Los Rodríguez no son (Mijaíl) Gorbachov

Los Rodríguez no son (Mijaíl) Gorbachov

Por Juan Miguel Matheus

En política las comparaciones suelen ser peligrosas. A veces iluminan; otras, confunden. En Hispanoamérica ha comenzado a insinuarse una analogía que conviene examinar con cuidado: la idea de que dentro del poder venezolano se estaría gestando algo parecido a la perestroika soviética. Según ese relato, los Rodríguez —figuras centrales del aparato político de la dictadura encargadas de administrarla y justificarla— aparecerían como posibles arquitectos de una transición desde dentro. Pero la comparación es equivocada: los Rodríguez no son Gorbachov.

Cuando Gorbachov llegó al poder en 1985 al frente del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo hizo con una convicción clara: el sistema soviético no podía continuar como estaba. Su política de perestroika buscaba reformar la economía y el Estado. Pero el rasgo verdaderamente decisivo fue otro: la glasnost. La glasnost no fue solo libertad de palabra. Fue también apertura del espacio público, transparencia del poder, exposición de abusos y reconocimiento público de los errores del sistema. Los periódicos comenzaron a publicar lo que antes estaba prohibido, se discutieron los crímenes del pasado y el poder dejó de ser completamente opaco.

Ese elemento es el que falta por completo en Venezuela: no hay glasnost, no hay apertura del espacio público, no hay transparencia del poder, no hay exposición de abusos ni reconocimiento de responsabilidades, no hay libertad política efectiva; por eso la analogía con Gorbachov resulta forzada. En la Unión Soviética de los años ochenta las reformas implicaron riesgos reales para quienes las impulsaban. Abrir el sistema significaba aceptar que el monopolio político del partido podía resquebrajarse, y así ocurrió: la discusión pública abrió procesos que el propio poder ya no pudo controlar.

Nada semejante se observa hoy en Venezuela. Los Rodríguez no han abierto el sistema, no han permitido el pluralismo político ni han desmontado los mecanismos de control institucional; por el contrario, han sido durante años operadores centrales del mismo aparato que sostiene a la dictadura. Su papel no ha sido el de reformadores que buscan transformar el sistema desde dentro ni el de protagonistas de una transición, sino el de administradores de un poder que intentan preservar. Y hoy actúan menos como reformadores que como políticos presos de una circunstancia: el temor a Donald Trump.

Por eso tampoco está probado que exista una perestroika venezolana. Algunos observadores hablan de ajustes económicos, de cierta flexibilización pragmática o de movimientos tácticos dentro del poder; pero eso no constituye una reforma política. Los sistemas autoritarios pueden introducir cambios administrativos o económicos sin alterar su estructura fundamental. La prueba de una reforma política es otra: la apertura del poder a la sociedad. Eso no ha ocurrido. Sin libertad política, sin competencia electoral real, sin instituciones independientes y sin espacio público abierto, la palabra reforma pierde su sentido y lo que queda es simplemente la gestión del mismo sistema bajo nuevas circunstancias.

En la experiencia soviética la perestroika fue inseparable de la glasnost. La reestructuración del sistema caminó junto con la apertura política y la transparencia pública. En Venezuela no hay ninguna de las dos. Por eso la comparación con Gorbachov no se sostiene. No basta con insinuar cambios para ser reformista ni basta con administrar tensiones dentro del poder. Las reformas verdaderas implican ceder control, asumir riesgos y permitir que la sociedad vuelva a tener voz. Nada de eso forma parte del comportamiento político de quienes hoy ejercen el poder en Venezuela.

Conviene, entonces, evitar analogías complacientes. La historia soviética fue lo que fue. La realidad venezolana es otra. Y por ahora, la conclusión es evidente: los Rodríguez no son Gorbachov.