alta potencialidad de reforma interna y puede caminar hacia la democracia y (ii) quienes opinan que el chavismo tiene baja potencialidad de reforma interna y limitaciones graves para avanzar hacia la democracia. La identificación de estos clivajes es un esfuerzo por describir una realidad política que, sin duda, trasciende a estos ejercicios teóricos. Con esta afirmación quiero destacar que entre ambas posturas existen matices que también configuran el espectro político opositor del país. 

Profundicemos ahora en los clivajes alta potencialidad de reforma – baja potencialidad de reforma. Quienes integran el primero entienden que la revolución chavista es un sistema no democrático susceptible a reformas internas. Apuestan a la acumulación de fuerzas y de espacios de poder como camino para liberación autocrática. Promueven la participación electoral -aún sin condiciones electorales- para ganar espacios y avanzar hacia la democracia de manera progresiva. 

Debemos recordar que la oposición venezolana ya transitó un camino similar durante una década y de manera unitaria. Debo precisar que, si bien hay similitudes, la situación actual no es enteramente igual. El contexto político marca la diferencia. Entre 2005 y 2015 la revolución chavista-madurista fue un autoritarismo competitivo porque mantenía ciertas condiciones de justicia electoral que la oposición supo aprovechar. En la actualidad la revolución chavista-madurista es un autoritarismo cerrado o hegemónico que limita gravemente las condiciones de transparencia y justicia electoral. En tal sentido, la situación actual no es la misma, ni es igual. 

También conviene profundizar en el desempeño político de la estrategia progresiva que desarrollaron las fuerzas unitarias entre 2005 y 2010. Se entiende por desempeño político a la capacidad de la oposición para avanzar en el proceso de democratización o alcanzar el cambio político. Veamos los resultados de los 3 eventos electorales que se realizaron en ese periodo. En los comicios regionales de 2012 la Mesa de la Unidad Democrática ganó 3 de las 23 gobernaciones. Un año después obtuvo 81 de las 337 alcaldías y en 2015 ganó la mayoría calificada de la Asamblea Nacional con 112 diputados de un total de 167.  Se observa el avance electoral de la opción opositora: en las elecciones de 2012 se ganó 13% del espectro, en 2013 el 24% y en 2015 el 70%. 

Pero, tal como se explicó en líneas anteriores, el triunfo opositor en las elecciones legislativas de 2015 impulsó un cambio en el contexto político. La revolución chavista-madurista aceleró su proceso de autocratización cuando se reconoció como minoría electoral en el país. De esta manera, obstaculizó el trabajo legislativo y el ejercicio de los mecanismos que ofrece la Constitución para promover el cambio político. Y se limitaron gravemente las condiciones de justicia electoral. En tal sentido, se puede afirmar que la progresividad fue una estrategia exitosa íntimamente asociada a dos variables de contexto: el entorno semicompetitivo y la estrategia unitaria, la cual describí en el apartado anterior. Por tales motivos se debe considerar que este género de lucha fue viable y exitoso mientras no significó una amenaza real en términos de poder central para la revolución chavista-madurista. Cuando el régimen se vio desafiado, se hizo más autocrático y le puso freno al género de lucha escogido una década atrás por las fuerzas opositoras.

Veamos ahora el clivaje baja capacidad de reforma. Quienes lo integran entienden que la configuración actual de la revolución chavista-madurista es poco susceptible a reformas internas hacia la democracia. En tal sentido, proponen que los esfuerzos deben ir orientados a crear coyunturas políticas que impulsen una flexibilización autocrática que pueda abrir puertas al cambio político vía negociación y restitución del voto con condiciones mínimas de competividad y justicia electoral. 

Conviene detenerse brevemente en dos asuntos: (i) el fundamento de esta percepción y (ii) los medios para generar coyunturas que puedan impulsar el cambio político. Sobre lo primero se debe precisar que no existen argumentos únicos ni excluyentes que expliquen las percepciones humanas. Su conformación es un proceso complejo y se nutre de experiencias personales y colectivas. Y, además, la percepción sobre la potencialidad reformista -o no reformista- del chavismo se ha construido a lo largo de más de veinte años de lucha democrática. Se puede inferir que el desenlace abrupto de la estrategia progresiva que describí anteriormente informó la percepción de la baja capacidad de reforma interna del chavismo-madurismo. Se puede pensar que, si existiera un reducto reformable en el régimen, este se hubiese cristalizado en 2015 o en 2017. El avance autoritario que se desarrolló a partir del fracaso electoral del PSUV en las elecciones legislativas de ese año puede evidenciar que quienes lideran la revolución chavista-madurista hoy en día tienen poca disposición para liderar reformas internas y avanzar hacia la democracia. 

Profundicemos ahora en los medios para generar coyunturas que puedan impulsar el cambio político. Las coyunturas son hitos políticos que pueden llevar a la dictadura a un estado de necesidad revolucionaria. Juan Miguel Matheus lo describe de la siguiente manera

…entiendo por estado de necesidad revolucionaria el conjunto de circunstancias económicas, políticas, sociales, internacionales, y militares bajo las cuales se activan y se justifican todas las medidas (lícitas o ilícitas) para asegurar la subsistencia de la Revolución; y, particularmente, para la permanencia en el poder.

Los medios para generar coyunturas pueden ser variados. Entre ellos encontramos las movilizaciones sociales, por ejemplo. Este camino también lo ha transitado la oposición venezolana. En 2014, 2017 y 2019 hubo protestas masivas a nivel nacional que fueron duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad del Estado y por grupos irregulares. Según el Observatorio Venezolano de Conflictos entre abril y agosto de 2017 se registraron 6729 protestas y 163 fallecidos. Y el informe de la Misión Internacional Independiente de determinación de los hechos sobre la República Bolivariana de Naciones Unidas destaca y precisa la violación sistemática de Derechos Humanos en el marco de estas movilizaciones. De esta manera, se observa que cuando el régimen enfrenta una coyuntura que atenta verdaderamente en contra de su permanencia en el poder potencia su fuerza represiva y doblega con violencia las exigencias de democracia. 

Estas diferencias de opinión sobre a la concepción autocrática del régimen pueden limitar la creación de estrategias comunes, afectar la capacidad unitaria de las fuerzas opositoras y favorecer la atomización. En tal sentido, puede resultar positivo para la lucha democrática encontrar caminos de conciliación entre ambas posturas. Este análisis precisa un dato que puede contribuir a ese propósito. Se observa que ambos clivajes comparten dos realidades fundamentales que pueden ser punto de partida para el encuentro: primero, ambas reconocen que enfrentan a un sistema no democrático y, segundo, ambas desatan las fuerzas represivas de la dictadura cuando se convierten en una amenaza real para el poder central. En otras palabras: parten de lo mismo y, si avanzan exitosamente hacia la liberación autocrática, enfrentan el mismo destino. 

Las tres causas de la atomización explicadas anteriormente configuran el espectro opositor venezolano. El principal síntoma de la atomización es la proliferación de nuevas fuerzas políticas. A los principales partidos políticos, ahora se suman las denominadas minorías, las minorías de las minorías y la sociedad civil. A modo de referencia conviene mencionar que el comunicado más reciente de la oposición venezolana fue suscrito por 40 partidos políticos: Acción Democrática, Aprisal, Alianza Lápiz, Bandera roja, Buscando soluciones, Camina, Copei, Convergencia, Cuentas Claras, DSM, Encuentro Ciudadano, FIEL, Fuerza Liberal, Gente Emergente, Goajiraven, Guillermo UNE, Izquierda Democrática, La Causa R, MEP, MPV, MDI, MIGATO, Movimiento Ecológico, Movimiento Republicano, Moverse, Movimiento Zulia Humana, Nuvipa, PAM, PARLINVE, Partido Centro Democrático, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, TISON, Sociedad, Un Nuevo Tiempo, Unidos Para Venezuela, Unidad NOE, URD, Vanguardia Popular, Voluntad Popular. Además, existen fuerzas opositoras que no forman parte de esta coalición. Por ejemplo, Vente Venezuela, movimiento político que lidera María Corina Machado. 

Junto a este indicador cuantitativo está una descripción cualitativa. Si bien existen fuerzas políticas más grandes que otras en su extensión territorial y en su capacidad de organización y movilización, ninguna de ellas por sí solas tiene suficiente poder como para enfrentar exitosamente a la dictadura. Resulta difícil elaborar una descripción precisa sobre el estado estructural de las organizaciones políticas y civiles a nivel nacional. Se entiende por estructuras a la configuración organizada e institucional de la militancia que ejerce labores regulares de partido: reuniones de sus directivas regionales, contacto con la jefatura política nacional y actividades de protesta organizada, entre otras. La conformación de Comandos Políticos Regionales revela la presencia de representantes del G4 en los 23 estados del país. Este dato podría explicar la predominancia operativa de las fuerzas partidistas para ejecutar planes de movilización convocados desde la unidad democrática. Un ejemplo de esto fue el desarrollo de la “Consulta Popular” que se realizó entre el 7 y el 12 de diciembre de 2020. Esta acción política tuvo el propósito de visibilizar el descontento de los venezolanos ante el fraude electoral de los comicios legislativos del 06 de diciembre de 2020. Para este evento se instalaron a nivel nacional 3028 centros de participación, 6848 mesas y se activaron 25.828 testigos. Si bien se trató de una iniciativa de la sociedad civil, fueron los partidos políticos los que se encargaron de su ejecución y coordinación. Cada fuerza política del G4 instaló 757 centros, 1712 mesas y 6457 testigos. 

Pasemos ahora a los efectos de la atomización. La primera consecuencia político práctica es la dificultad que existe para generar consensos y articular esfuerzos. En Venezuela se tiene un espectro político integrado por más de un centenar de fuerzas pequeñas en capacidad organizativa que difieren en el modo y las estrategias para enfrentar a la dictadura. Y, aunque entienden la necesidad de generar consensos y fortalecer la unidad, no encuentran los mecanismos para construirlos. La segunda consecuencia es el fortalecimiento de la dictadura. Este escenario favorece al fortalecimiento de la dictadura. Por eso, el régimen promueve los disensos y hace esfuerzos para profundizar las diferencias entre los opositores. Una oposición atomizada, débil y desarticulada favorece a quienes quieren permanecer y ejercer el poder de manera dictatorial. 

Reflexiones finales

Este artículo es una aproximación a la situación actual de la oposición venezolana. A continuación, comparto tres reflexiones finales:

  1. Veintidós años de revolución chavista han dejado huella en quienes resisten a la dictadura en Venezuela. En este artículo se describieron consecuencias en tres ámbitos concretos: lo existencial, lo institucional y lo cultural. Estas precisiones pueden ayudar a comprender y contextualizar la situación actual de la oposición venezolana y a advertir los desafíos que se deben enfrentar para avanzar hacia la liberación democrática y hacia la posterior reconstrucción del país.
  2. La unidad de los factores de la oposición es una variable insustituible para la lucha democrática. Su carácter irremplazable aumenta cuando las fuerzas políticas optan por la vía electoral como estrategia para enfrentar a la dictadura. Entre el año 2005 y 2015 la oposición venezolana transitó ese camino y logró construir una unidad estable de las fuerzas opositoras, apalancándose en dos condiciones del entorno: (i) La revolución chavista-madurista era un autoritarismo competitivo y (ii) los mecanismos de representación formal -las elecciones- ofrecían una fotografía que permitió crear reglamentos internos que permitieron la generación de consensos. En 2021 ambas condiciones están ausentes. En tal sentido, la restitución de ambas condiciones de contexto podría permitir volver al esquema anterior y construir una unidad eficiente al servicio de la liberación democrática. Y para alcanzar tal propósito convendría orientar los esfuerzos a la lucha por condiciones electorales. Mientras se alcanza ese fin, considero que se debe trabajar en la construcción de instrumentos unitarios para el consenso sin mecanismos de representación formal. 

En este artículo se propusieron dos clivajes que se distinguen según la percepción de la capacidad de reforma interna del régimen. El clivaje que percibe alta potencialidad de reforma internaen la dictadura apuesta a una estrategia progresiva y de acumulación de fuerzas. Al analizar la progresividad como opción estratégica resulta necesario volver desempeño opositor entre 2005 y 2015. Este estudio muestra que la progresividad fue una estrategia viable mientras no atentó con la estabilidad del poder central. Es decir: se le permitió avanzar (Elecciones locales de 2012 y 2013), pero cuando se mostró como una opción real de poder (Elecciones legislativas de 2015) se encontró con la represión del régimen y se agotó. Por su parte, el clivaje que percibe baja potencialidad de reforma internaen la dictadura apuesta a la generación de coyunturas críticas que obliguen a la dictadura a flexibilizarse y abrirse a un proceso de negociación que permita la realización de elecciones libres, transparentes y verificables. Este camino también ha sido parcialmente transitado por la oposición venezolana. Entre 2014 y 2019 se realizaron grandes movilizaciones sociales que fueron duramente reprimidas. La violencia del régimen extinguió las movilizaciones sociales. Identificados los límites de las estrategias de ambos clivajes conviene reconocer el alcance del aprendizaje autocrático de la dictadura y crear estrategias que tomen en cuenta su capacidad de resiliencia.

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